domingo, 27 de marzo de 2011

EL SEÑOR SANTOS, cuento, por Viviana Claudia Giménez ®

El señor Santos

por Viviana Claudia Giménez ®

. . . la desmesura forma parte también de nuestra realidad.  Nuestra realidad es desmesurada y con frecuencia nos plantea a los escritores problemas muy serios, que es el de la insuficiencia de las palabras.

Gabriel García Márquez, El olor de la guayaba.

            El señor Santos era una persona que, a pesar de años de vivir en la Argentina, se resistía a adoptar una actitud escéptica o indiferente ante lo  extraordinario.  Esto ocurría antes, hace años ya, cuando el señor Santos se encontraba en aquel reducido grupo de argentinos que aún creían.  ¿En qué?  De eso se trata un poco esta historia.  De las que pasaba el señor Santos cuando era un acérrimo creyente en todo lo que lo rodeaba.
            Por ejemplo, el señor Santos creía en los buzones.  No, no lo convencían con facilidad de que comprara uno.  Dije que era bastante crédulo,  no estúpido.  Es decir, el señor Santos creía en la función específica del buzón. Un día oyó en la radio que los buzones de la ciudad de Buenos Aires, amarillos durante tantos años, habían sido pintados de rojo para que llamaran la atención del abúlico ciudadano porteño.  El señor Santos reflexionó: "Es verdad, yo también camino por la ciudad como si no existieran, ¿por qué no usarlos, después de todo?  Sería tan práctico . . . "
            Así, las próximas cartas que envió a sus hermanas (las que viven en San Juan) las echó al buzón más cercano a su domicilio.  Antes, eso sí, tuvo sus historias para encontrar estampillas.  "¿Estampillas?  No, no, acá eso no vendemos," respondió comedida una simpática empleada del correo de su barrio.  "¿Cómo?," se dijo el señor Santos, "si no las consigo en el correo, entonces ¡oh!, ¿dónde podré comprar estampillas?"  Y se aventuró a formular la osada pregunta, pero como ya dijimos, el señor Santos era crédulo pero no tonto, por lo que eligió a otra empleada, y antes de que le tocara su té matinal: "En el Correo Central, sección Filatelia y Otros Hobbies," fue la respuesta.
            El señor Santos tenía una hora de colectivo hasta el Correo Central, pero no podía renunciar tan fácilmente a la emoción de volver a la vieja estampilla y al bienamado buzón; y así, como quien decide mantener viva la tradición de sus antepasados, se encaminó pasito a pasito a la parada del 109.  Mientras caminaba, sus ojos divisaron en el suelo lo que parecía una moneda.  "Pero no brilla," pensó el señor Santos, "debe de ser otra cosa."  Como ese día estaba con tiempo y sin apuro alguno, decidió agacharse para levantarla.  Un tropel de escolares le pasó por encima.  Es que venía el 109.  "Bah," pensó él, "de acuerdo con el horario diurno, el próximo tiene que venir en tres minutos."  Con tal reconfortante pensamiento, se dirigió lentamente a la parada, monedita en mano, silbando bajito, viendo cómo los muchachos se apretujaban para subir.  El señor Santos jugueteaba con la moneda.  Era de color plateada y decía "10" (diez); pero por más que hacía memoria, el señor Santos no lograba recordar a qué sistema había pertenecido: ¿pesos moneda nacional, pesos argentinos, australes, pesos a secas?  De algo estaba seguro, y era de que esa moneda no estaba en vigencia y sería imposible usarla.  Se acordó de cuando su padre le regaló un chanchito alcancía, a la edad de cinco añitos, y hasta lo que le dijera en tal emotivo instante.  Le había dicho: "Aquí comienza el pequeño ahorrista.  Y recuerda, hijo, que el ahorro es la base del futuro."
            A la media hora de estar en la parada de colectivo, el señor Santos empezó a hacerse de amigos.  Los colegiales, que al igual que él habían perdido el otro coche, eran simpáticos y risueños, y estaban comentando ciertas travesuras del día en el colegio; cuando el señor Santos sonrió, lo miraron y se dirigieron a él.  La primera hora la pasaron charlando, intercambiando opiniones sobre cómo debía ser la educación moderna para  formar adecuadamente a los ciudadanos del futuro.  La segunda hora, ya jugaban al truco.  Para la tercera, sellaban una amistad que se prolongaría por años.
            Cuando finalmente llegó el colectivo, después de hacer noche en la parada, el señor Santos se sentó en el último asiento para poder dormir mejor, ya que el haber pasado la noche sobre las duras y gélidas baldosas lo había dejado con hambre de sueño, y quería recuperarse para tener todas las energías cuando llegara al Correo Central.  Durmió tupido, por lo que no apreció el viejo barrio que atravesaba el colectivo, ni el comienzo del microcentro, ni nada por el estilo.  La verdad es que el trayecto no duró más de lo acostumbrado, y esta vez el señor Santos habría deseado que sí se demorara un poquito más en llegar, para poder prolongar el sueñito.  Finalmente, se bajó en la terminal y caminó hacia el Correo.  Mientras tanto, su mente se regodeaba pensando en qué selección de estampillas tendría, cuál o cuáles decidiría comprar, qué pasaría si le gustaban todas.  Y la verdad fue que le gustaron muchas, pero también es cierto que se pudo dar el gusto de poner unas cuantas, ya que el valor que necesitaba cubría casi todo el sobre, dejando el cuadradito donde decía: "Srta. Julia Santos," y la dirección.
