El señor Santos
por Viviana Claudia Giménez ®
. . . la desmesura forma parte también de nuestra realidad. Nuestra realidad es desmesurada y con
frecuencia nos plantea a los escritores problemas muy serios, que es el de la
insuficiencia de las palabras.
Gabriel García Márquez, El olor de la guayaba.
El señor Santos
era una persona que, a pesar de años de vivir en la Argentina, se resistía a
adoptar una actitud escéptica o indiferente ante lo extraordinario. Esto ocurría antes, hace años ya, cuando el señor
Santos se encontraba en aquel reducido grupo de argentinos que aún creían. ¿En qué?
De eso se trata un poco esta historia.
De las que pasaba el señor Santos cuando era un acérrimo creyente en
todo lo que lo rodeaba.
Por ejemplo, el
señor Santos creía en los buzones. No,
no lo convencían con facilidad de que comprara uno. Dije que era bastante crédulo, no estúpido.
Es decir, el señor Santos creía en la función específica del buzón. Un
día oyó en la radio que los buzones de la ciudad de Buenos Aires, amarillos
durante tantos años, habían sido pintados de rojo para que llamaran la atención
del abúlico ciudadano porteño. El señor
Santos reflexionó: "Es verdad, yo también camino por la ciudad como si no existieran,
¿por qué no usarlos, después de todo?
Sería tan práctico . . . "
Así, las
próximas cartas que envió a sus hermanas (las que viven en San Juan) las echó
al buzón más cercano a su domicilio.
Antes, eso sí, tuvo sus historias para encontrar estampillas. "¿Estampillas? No, no, acá eso no vendemos," respondió
comedida una simpática empleada del correo de su barrio. "¿Cómo?," se dijo el señor Santos,
"si no las consigo en el correo, entonces ¡oh!, ¿dónde podré comprar
estampillas?" Y se aventuró a
formular la osada pregunta, pero como ya dijimos, el señor Santos era crédulo
pero no tonto, por lo que eligió a otra empleada, y antes de que le tocara su
té matinal: "En el Correo Central, sección Filatelia y Otros
Hobbies," fue la respuesta.
El señor Santos
tenía una hora de colectivo hasta el Correo Central, pero no podía renunciar
tan fácilmente a la emoción de volver a la vieja estampilla y al bienamado
buzón; y así, como quien decide mantener viva la tradición de sus antepasados,
se encaminó pasito a pasito a la parada del 109. Mientras caminaba, sus ojos divisaron en el
suelo lo que parecía una moneda.
"Pero no brilla," pensó el señor Santos, "debe de ser
otra cosa." Como ese día estaba con
tiempo y sin apuro alguno, decidió agacharse para levantarla. Un tropel de escolares le pasó por
encima. Es que venía el 109. "Bah," pensó él, "de acuerdo
con el horario diurno, el próximo tiene que venir en tres minutos." Con tal reconfortante pensamiento, se dirigió
lentamente a la parada, monedita en mano, silbando bajito, viendo cómo los
muchachos se apretujaban para subir. El
señor Santos jugueteaba con la moneda.
Era de color plateada y decía "10" (diez); pero por más que
hacía memoria, el señor Santos no lograba recordar a qué sistema había
pertenecido: ¿pesos moneda nacional, pesos argentinos, australes, pesos a
secas? De algo estaba seguro, y era de
que esa moneda no estaba en vigencia y sería imposible usarla. Se acordó de cuando su padre le regaló un
chanchito alcancía, a la edad de cinco añitos, y hasta lo que le dijera en tal
emotivo instante. Le había dicho:
"Aquí comienza el pequeño ahorrista.
Y recuerda, hijo, que el ahorro es la base del futuro."
A la media hora
de estar en la parada de colectivo, el señor Santos empezó a hacerse de
amigos. Los colegiales, que al igual que
él habían perdido el otro coche, eran simpáticos y risueños, y estaban
comentando ciertas travesuras del día en el colegio; cuando el señor Santos
sonrió, lo miraron y se dirigieron a él.
La primera hora la pasaron charlando, intercambiando opiniones sobre cómo
debía ser la educación moderna para
formar adecuadamente a los ciudadanos del futuro. La segunda hora, ya jugaban al truco. Para la tercera, sellaban una amistad que se
prolongaría por años.
Cuando
finalmente llegó el colectivo, después de hacer noche en la parada, el señor
Santos se sentó en el último asiento para poder dormir mejor, ya que el haber
pasado la noche sobre las duras y gélidas baldosas lo había dejado con hambre
de sueño, y quería recuperarse para tener todas las energías cuando llegara al
Correo Central. Durmió tupido, por lo
que no apreció el viejo barrio que atravesaba el colectivo, ni el comienzo del
microcentro, ni nada por el estilo. La
verdad es que el trayecto no duró más de lo acostumbrado, y esta vez el señor
Santos habría deseado que sí se demorara un poquito más en llegar, para poder
prolongar el sueñito. Finalmente, se
bajó en la terminal y caminó hacia el Correo.
