La chica de la hora
por Viviana Giménez ®
La conocí una de esas veces que me
arrastraron a regañadientes al Moyano a ver a mi hermana. Caminaba arrastrando los pies por los
pasillos, envuelta en una manta raída, y alguien me hizo notar que no llevaba
reloj de pulsera. “Ni collares, ni aritos, ni ningún otro accesorio. ¿Y eso qué
prueba? Esto es un manicomio, acá te confiscan todo a la entrada”. Bueno, me dijeron, vos fijate que tampoco
nadie aquí lleva uno, ni los médicos del pabellón, y que no hay relojes en las
paredes. Lo hacen por ella. “¿Qué hacen por ella?” No llevar reloj. “¿Y por
qué?”, pregunté, mientras que por las dudas escondía el mío bajo la manga. Es
la chica de la hora, me susurraron al oído.
Hubo una
época en que no dejaba de repetir la hora, los minutos, los segundos. Cuando se
le pasó eso, comenzó a contar los latidos de su corazón, las estrellas (por
suerte desde la minúscula ventana de su habitación veía pocas y terminaba
rápido; además, ¿cuántas estrellas se ven en esta ciudad?), los mosaicos del
baño, las baldosas de todo el hospital, las motas de polvo, los pelos de su
cabeza y los de las locas que se dejaban.
“¿Quién
es?”, pregunté. “¿De dónde viene?” Ya le dije, es la chica de la hora. Marque
el 113 y va a ver. Todavía siguen usando la misma grabación que ella hizo, y
eso que ya van como veinte años de eso . . . Pero ella no lo sabe, si no, ahí
sí que perdemos toda esperanza de que alguna vez se recupere . . .
Parece que
hasta era linda en una época. Costaba imaginarlo viéndole las greñas, la
vidriosa mirada perdida, la sucia manta que arrastraba juntando todavía más
tierra. Pero había sido linda de
verdad. Quienes la contrataron para la
hora querían que detrás de una voz agradable, sensual, hubiera un rostro que la
justificara. Si hasta les pidieron que mandaran fotos (tres cuartos de perfil,
y otra cuerpo entero) a todas las postulantes.
Y sí, les hicieron una prueba de voz, no se dejaron llevar sólo por la
cara bonita, pero fue la conjunción de ambas cualidades (buen timbre, delicado
rostro) lo que decidió quién sería “la chica de la hora”.
Hasta fue a
la peluquería esa vez, se puso como nunca para grabar la hora. La semana anterior se había conseguido un
conjuntito especialmente para el gran día.
La grabación no llevó tanto tiempo, después de todo el disco se iba a
basar en la infinita repetición de un par de números con unas cuantas
combinaciones.
A la semana
le dijeron “ya está listo”, no tuvo que volver
porque todo había salido más que bien, y le avisaron que podía pasar a
buscar el cheque. Esperó a llegar a casa
después de cobrar para ver cómo había quedado.
Marcó el 113. “¡Qué lindo!”, fue
la primera reacción. Al rato, con las amigas: “¡Qué bárbaro!” Sin embargo, esa noche fue la primera sin
dormir. Trató de contar ovejitas, pero
no hacía más que sentir: “0 horas, 20 minutos, treinta y cuatro
segundos...¡Biiiiiiip!” Y así sucesivamente.
Esa mañana, arrastrando sus ojeras, se acercó al teléfono, marcó el 113,
y se pasó el día escuchándose. Fue el principio del fin.
La madre le
hacía cortar a veces, nena que necesitamos el teléfono acá, ¿no te escuchaste
ya?, lo vanidosa que resultó una que yo sé, no hace más que escucharse. Pero cortar era sólo el comienzo del eco
monótono en su mente. A la mesa, repetía
bajito el sonsonete; en la ducha; entre sueños.
En el
Moyano la trataron como a una reina, cuando supieron de su servicio a la
comunidad. Hicieron lo posible porque se
sintiera bien. El psiquiatra que la
atendió al principio sugirió lo de sacar relojes y teléfonos de su alcance,
aunque intuyó que la obsesión de la chica de la hora se desviaría por rumbos
insospechados. Y tan errado no estaba,
porque ella pronto encontró reemplazo a la hora; aunque comenzó a vivir fuera
del tiempo, los números se convirtieron en elementos para nuevos cálculos que
no la dejaban en paz.
Quise
hablar con ella, después de ver a mi hermana, pero temí ser la culpable de
agregarle alguna nueva obsesión. ¿Y si
se le daba por hacer sumas y multiplicaciones con mis innumerables pecas? Opté
por verla pasar, como ajena a todo, quizás contando los días que le faltaban
para dejar de calcular para siempre.
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