jueves, 24 de marzo de 2011

PIENSO EN EVA, cuento, por Viviana Claudia Giménez®

Pienso en Eva

por Viviana Claudia Giménez®

Publico este cuento en un día muy especial para todos los argentinos. Es el día en que recordamos que en 1976 comenzó la dictadura más terrible y sangrienta que tuvimos. Que ni siquiera perdonó a los niños, y que les quitó a muchos, para siempre tal vez, su verdadera identidad.


            Hoy llovió todo el día, y otra vez me acordé de Eva.  En realidad, es una excusa más para decir que me acordé de ella.  Hay veces en que el sol raja la tierra, y aun así me acuerdo de Eva.  Otras, no salgo en todo el día de la oficina: entro una oscura mañana invernal, salgo con esos atardeceres rápidos de las cinco y media, no tengo idea de cómo estuvo el tiempo, y sin embargo ese día volví a acordarme de Eva.
            Eva es una manera de llamarla. Cuando lo pienso varón, lo pienso Ignacio, nombre horrible si los hay pero así lo hubiera querido llamar su madre por ser el nombre de su papá, a quien tampoco ella conoció.  A veces los destinos se repiten, o la historia es una misma en un círculo que no cesa de darnos vueltas alrededor, dejándonos del lado de adentro, imposibilitados de encontrarles una salida a las cosas.
            Por momentos se me ocurre que, por qué no, pudieron ser Eva e Ignacio, o Eva y Lucía, o Ignacio y Ernesto.  Lucía era la otra opción, o mejor dicho, en caso de ser dos nenas, seguramente la segunda sería Lucía, por “vuela esta canción para ti, Lucía / la más bella historia de amor / que tuve y tendré”.  Y Ernesto, eso ni se pregunta. 
            Y me imagino que tal vez, con ésos u otros nombres (seguramente otros nombres), ella, o él, o ellas o ellos, andan por ahí, cruzándose conmigo en el subte, por la calle Corrientes, o están detrás de mí en el cine, o se sientan a mi lado en el colectivo, junto a la ventanilla, y me dicen perdón, ¿me permite pasar?
También seguramente me cruzo con quienes me quitaron la oportunidad de verte crecer, de mirarte a los ojos ahora mismo mientras te cuento lo que pienso.  A veces me da un escalofrío - o más bien esa sensación que suelo tener en la planta de los pies, muy rara, cosquillas de vértigo - cuando me miran fijo en un lugar público.  Mantengo diálogos mentales muy fuertes con esos seres anónimos que me miran, lo más probable es que mi cara les dé lo mismo que la de al lado, rebota en mí el aburrimiento de la ciudad, mensaje en clave no hay ninguno pero yo no le doy tregua a mi rollo.
            Por lo general, me imagino que fue Eva.  No sé por qué.  Será porque desde el principio dijimos, si es nena, Eva.  Y la cosa quedó ahí por semanas, hasta que le pregunté ¿y si es varón? No, va a ser nena, pero bueno, si es varón, Ignacio como papá, ¿qué te parece?  Tenés razón, va a ser nena, eso se nota a la legua.
            A veces pienso que me estás buscando vos a mí también, y que no me vas a hacer ningún reproche si me encontrás, aunque ésa es la parte más brava de digerir. Me siento tan mal por haber sido yo el que contó el cuento. Pero bueno, basta con eso, ya no hay marcha atrás, y lo único a lo que realmente aspiro es a que alguna vez . . . Vos sabés, Eva, a que haya alguna vez.
            Y cuando pienso en un frente a frente que por fin se va a dar, seguro que se va a dar, tengo que pensar (no puedo no pensar) cómo explicarte mi hoy.  Y no sé qué vas a entender mejor, si mi ayer, mi hoy o la ausencia de un mañana.  Porque todo tengo que explicarte. Todo tengo que contarte, empezar de cero, yo a vos te quiero desde ya, eso ni se pregunta.  Ya hace muchos años que te quiero. Pero vos a mí.  Vos a mí es la cuestión.
            En realidad, hoy no pienso en Eva porque llovió, ni ayer porque hubo sol, ni anteayer porque sí.  Esta vez es la carta.  La carta en que me trata de señor, y me dice que ella piensa que quizás . . . Pero es Verónica, y estudia administración de empresas, y no sé que contestarle.  Pensé que yo la encontraría a ella.  Pero tal vez no es.  Y otra vez.  O sí.  Me armo de coraje, levanto el teléfono y marco ese número.




