lunes, 28 de marzo de 2011

MUERTE EN LA CITY, cuento, por Viviana Claudia Giménez®

Muerte en la city
por Viviana Claudia Giménez®


La gente no dejaba de pasar, pese a que una multitud se habia acumulado en la ahora más que nunca estrecha callecita del microcentro porteño.  Esta vez no era la maldita vereda en arreglo, ni los trabajadores de la compañía de gas o electricidad, ni la telefónica poniendo un cable más.
            “¿Qué pasó, qué pasó?”, se interesan todos de pronto en medio del usual ajetreo indiferente.  Y miran hacia un auto último modelo, estacionado, que tiene el parabrisas tapado con una bolsa negra de residuos.  “¿Lo balearon?”  No, la respuesta es mucho menos digna de un thriller.  Simplemente le llegó la gran igualadora, en la forma de un aparente infarto, sentado al volante de su coche, cuando se disponía a meter llave y hacerlo arrancar.  “Desgracia con suerte”, dice uno, reflexionando que “después de todo, le ahorró un accidente a algún otro. ¡Mirá si le da el ataque manejando!”. 
            De frente la bolsa detiene la mirada curiosa, pero de costado y casi agachados vemos la figura del hombre, de unos cincuenta años, de impecable traje, echada la cabeza hacia atrás, rendido ante la soberbia de la muerte.
            Alrededor hay policías tomando cartas en el asunto, asegurándose de que nadie se acerque al lugar donde yace el occiso.  Se oyen comentarios:
            - Pobre tipo, morirse ahí tan solo.
            - Y tan de repente.
            - ¿Ya le habrán avisado a la familia?
            - Yo vi justo cuando pasó la cosa.
            - ¿Y cómo fue?
            - Quise acercarme, ¿vio?, pero ya era tarde . . .
            Tarde también suena el celular del hombre muerto.  Los policías y curiosos que lo oyen se paralizan, casi como si el muerto hubiera hablado.  O como si esperaran que despierte de una buena vez para atender el teléfono.  La escena me supera, y me retiro.
            Tres horas más tarde, mi rutina me obliga a pasar por el mismo sitio.  La calle se ve diferente, ahora que ya entró la noche, y el auto del muerto es el único que permanece estacionado de esa mano.  Enfrente, vigilante, sólo hay un policía, custodiando ¿el auto? ¿el muerto? ¿que nadie escape?
            El hombre no ha sido movido en absoluto, permanece en idéntica posición.  El teléfono vuelve a sonar. . .
            es la mujer, que llama demasiado tarde.  Le avisa que ya no soporta sus ausencias y su vida dedicada al trabajo, que ella también necesita atención, y que finalmente ha decidido irse con Francisco, quien sí tiene tiempo para ella.
            es la amante, que ya no resiste seguir viviendo este romance a escondidas.  Que ya no le cree más que en cualquier momento va a abandonar a su esposa.  Que le deja un mensaje diciéndole “no me llamés más, ya es tarde.  Para cuando escuches esto estaré muy lejos, habré aceptado ya ese puesto en San Pablo”.
            es el hijo, que nunca lo había llamado antes porque hace rato perdieron el diálogo, uno con sus cosas adolescentes y el otro con su ensimismamiento bursátil.  Pero lo hace esta vez para anunciarle que está en su escritorio, que sacó del cajón derecho el arma y que la tiene apoyada en la sien.  Que se siente solo, que nunca lo tuvo.  Que va a contar hasta diez, y si no atiende y le dice algo que lo convenza de seguir viviendo, gatilla.
            es su corredor de bolsa, que le quiere decir del modo más delicado posible que no fue un buen día en el mercado de valores de Buenos Aires.  Ni en Wall Street.  Ni en Tokyo.  “Que apostamos mal y perdimos.  Que perdimos mucho”, tal vez casi todo, y que otra vez será.
            Me alejo del auto, sintiendo las sombras y el silencio y tal vez hasta el olor de la muerte en esa noche rara.  Llego a casa, y a la madrugada sigo en vela pensando que el hombre sigue en el coche, esperando al juez.  Que el teléfono sigue llamando, y que, como cuando vivía, no hay tiempo para contestar.

Este cuento fue seleccionado en el concurso Letras del Face y publicado en la antología "Desnudos sobre el papel", compilado por Carla Demark, Editorial Dunken, octubre de 2014.
           

2 comentarios:

  1. Buenísimoooo!!! Podría ser el guión de una película... todas las posibilidades de la llamada...
    Besos!!

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  2. Gracias por tu comentario! Escabrosamente real el contexto: realmente el tipo estaba muerto en el auto, en el microcentro, con un policía de custodia, y más de dos horas después cuando volví a pasar, ahí seguía..Lo de la llamada, esas son todas mentiritas mías...

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