miércoles, 23 de marzo de 2011

TRABAJO DE TINTORERÍA, cuento, por Viviana Giménez®

Trabajo de tintorería

por Viviana Giménez ®


- Vení urgente - me dijo por teléfono con una voz desvencijada, interrumpida por ¿los nervios? ¿el llanto? ¿el apuro?  Y superada por los años -. Tengo algo muy importante que pedirte.
            Dejé todo y fui. ¿Quedaba otra? No cuando la abuela, que ya pasó los noventa, hace una llamada de tal tenor.  Me asusté como cualquiera lo haría pensando en la anciana abuelita. Pobre nonna, sola en su casa pero defendiendo a rajatabla su independencia.  Con los hijos casados que casa quisieron y a distancia prudencial.  Y a la vejez, ella se venga tratando de prescindir de todos en lo posible.  Sólo acepta visitas, pero cada uno en su lugar.  Los hijos, aliviados; algunos nietos, con dejos de preocupación.  Pero la salud al parecer siempre de roble de la nonna calma las conciencias de todos.  Sin embargo, en lo que duró el trayecto del colectivo se me pasó por la cabeza todo tipo de imágenes truculentas.  Tal vez le quede poco de vida; tal vez se sienta demasiado mal como para decírselo a nadie, y por eso recurre a mí.  Qué honor, después de todo, ser la nieta predilecta, pero también qué responsabilidad.
            Pensé (sesudamente consideré) que a los noventa y pico (¿y tres? ¿y cuatro, eran?) los médicos no te dicen “le quedan tres meses de vida”.  No sé por qué no, si por verte viejita y frágil, o porque directamente a esa edad la gente muere de golpe o luego de una larga agonía de período inestimable, por la sola razón de la vejez.
            Pensé y pensé hasta dejar de pensar porque ya la tenía frente a mí.  Le gustaba ese café, uno de los pocos que no había involucionado en pura vidriera del techo al piso en la última década.  Cerca de la ventana, como siempre, me estaba esperando.  Sobre la mesa, ella había puesto un abrigo que yo le tenía más que visto.  Parecía la contraseña para un encuentro de desconocidos:  “Yo soy la que está con un abrigo sobre la mesa”.
            - ¿Qué pasa, nonna?
            - ¿Ves este abrigo?
            Debo decir que semejante introducción tuvo la virtud de reducir de modo considerable mi hasta entonces creciente pánico. Lo que comencé a sentir fue una rabia tremenda porque intuía que todo el apuro no tenía nada que ver con que le quedaran seis meses de vida.  Un alivio, después de todo, pero me sentía burlada.  Respiré profundo y luego me desinflé.
            - Sí, ¿qué tiene?
            - Tu padre no quiere vérmelo más - lloriqueó -. ¿Vos sabés cómo quiero yo este abrigo? ¿La de tiempo que hace que lo tengo?
            - Por eso mismo - dije, tratando de no engancharme en una historia que pintaba neurótica -, debe ser por eso que no te lo quiere seguir viendo.  Es más, si él me preguntara, yo le diría que estoy de acuerdo con él.  Pero como comentario al pasar, nomás, le diría: “Sí, tenés razón, qué abrigo viejo, ya lo podría tirar la nonna”.  Ahora, si vos me pedís opinión, te digo: “Me importa tres carajos lo que quieras hacer con ese abrigo”.   
            Después de segundos de estupor por mi reacción quizá desmedida por la puteada, aflojé un poco, pero agregué:
- ¿Para esto me llamaste?
            - Mirá, Gabi, yo ya encontré la solución al problema.  Lo voy a hacer teñir.  Te lo doy, vos me lo llevás a la tintorería de tu cuadra.  Yo ya llamé y pregunté cuánto sale, cuándo va a estar, todo. Lo único que tenés que hacer es llevármelo e írmelo a buscar.  Acá tenés la plata.
            Y eso fue todo.  La nonna era de pocas palabras, pero definitorias.  Así había criado a sus cinco hijos, con pocas explicaciones porque más no creía necesarias.  Así se comportaba con sus trece nietos; su forma de ser tajante siempre le había servido para salirse con la suya.
            Hubo un “gracias, m’hijita”, también, pero luego salió tan rápido como se lo permitía el bastón, porque en quince minutos empezaba la fiestita de los cumpleaños del mes en el centro de jubilados.
            Tal celeridad de su parte, sumada al desconcierto que yo aún sentía, me impidió preguntarle algo tan banal como lógico y necesario: “¿De qué color lo querés?”
            La llamé más tarde para preguntarle. “Cualquiera menos verde, porque cada vez que me puse algo verde se murió alguien”.  Siempre se muere alguien, nonna, sobre todo a tu edad.  Me imagino que tampoco lo querrás negro, por lúgubre, ni rojo, porque ¡¿a tu edad?!, ni amarillo patito, porque qué idea, ¿no? “ Elegí vos, nena, lo importante es que tu papá no lo reconozca y yo lo pueda seguir usando delante de él sin que me diga nada”.
            ¿Por qué yo fui la elegida? Y la responsable, ahora, encima.  Responsable de que el color que eligiera resultara de su agrado y que además ocultara ese abrigo para siempre. ¿Sólo un color diferente lo haría irreconocible de aquí a la eternidad?  El asunto me recordó esas ingenuas convenciones de películas en que alguien se disfraza poniéndose, por ejemplo, un bigote o una peluca, e increíblemente pasa a despistar a todo el elenco que parece sufrir de un repentino ataque de idiotez galopante, para insulto de los espectadores. Como Superman, que con anteojos y traje pasa a ser Clark Kent y nadie se aviva.  ¿Sería mi papá un idiota semejante? Dependería de la habilidad del tintorero. 
            - No, señorita, mire - me llamó el tintorero después de tres días de tener el abrigo en su local -, no vamos a poder teñirlo al abrigo este que nos trajo, porque es de una tela que se arruina si se lo teñimos, ¿me entiende?
            No, pero da igual. No puede ser. ¿Y si lo llevo a otro lado?  Dale.
            - No, señorita – me dicen en el otro lado-, ni me lo deje: de verlo nomás me doy cuenta y se lo digo, mire, que esto no va poder teñirse porque esta parte de adentro se quemaría y.
            Me rindo.  Nonna, vení por favor.  Sí, es urgente, tan urgente como la llamada que me hiciste vos la semana pasada.  ¿Que qué pasa? No, tenés que venir primero, por teléfono no te digo nada.
            - ¿Qué pasa ahora, nena?
            - Pasa que esta tela no se puede teñir, abuela, deberías haberlo sabido, ¿no preguntaste eso también en tus averiguaciones detectivescas?
            Bajó la mirada soberbia y se me quedó sin respuestas.  Guardó el abrigo en una bolsa de compras.  Por un momento pensé que se resignaría a jubilarlo.  Pero enseguida se arrepintió y se lo puso.  Hacía un poco de calor ese día; la verdad, no estaba como para andar de abrigo.  Me miró fijo.
            - ¿Sabés una cosa? No me lo voy a sacar más. Me van a enterrar con esto. ¿Qué quiere tu padre que haga con mi vida, a esta altura? Las cosas son como son, no las podés cambiar.  ¿Por qué él siempre quiso cambiarme? Que se aguante, che, ahora.
            Y salió, orgullosa, altanera.  Elegante con su abrigo amado.  Contenta de la vida.  Porque a los noventa y tres (¿o cuatro, eran?) el qué dirán, cualquiera sea su color,  ya no se usa más.

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