viernes, 27 de mayo de 2011

MIS DÍAS CON CLARA Cuento, por Viviana Claudia Giménez®




MIS DÍAS CON CLARA
Cuento, por Viviana Claudia Giménez®

-          ¡Decile a esa que no me mire más así! ¡Que me deje de mirar!
-          Callate.  Nadie te mira.
El papelón en el colectivo ya era mayúsculo, y me obligaba a preguntarme todo el tiempo: “¿La quiero? ¿O ya no la quiero?  Y si es así, ¿por qué sigo a su lado?
-          Pero sí que me mira...¿qué le pasa, decile, por qué me mira?
-          Callate, te dije.  No te está mirando.
-          ¿Ah, no? ¡Mirá...!
Susurré:
-          Y si estás a los gritos, claro que te van a mirar.  Calmate y vas a ver que no te mira nadie más.
Se había obsesionado con que la gente le clavaba la mirada, y a mí me costaba calmarla porque yo también sentía que el mundo nos observaba detenidamente: y por ella.  Por sus ojeras violáceas, su palidez, su cuerpo ahora extremadamente delgado, su innegable condición.  Y esos gritos que pegaba:
-          ¡AAAHHHHH! -.  Por nada, gritaba.
-          Falta poco para bajarnos -, dije, ignorando una vez más sus escándalos.
Mi anuncio la tranquilizó.
-          Así nos dejan de joder acá, sí, bajémonos.
Yo ya había perdido un poco la vergüeza propia y ajena.  Muchos pares de ojos nos taladraban como si de ese modo pudieran llegar al fondo de algo, como si sus miradas les permitieran alcanzar lo que a nosotros mismos nos estaba vedado.
Bajamos en Segurola, y empezamos a caminar.  Mejor dicho, la agarré del brazo y empecé a tirar para adelante; su falta de voluntad era total, y yo debía vivir por los dos.
Antes de llegar vimos a la madre que esperaba frente a la puerta, los brazos en jarra, la expresión que solía provocarme pesadillas, y el grito demasiado familiar a punto de explotarle en la garganta.  Pero nunca decía una palabra hasta que entrábamos.  Y no era suficiente cruzar la puerta de entrada.  Sólo cuando se cerraba la puerta de la cocina, en el centro de la casa, comenzaba el sermón.
-          ¿Así me la traés siempre?  ¿Me querés decir de dónde vienen esta vez?  ¿Y a estas horas?
No servía de nada explicarle otra vez que yo ya la encontraba en ese estado, que sólo era parte de mi gran estupidez meterme en historias que no me convenían, que yo deseaba más que nadie que ella dejara el infierno.
Para colmo, a modo de respuesta, comenzó a vomitar sin fijarse adónde caía lo que su madre tardaría en limpiar.
-          Dale, nomás, dale, total, vos misma te lo vas a limpiar, porque lo que es yo...
Parecía disfrutar de esas escenas tanto como su hija.  Yo a veces me preguntaba si esto no era un número armado para mí.  ¿Y qué se proponían con eso?  ¿Qué querían conmigo?  ¿Por qué yo?
-          Ahora – me encaró la madre -, lo que yo quiero saber es de quién es el paquete ése.  Porque encima que éramos pocos...
Ah, no.  Esa sí que no la sabía.  Clara hizo una pausa en sus vómitos para mirarme con sorna.  Sabía que esto me dolería.  Sabíamos los dos que no nos tocábamos hacía meses.
-          ¿Qué, no te conté?
Claro que no, como tampoco me contaba nada.  Y yo siempre de espectador, de principio a fin, mientras ella hacía su vida: esta vida, cualquier vida, pero una vida que cada vez tenía menos que ver con la mía.
Me senté sin permiso y sin aviso.  Traté de razonar, mientras las miraba a las dos discutiendo, elevando la voz hasta lo insoportable, volviendo a bajarla cuando la madre señalaba la proximidad de los vecinos.
Clara se alejaba de mí a medida que yo trataba de acercarme a ella.  Yo daba un paso en su dirección, mientras que ella saltaba mil hacia el extremo opuesto.  No importaba bien hacia dónde, sólo quería irse lejos.
-          ¿Vos también me mirás, como me miraba la boluda esa en el colectivo, como la otra forra en la calle, como aquel que...?
Sí, yo también te miro, pensé, tratando de entender y no pudiendo ni siquiera empezar a hacerlo.  Y porque yo también te miro, sólo por eso, mejor me voy.