            Hoy llovió todo el día, y otra vez me acordé de Eva.  En realidad, es una excusa más para decir que me acordé de ella.  Hay veces en que el sol raja la tierra, y aun así me acuerdo de Eva.  Otras, no salgo en todo el día de la oficina: entro una oscura mañana invernal, salgo con esos atardeceres rápidos de las cinco y media, no tengo idea de cómo estuvo el tiempo, y sin embargo ese día volví a acordarme de Eva.
            Eva es una manera de llamarla. Cuando lo pienso varón, lo pienso Ignacio, nombre horrible si los hay pero así lo hubiera querido llamar su madre por ser el nombre de su papá, a quien tampoco ella conoció.  A veces los destinos se repiten, o la historia es una misma en un círculo que no cesa de darnos vueltas alrededor, dejándonos del lado de adentro, imposibilitados de encontrarles una salida a las cosas.
            Por momentos se me ocurre que, por qué no, pudieron ser Eva e Ignacio, o Eva y Lucía, o Ignacio y Ernesto.  Lucía era la otra opción, o mejor dicho, en caso de ser dos nenas, seguramente la segunda sería Lucía, por “vuela esta canción para ti, Lucía / la más bella historia de amor / que tuve y tendré”.  Y Ernesto, eso ni se pregunta. 
            Y me imagino que tal vez, con ésos u otros nombres (seguramente otros nombres), ella, o él, o ellas o ellos, andan por ahí, cruzándose conmigo en el subte, por la calle Corrientes, o están detrás de mí en el cine, o se sientan a mi lado en el colectivo, junto a la ventanilla, y me dicen perdón, ¿me permite pasar?
También seguramente me cruzo con quienes me quitaron la oportunidad de verte crecer, de mirarte a los ojos ahora mismo mientras te cuento lo que pienso.  A veces me da un escalofrío - o más bien esa sensación que suelo tener en la planta de los pies, muy rara, cosquillas de vértigo - cuando me miran fijo en un lugar público.  Mantengo diálogos mentales muy fuertes con esos seres anónimos que me miran, lo más probable es que mi cara les dé lo mismo que la de al lado, rebota en mí el aburrimiento de la ciudad, mensaje en clave no hay ninguno pero yo no le doy tregua a mi rollo.
            Por lo general, me imagino que fue Eva.  No sé por qué.  Será porque desde el principio dijimos, si es nena, Eva.  Y la cosa quedó ahí por semanas, hasta que le pregunté ¿y si es varón? No, va a ser nena, pero bueno, si es varón, Ignacio como papá, ¿qué te parece?  Tenés razón, va a ser nena, eso se nota a la legua.
            A veces pienso que me estás buscando vos a mí también, y que no me vas a hacer ningún reproche si me encontrás, aunque ésa es la parte más brava de digerir. Me siento tan mal por haber sido yo el que contó el cuento. Pero bueno, basta con eso, ya no hay marcha atrás, y lo único a lo que realmente aspiro es a que alguna vez . . . Vos sabés, Eva, a que haya alguna vez.
            Y cuando pienso en un frente a frente que por fin se va a dar, seguro que se va a dar, tengo que pensar (no puedo no pensar) cómo explicarte mi hoy.  Y no sé qué vas a entender mejor, si mi ayer, mi hoy o la ausencia de un mañana.  Porque todo tengo que explicarte. Todo tengo que contarte, empezar de cero, yo a vos te quiero desde ya, eso ni se pregunta.  Ya hace muchos años que te quiero. Pero vos a mí.  Vos a mí es la cuestión.
            En realidad, hoy no pienso en Eva porque llovió, ni ayer porque hubo sol, ni anteayer porque sí.  Esta vez es la carta.  La carta en que me trata de señor, y me dice que ella piensa que quizás . . . Pero es Verónica, y estudia administración de empresas, y no sé que contestarle.  Pensé que yo la encontraría a ella.  Pero tal vez no es.  Y otra vez.  O sí.  Me armo de coraje, levanto el teléfono y marco ese número.


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