MANUAL DE INSTRUCCIONES II
Cuento, por Viviana Claudia Giménez®
MANUAL
DE INSTRUCCIONES II
Cuento, por
Viviana Claudia Giménez®
Se había mudado a muchas casas
anteriormente, pero ésta era la primera vez que se instalaba en una que venía
con instrucciones.
Al principio le causó gracia, claro,
como si a la casa le hiciera gracia alguna.
Pronto se dio cuenta de que la cosa no
era chiste, qué joder. Cuando una casa
viene con instrucciones, lo peor que podés hacer es desoírlas. Pueden pasar muchas cosas: que a la casa no
le guste ni medio que le lleves la contra; que una misma empiece a sentirse
culpable por no respetar las reglas...Por ejemplo, conocí el caso de esta chica
a la que, literalmente, se le cerraron todas las puertas: jamás pudo volver a
salir y de adentro nadie escuchaba sus gritos, flor de bronca se había agarrado
la casa. Y también supe de una familia
entera que no daba la más mínima bolilla a las instrucciones, y, ¿cómo
explicarlo?, desde adentro mismo de ellos les empezó a brotar una culpa de
dimensiones tan desproporcionadas que inundó la casa. Y así se perdieron ellos.
La cuestión es que no se pueden ignorar
las reglas, así que ahora ella también debería seguirlas. Sin escepticismos, sin sonrisitas suspicaces.
Pero es que eran unas instrucciones de
lo más complicadas, por no decir excesivamente molestas y de difícil
aplicación. Por ejemplo, a la mañana
debía correr todas las cortinas y regar las plantes ANTES de desayunar. Después, sólo DESPUÉS de esto podía bañarse y
salir. A veces le daban unas ganas locas
de hacer todo lo contrario, pero qué va, no se podía. Al llegar a la casa debía prender todas las
luces, ir al baño, lavarse las manos, prender la radio O la televisión (sí, a
veces había una cierta flexibilidad).
Las cosas debían hacerse en un cierto orden indiscutible y guay de no
cumplir.
Un día se hartó, y pensó que sería más
fácil cambiar de casa. Pero tenía terror
de que la nueva vivienda también tuviese instrucciones, y que éstas fueran aún
mucho más difíciles de seguir. Comenzó a
soñar con una rutina impuesta por ella misma.
Se regodeaba con el pensamiento de levantarse por las mañanas y salir a
comprar el diario y LUEGO pasear el perro (que no tenía) y de, por ejemplo,
regar las plantas a la noche, antes de acostarse. La vida, sin embargo, carece de ciertas
libertades, se dijo.
A pesar de todo un día se aventuró y se
mudó, así nomás. Claro que no contaba
para nada con que al comprarse un auto, éste vendría con instrucciones que se
contradirían gravemente con las de la nueva casa, y aunque estas últimas eran
menos estrictas que las de la casa anterior, ¿qué hacer con estas
contradicciones?
Ella partió un día, a pie, hacia la
tierra sin casas ni autos.
Y comparto su elección... Q buen post, Viv
ResponderEliminary q bueno haberte descubierto,
Abz enorme,amiga,
Male.