Muerte en la city
por Viviana Claudia Giménez®
La gente no dejaba de pasar, pese a que
una multitud se habia acumulado en la ahora más que nunca estrecha callecita
del microcentro porteño. Esta vez no era
la maldita vereda en arreglo, ni los trabajadores de la compañía de gas o
electricidad, ni la telefónica poniendo un cable más.
“¿Qué
pasó, qué pasó?”, se interesan todos de pronto en medio del usual ajetreo
indiferente. Y miran hacia un auto
último modelo, estacionado, que tiene el parabrisas tapado con una bolsa negra
de residuos. “¿Lo balearon?” No, la respuesta es mucho menos digna de un thriller. Simplemente le llegó la gran igualadora, en
la forma de un aparente infarto, sentado al volante de su coche, cuando se
disponía a meter llave y hacerlo arrancar.
“Desgracia con suerte”, dice uno, reflexionando que “después de todo, le
ahorró un accidente a algún otro. ¡Mirá si le da el ataque manejando!”.
De
frente la bolsa detiene la mirada curiosa, pero de costado y casi agachados
vemos la figura del hombre, de unos cincuenta años, de impecable traje, echada
la cabeza hacia atrás, rendido ante la soberbia de la muerte.
Alrededor
hay policías tomando cartas en el asunto, asegurándose de que nadie se acerque
al lugar donde yace el occiso. Se oyen
comentarios:
-
Pobre tipo, morirse ahí tan solo.
-
Y tan de repente.
-
¿Ya le habrán avisado a la familia?
-
Yo vi justo cuando pasó la cosa.
-
¿Y cómo fue?
-
Quise acercarme, ¿vio?, pero ya era tarde . . .
Tarde
también suena el celular del hombre muerto.
Los policías y curiosos que lo oyen se paralizan, casi como si el muerto
hubiera hablado. O como si esperaran que
despierte de una buena vez para atender el teléfono. La escena me supera, y me retiro.
Tres
horas más tarde, mi rutina me obliga a pasar por el mismo sitio. La calle se ve diferente, ahora que ya entró
la noche, y el auto del muerto es el único que permanece estacionado de esa
mano. Enfrente, vigilante, sólo hay un
policía, custodiando ¿el auto? ¿el muerto? ¿que nadie escape?
El
hombre no ha sido movido en absoluto, permanece en idéntica posición. El teléfono vuelve a sonar. . .
es
la mujer, que llama demasiado tarde. Le
avisa que ya no soporta sus ausencias y su vida dedicada al trabajo, que ella
también necesita atención, y que finalmente ha decidido irse con Francisco,
quien sí tiene tiempo para ella.
es
la amante, que ya no resiste seguir viviendo este romance a escondidas. Que ya no le cree más que en cualquier
momento va a abandonar a su esposa. Que
le deja un mensaje diciéndole “no me llamés más, ya es tarde. Para cuando escuches esto estaré muy lejos,
habré aceptado ya ese puesto en San Pablo”.
es
el hijo, que nunca lo había llamado antes porque hace rato perdieron el
diálogo, uno con sus cosas adolescentes y el otro con su ensimismamiento
bursátil. Pero lo hace esta vez para
anunciarle que está en su escritorio, que sacó del cajón derecho el arma y que
la tiene apoyada en la sien. Que se siente
solo, que nunca lo tuvo. Que va a contar
hasta diez, y si no atiende y le dice algo que lo convenza de seguir viviendo,
gatilla.
es
su corredor de bolsa, que le quiere decir del modo más delicado posible que no
fue un buen día en el mercado de valores de Buenos Aires. Ni en Wall
Street. Ni en Tokyo. “Que apostamos mal y perdimos. Que perdimos mucho”, tal vez casi todo, y que
otra vez será.
Me
alejo del auto, sintiendo las sombras y el silencio y tal vez hasta el olor de
la muerte en esa noche rara. Llego a
casa, y a la madrugada sigo en vela pensando que el hombre sigue en el coche,
esperando al juez. Que el teléfono sigue
llamando, y que, como cuando vivía, no hay tiempo para contestar.
Este cuento fue seleccionado en el concurso Letras del Face y publicado en la antología "Desnudos sobre el papel", compilado por Carla Demark, Editorial Dunken, octubre de 2014.
Este cuento fue seleccionado en el concurso Letras del Face y publicado en la antología "Desnudos sobre el papel", compilado por Carla Demark, Editorial Dunken, octubre de 2014.
Buenísimoooo!!! Podría ser el guión de una película... todas las posibilidades de la llamada...
ResponderEliminarBesos!!
Gracias por tu comentario! Escabrosamente real el contexto: realmente el tipo estaba muerto en el auto, en el microcentro, con un policía de custodia, y más de dos horas después cuando volví a pasar, ahí seguía..Lo de la llamada, esas son todas mentiritas mías...
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