Trabajo de tintorería
por Viviana Giménez ®
-
Vení urgente - me dijo por teléfono con una voz desvencijada, interrumpida por
¿los nervios? ¿el llanto? ¿el apuro? Y
superada por los años -. Tengo algo muy importante que pedirte.
Dejé todo y fui. ¿Quedaba otra? No
cuando la abuela, que ya pasó los noventa, hace una llamada de tal tenor. Me asusté como cualquiera lo haría pensando
en la anciana abuelita. Pobre nonna, sola en su casa pero defendiendo a
rajatabla su independencia. Con los
hijos casados que casa quisieron y a distancia prudencial. Y a la vejez, ella se venga tratando de
prescindir de todos en lo posible. Sólo
acepta visitas, pero cada uno en su lugar.
Los hijos, aliviados; algunos nietos, con dejos de preocupación. Pero la salud al parecer siempre de roble de
la nonna calma las conciencias de todos.
Sin embargo, en lo que duró el trayecto del colectivo se me pasó por la
cabeza todo tipo de imágenes truculentas.
Tal vez le quede poco de vida; tal vez se sienta demasiado mal como para
decírselo a nadie, y por eso recurre a mí.
Qué honor, después de todo, ser la nieta predilecta, pero también qué
responsabilidad.
Pensé (sesudamente consideré) que a
los noventa y pico (¿y tres? ¿y cuatro, eran?) los médicos no te dicen “le
quedan tres meses de vida”. No sé por
qué no, si por verte viejita y frágil, o porque directamente a esa edad la
gente muere de golpe o luego de una larga agonía de período inestimable, por la
sola razón de la vejez.
Pensé y pensé hasta dejar de pensar
porque ya la tenía frente a mí. Le gustaba
ese café, uno de los pocos que no había involucionado en pura vidriera del
techo al piso en la última década. Cerca
de la ventana, como siempre, me estaba esperando. Sobre la mesa, ella había puesto un abrigo
que yo le tenía más que visto. Parecía
la contraseña para un encuentro de desconocidos: “Yo soy la que está con un abrigo sobre la
mesa”.
- ¿Qué pasa, nonna?
- ¿Ves este abrigo?
Debo decir que semejante
introducción tuvo la virtud de reducir de modo considerable mi hasta entonces
creciente pánico. Lo que comencé a sentir fue una rabia tremenda porque intuía
que todo el apuro no tenía nada que ver con que le quedaran seis meses de
vida. Un alivio, después de todo, pero
me sentía burlada. Respiré profundo y
luego me desinflé.
- Sí, ¿qué tiene?
- Tu padre no quiere vérmelo más -
lloriqueó -. ¿Vos sabés cómo quiero yo este abrigo? ¿La de tiempo que hace que
lo tengo?
- Por eso mismo - dije, tratando de
no engancharme en una historia que pintaba neurótica -, debe ser por eso que no
te lo quiere seguir viendo. Es más, si
él me preguntara, yo le diría que estoy de acuerdo con él. Pero como comentario al pasar, nomás, le
diría: “Sí, tenés razón, qué abrigo viejo, ya lo podría tirar la nonna”. Ahora, si vos me pedís opinión, te digo: “Me
importa tres carajos lo que quieras hacer con ese abrigo”.
Después de segundos de estupor por
mi reacción quizá desmedida por la puteada, aflojé un poco, pero agregué:
-
¿Para esto me llamaste?
- Mirá, Gabi, yo ya encontré la
solución al problema. Lo voy a hacer
teñir. Te lo doy, vos me lo llevás a la
tintorería de tu cuadra. Yo ya llamé y
pregunté cuánto sale, cuándo va a estar, todo. Lo único que tenés que hacer es
llevármelo e írmelo a buscar. Acá tenés
la plata.
Y eso fue todo. La nonna era de pocas palabras, pero
definitorias. Así había criado a sus
cinco hijos, con pocas explicaciones porque más no creía necesarias. Así se comportaba con sus trece nietos; su
forma de ser tajante siempre le había servido para salirse con la suya.
Hubo
un “gracias, m’hijita”, también, pero luego salió tan rápido como se lo
permitía el bastón, porque en quince minutos empezaba la fiestita de los
cumpleaños del mes en el centro de jubilados.
Tal celeridad de su parte, sumada al
desconcierto que yo aún sentía, me impidió preguntarle algo tan banal como
lógico y necesario: “¿De qué color lo querés?”
La llamé más tarde para preguntarle.
“Cualquiera menos verde, porque cada vez que me puse algo verde se murió
alguien”. Siempre se muere alguien,
nonna, sobre todo a tu edad. Me imagino
que tampoco lo querrás negro, por lúgubre, ni rojo, porque ¡¿a tu edad?!, ni
amarillo patito, porque qué idea, ¿no? “ Elegí vos, nena, lo importante es que
tu papá no lo reconozca y yo lo pueda seguir usando delante de él sin que me diga
nada”.
¿Por qué yo fui la elegida? Y la
responsable, ahora, encima. Responsable
de que el color que eligiera resultara de su agrado y que además ocultara ese
abrigo para siempre. ¿Sólo un color diferente lo haría irreconocible de aquí a
la eternidad? El asunto me recordó esas
ingenuas convenciones de películas en que alguien se disfraza poniéndose, por
ejemplo, un bigote o una peluca, e increíblemente pasa a despistar a todo el
elenco que parece sufrir de un repentino ataque de idiotez galopante, para
insulto de los espectadores. Como Superman, que con anteojos y traje pasa a ser
Clark Kent y nadie se aviva. ¿Sería mi
papá un idiota semejante? Dependería de la habilidad del tintorero.
- No, señorita, mire - me llamó el
tintorero después de tres días de tener el abrigo en su local -, no vamos a
poder teñirlo al abrigo este que nos trajo, porque es de una tela que se
arruina si se lo teñimos, ¿me entiende?
No, pero da igual. No puede ser. ¿Y
si lo llevo a otro lado? Dale.
- No, señorita – me dicen en el otro
lado-, ni me lo deje: de verlo nomás me doy cuenta y se lo digo, mire, que esto
no va poder teñirse porque esta parte de adentro se quemaría y.
Me rindo. Nonna, vení por favor. Sí, es urgente, tan urgente como la llamada
que me hiciste vos la semana pasada.
¿Que qué pasa? No, tenés que venir primero, por teléfono no te digo
nada.
- ¿Qué pasa ahora, nena?
- Pasa que esta tela no se puede
teñir, abuela, deberías haberlo sabido, ¿no preguntaste eso también en tus
averiguaciones detectivescas?
Bajó la mirada soberbia y se me
quedó sin respuestas. Guardó el abrigo
en una bolsa de compras. Por un momento
pensé que se resignaría a jubilarlo.
Pero enseguida se arrepintió y se lo puso. Hacía un poco de calor ese día; la verdad, no
estaba como para andar de abrigo. Me
miró fijo.
- ¿Sabés una cosa? No me lo voy a
sacar más. Me van a enterrar con esto. ¿Qué quiere tu padre que haga con mi
vida, a esta altura? Las cosas son como son, no las podés cambiar. ¿Por qué él siempre quiso cambiarme? Que se
aguante, che, ahora.
Y salió, orgullosa, altanera. Elegante con su abrigo amado. Contenta de la vida. Porque a los noventa y tres (¿o cuatro,
eran?) el qué dirán, cualquiera sea su color,
ya no se usa más.
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