Mientras tanto, su mente se regodeaba pensando en qué selección de
estampillas tendría, cuál o cuáles decidiría comprar, qué pasaría si le
gustaban todas. Y la verdad fue que le
gustaron muchas, pero también es cierto que se pudo dar el gusto de poner unas
cuantas, ya que el valor que necesitaba cubría casi todo el sobre, dejando el
cuadradito donde decía: "Srta. Julia Santos," y la dirección.
"Déjelas
acá," dijo el empleado de Correos.
"De ninguna manera," pensó al resistirse el señor Santos. "Después de todo lo que hice para poder
usar el buzón de la esquina de casa, no voy a tirar todo mi esfuerzo por la
borda." Sonrió y sin responder se
fue con sus cartas apretaditas en la mano.
Estuvo un rato buscando la parada del 109, pues había caminado unas
cuadras para pasear un rato, ya que estaba en el centro, y ahora se le hacía
difícil encontrar dónde paraba el colectivo que en una hora lo devolvería a su
casa. Vio que las líneas anunciaban las paradas con monos cartelitos, aunque en
algunos casos esos cartelitos estaban en el suelo, o no estaban, y había que
guiarse por el olfato. Cuando finalmente
dio con la parada del 109 al reconocer a una señora de su barrio, comprobó que
había no menos de diez personas en la fila.
El colectivo llegó repleto, y pensó resignado: "Otra noche que pasaré afuera."
La cuestión fue
que después de cuatro semanas, Julia y Alicia Santos se quejaban de que no
recibían noticias del hermano Pedro, y a las seis semanas y media comenzaron a
preocuparse. A las siete semanas,
decidieron llamarlo por teléfono.
"Están todas las líneas ocupadas," les contestó la señorita
telefonista, "llame más tarde, ¿quiere?" Para cuando por fin lograron comunicarse, una
voz lejana, entre soniditos mecánicos y vibraciones varias les decía desde
Buenos Aires: " . . . pero si puse las cartas en el buzón el 8 de junio .
. . " Julia y Alicia suspiraron, mientras
miraban el calendario de la cocina que, debajo de un paisaje de las cataratas y
la leyenda “Zapatería Marbella/donde el cliente es la estrella”, indicaba
inconfundiblemente un enorme “12 de octubre, Día de la Raza”. "Vos nunca aprendés," le dijeron,
resignadas, a través del éter.
La verdad es
que su buen tiempo le llevó aprender el sistema. Y fue durante esos años de aprendizaje cuando
le sucedió esto otro. Caminando por
Florida, llegó a su cruce con Marcelo T.
"Qué buena idea sería dar un paseo por la plaza San Martín. Es una de mis preferidas," se dijo el
señor Santos. El problema era que para
cruzar debía poner en funcionamiento el semáforo automático que está justito
frente al Alvear Palace. Podía cruzar
por otro lado también, eso es cierto, pero ¿quién le iba a quitar la
experiencia de sentir que estaba dominando el fluido y ajetreado tráfico
capitalino? De ninguna manera se
perdería semejante vivencia. Ahí se
detuvo el señor Santos y apretó el botoncito que cambiaría la luz de verde a
rojo y el destino de los hombres, y que le permitiría cruzar como peatón en
condiciones perfectamente legales.
Mientras esperaba el cambio de luz, vio a personas arriesgar sus vidas
por cruzar esa calle de tránsito incesante.
Un par de ellas murieron en el intento.
Santos contempló con pena la llegada de ambulancias y el triste retiro
de cadáveres. Se sintió reconfortado al
pensar que a él nunca le pasaría tal cosa, ya que siempre se había mostrado tan
respetuoso de las leyes y tan fiel creyente en la armonía de la sociedad. Así, pasaron los días. Un agente debió sacarlo por la fuerza, ya que
por las buenas fue difícil convencerlo de que el semáforo no funcionaba y de
que probablemente no funcionaría por un tiempo ya que la municipalidad no
contaba con los fondos necesarios para su reparación, por el momento.
Ahora, lo
triste fue el instante preciso y exacto en que el señor Santos experimentó una
especie de iluminación que lo sacó de su estado de credulidad. Es difícil estimar cuándo ocurrió o cómo, es
decir, si fue un cúmulo de eventos similares a los mencionados, o si hubo uno
en particular que actuó como alarma de despertador. La cuestión fue que de repente contempló a su
alrededor y vio que sólo quedaban unos cuantos resignados; los incrédulos hacía
rato que no estaban, y los crédulos habían sido devorados por algo así como un
remolino, una vorágine o una oruga gigantesca.
Y quedaba él, que no podía
resignarse. ¿Qué hacer?
El señor Santos
miró dentro de sí, estimó su valor cualitativo y cuantitativo, sonrió frente a
un espejo y despegó, hasta que lo único que se vio de él fue una especie de
hilito de un barrilete que se escapa.
Este cuento fue publicado por Torre de papel, University of Iowa, Iowa City, Iowa, EEUU, Primavera 1994.

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