Me
pasaron su teléfono. Le escribí un mensaje, le puse solo mi nombre de pila. Le
recordé quién soy con una foto. No sé qué tan explícita ser. ¿Debo escribir lo
que quiero con todas las letras? ¿No sería eso demasiado peligroso?
Me
responde bastante rápido: “Sí, me acuerdo, pero…hoy no, ya no. Mañana”.
Le
respondo que sí, que mañana. Entiendo que hoy ya es un poco tarde. Aunque el
tiempo últimamente casi ha perdido su significado. “Y…¿cómo hacemos? Decime vos
cuándo…”
Recibo
un mensaje de vuelta con la hora exacta. Qué rara me siento, antes las cosas no
funcionaban así. Y tal vez por eso es que hoy estoy en esta situación. Antes no
había horario estricto, y para mí eso podía ser una complicación, entonces
postergaba el tema. Pero ahora que nos movemos diferente, respetamos más el
tiempo del otro, sujetándonos a una hora puntual: hay más compromiso.
“Genial”,
le digo. “Ahí estaré”.
Sin
embargo, esa noche mis sueños se alborotan. ¿Estaré haciendo bien? ¿Correré
riesgos innecesarios? ¿Qué más daría esperar un poco más? Pero…¿cuánto sería
ese “poco más”? Los días se han hecho semanas, las semanas meses…y nada cambia ¿Y
si me ven? ¿Y si, tras el encuentro, se dan cuenta los otros con verme nomás que
crucé la línea de lo permitido?
Me
levanto al día siguiente, decidida. Mi corazón se agita. La respiración se
entrecorta y por momentos se acelera. ¿Alguien podría denunciarme? ¿A mí? ¿A
él? ¿Esto podría terminar en una comisaría? ¿Por qué me he metido,
voluntariamente, en esta situación irregular?
También
me pregunto si deberé alentarlo, como siempre hago, a que vaya un poquito más
allá. A veces, mucho más allá. “Hacé de cuenta que soy un hombre”, le digo,
cuando veo que no se anima. Es lógico, tiene miedo: la mayoría de las mujeres
protestan cuando se pasa de la raya y deben esperar largo tiempo para…Pero no
es mi problema: no quiero tener que volver en un mes, sólo porque él no se
animó a más.
Llega
la hora. El lugar del encuentro está a minutos de caminata. Probablemente sólo
tres minutos. Pero igual salgo un poco antes. Tampoco tanto antes. Hoy hace
frío, y no quisiera esperar afuera.
Ya
estoy ahí. Miro a mi alrededor. En el camino me crucé con personas que creo no
conocer, aunque algunas me han saludado. Es tan difícil reconocernos hoy…
Ahora
sí, no hay nadie cerca. Él ve mis pies. Me agacho, me hace señas.
-
¿Paso o espero afuera?
-
No, pasá, pasá – me apura, un tanto nervioso.
Debo bajar la cabeza para no golpearme.
Entro y cierra todo. La claustrofobia general se condensa ahora aquí en estos
escasos metros cuadrados. Me siento a esperar que me toque. Sólo hay otra
persona además de mí, nada más.
Mientras tanto, leo las mismas revista viejas
que la última vez que estuve, el pasado
diciembre.
Y bueno, esta es la historia de cómo
ayer me corté el pelo.
Este cuento fue publicado por Editorial Dunken en la antología "Cuentos sin eje" (Buenos Aires, 2022).
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