            "Déjelas acá," dijo el empleado de Correos.  "De ninguna manera," pensó al resistirse el señor Santos.  "Después de todo lo que hice para poder usar el buzón de la esquina de casa, no voy a tirar todo mi esfuerzo por la borda."  Sonrió y sin responder se fue con sus cartas apretaditas en la mano.  Estuvo un rato buscando la parada del 109, pues había caminado unas cuadras para pasear un rato, ya que estaba en el centro, y ahora se le hacía difícil encontrar dónde paraba el colectivo que en una hora lo devolvería a su casa. Vio que las líneas anunciaban las paradas con monos cartelitos, aunque en algunos casos esos cartelitos estaban en el suelo, o no estaban, y había que guiarse por el olfato.  Cuando finalmente dio con la parada del 109 al reconocer a una señora de su barrio, comprobó que había no menos de diez personas en la fila.  El colectivo llegó repleto, y pensó resignado:  "Otra noche que pasaré afuera."
            La cuestión fue que después de cuatro semanas, Julia y Alicia Santos se quejaban de que no recibían noticias del hermano Pedro, y a las seis semanas y media comenzaron a preocuparse.  A las siete semanas, decidieron llamarlo por teléfono.  "Están todas las líneas ocupadas," les contestó la señorita telefonista, "llame más tarde, ¿quiere?"  Para cuando por fin lograron comunicarse, una voz lejana, entre soniditos mecánicos y vibraciones varias les decía desde Buenos Aires: " . . . pero si puse las cartas en el buzón el 8 de junio . . . "  Julia y Alicia suspiraron, mientras miraban el calendario de la cocina que, debajo de un paisaje de las cataratas y la leyenda “Zapatería Marbella/donde el cliente es la estrella”, indicaba inconfundiblemente un enorme “12 de octubre, Día de la Raza”.   "Vos nunca aprendés," le dijeron, resignadas, a través del éter.
            La verdad es que su buen tiempo le llevó aprender el sistema.  Y fue durante esos años de aprendizaje cuando le sucedió esto otro.  Caminando por Florida, llegó a su cruce con Marcelo T.  "Qué buena idea sería dar un paseo por la plaza San Martín.  Es una de mis preferidas," se dijo el señor Santos.  El problema era que para cruzar debía poner en funcionamiento el semáforo automático que está justito frente al Alvear Palace.  Podía cruzar por otro lado también, eso es cierto, pero ¿quién le iba a quitar la experiencia de sentir que estaba dominando el fluido y ajetreado tráfico capitalino?  De ninguna manera se perdería semejante vivencia.  Ahí se detuvo el señor Santos y apretó el botoncito que cambiaría la luz de verde a rojo y el destino de los hombres, y que le permitiría cruzar como peatón en condiciones perfectamente legales.  Mientras esperaba el cambio de luz, vio a personas arriesgar sus vidas por cruzar esa calle de tránsito incesante.  Un par de ellas murieron en el intento.  Santos contempló con pena la llegada de ambulancias y el triste retiro de cadáveres.  Se sintió reconfortado al pensar que a él nunca le pasaría tal cosa, ya que siempre se había mostrado tan respetuoso de las leyes y tan fiel creyente en la armonía de la sociedad.  Así, pasaron los días.  Un agente debió sacarlo por la fuerza, ya que por las buenas fue difícil convencerlo de que el semáforo no funcionaba y de que probablemente no funcionaría por un tiempo ya que la municipalidad no contaba con los fondos necesarios para su reparación, por el momento.
            Ahora, lo triste fue el instante preciso y exacto en que el señor Santos experimentó una especie de iluminación que lo sacó de su estado de credulidad.  Es difícil estimar cuándo ocurrió o cómo, es decir, si fue un cúmulo de eventos similares a los mencionados, o si hubo uno en particular que actuó como alarma de despertador.  La cuestión fue que de repente contempló a su alrededor y vio que sólo quedaban unos cuantos resignados; los incrédulos hacía rato que no estaban, y los crédulos habían sido devorados por algo así como un remolino, una vorágine o una oruga gigantesca.  Y quedaba él, que no podía  resignarse.  ¿Qué hacer?
            El señor Santos miró dentro de sí, estimó su valor cualitativo y cuantitativo, sonrió frente a un espejo y despegó, hasta que lo único que se vio de él fue una especie de hilito de un barrilete que se escapa.

           


Este cuento fue publicado por Torre de papel, University of Iowa, Iowa City, Iowa, EEUU, Primavera 1994.

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