martes, 24 de mayo de 2011

DE REALISMO MÁGICO CON OLOR A VINAGRE, Cuento, por Viviana Claudia Giménez®



DE REALISMO MÁGICO CON OLOR A VINAGRE
Cuento, por Viviana Claudia Giménez®


Cuando fue a ver la casa lo sintió, a ese olor a vinagre.  Le trajo a la memoria ese ingrediente infaltable en las ensaladas de su madre, y también la solución casera para librarse de las liendres o parar sangradas de nariz.  “Olor a piojos”, pensó.  Y cuando se animó a preguntar de dónde venía, le dijeron, como al pasar: “Ah, es que la fábrica de vinagre Huser está a una cuadra.  Le muestro el cuarto de baño”.  Fin de la discusión.
Tal vez fuese sólo un mero detalle, y así quiso verlo al repasar la casa mentalmente esa noche y los días que le siguieron, mientras trataba de decidirse.  Había visto muchos lugares en estos últimos meses, y esta casa en particular era sin duda la que más armonizaba con su idea de sitio perfecto.  Sólo que en los sueños, el detalle odorífero no cuenta.
Luego de tomarse unos días para considerar el asunto con tranquilidad y sin presión alguna, decidió que el olor era lo de menos.  El intento de autoconvencimiento era continuo: “Después de un tiempo ni siquiera voy a sentirlo más; va a ser como si me quedara sordo de la nariz.  ¿O no les pasa a los que viven cerca de riachos estancados, basurales o cualquier otro lugar con olores mucho más nauseabundos que éste?  Ya dicen que uno se acostumbra a lo que sea...Y no es un mal olor, al fin y al cabo...No es para las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, pero ofensivo, lo que se dice ofensivo, no es...Es peculiar, extraño, causa un cosquilleo en la nariz, si se quiere...”
La decisión la demoró un libro que estaba leyendo justo en esos días.  En él, un hombre termina suicidándose por “el olor a cebollas”.  Nadie puede sentirlo, sólo él, y la desesperación lo conduce sin remedio a la muerte.  “Ridículo”, pensó.  Pero la duda ya estaba instalada...
Igual, tiró el libro con desprecio y terminó llamando a la inmobiliaria.  Les comunicó, con aplomo y seguridad en su voz, su decisión de comprar la casa.  Ni él hizo referencia alguna al olor a vinagre, ni ellos tampoco.
¿A cuánto tiempo de estar en el ambiente del olor se acostumbra uno a él?  ¿Se puede morir, realmente, a consecuencia de un olor insoportable?  Ni idea, debía haber preguntado al menos a alguien antes de mudarse, para saber qué esperar.  Aunque a lo mejor una respuesta científica lo hubiera predispuesto mal, y era preferible dejar actuar a la naturaleza por sí sola.  Seguramente él dejaría de pensar en el asunto sin siquiera darse cuenta.
¿Pero cuándo?  Pasaron meses, y no se animaba a admitir ni siquiera ante el espejo que ese olor no sólo no había desaparecido, sino que hasta parecía haberse intensificado.  “Eso es imposible”, reflexionó, “¿cómo voy a estar yendo al revés de las leyes de toda lógica?”
Las visitas fruncían la nariz un poquito, un rato, pero nadie parecía querer mencionar el detalle.  Unos amigos que fueron a cenar una noche mantuvieron una firme cara de asco pese a lo delicioso de los platos y lo suculento del postre, que apenas probaron.  Sí, los invitados no hacían más que confirmar el olor con sus actitudes, pero nadie decía palabra.  Eso molestaba más que dedicarle al asunto toda una noche de conversación y debates.
Un día, al abrir la puerta, se dio que cuenta de que así y sólo así entraba el olor.  Eran como oleadas incontenibles que penetraban con una fuerza de tifón.  Si no abriera más la puerta, entonces, y asegurara bien las ventanas, el olor de adentro terminaría por ser eliminado y ya no entraría una nueva oleada, porque él por cierto estaba dispuesto a impedirlo.
Puso tantas trabas en todas las aberturas de la casa, que ni pizca de aire nuevo podía entrar ya.  Consultó con especialistas primero, en caso de que la decisión terminara resultando dañina para su salud.  Pero le explicaron con lujo de detalles que el aire de la casa podría renovarse automáticamente con “la adquisición de un renovador artificial de aire, que purifica el ambiente y neutraliza los olores.  Ahora sí: no se le ocurra abrir más la puerta en su vida, a menos en caso de gran emergencia, en cuya eventualidad el renovador puede volver a conectarse automáticamente, pero toma tiempo para ponerse en funcionamiento otra vez, así que ojo”.
Averiguaba todo por teléfono: ya no quería ni pensar en abrir la puerta.  Era cierto que, al pasar a los interiores de la vivienda alejados de la entrada, bien pronto se alejaba del círculo de dominación odorífera.  Pero hasta que llegaba el momento de cruzar ese límite invisible, era invadido por sensaciones nauseabundas que cada vez se le hacían más difíciles de soportar sin arcadas. 
Con todas las opciones prolijamente apuntadas en una hoja frente a él, le vinieron a la memoria otros personajes con igual suerte que el hombre víctima del olor a cebollas: eran personajes superados por circunstancias que al lector le parecían evitables.  En la perspectiva interna del libro, sin embargo, no parecía surgir solución viable que condujera a los personajes a una salida concreta.  Todos se dejaban abrumar por situaciones casi mágicas que se les hacían insuperables.  ¿Por qué convertirse él también en un personaje sufrido, en un ser arrinconado por un estado de cosas en el que una decisión simple bastaría para salir del atolladero? 
Qué purificadores de aire ni qué miércoles.  A olvidarse del realismo mágico y otras soluciones literarias más propias de la pura ficción...
Tomó un par de decisiones aburridas: vendió la casa y se mudó al centro, lejos de toda amenaza de fábricas.  Ah, y jamás volvió a probar el vinagre en su vida.

martes, 17 de mayo de 2011

LOS PARQUES NO SIEMPRE CONTINÚAN, Cuento, por Viviana Claudia Giménez®



LOS PARQUES NO SIEMPRE CONTINÚAN
Cuento, por Viviana Claudia Giménez®
(mi humildísimo homenaje a Julio Cortázar)


Todo iba saliendo como de acuerdo con algún plan meticulosamente trazado.  Detrás de esta puerta hallaría una sala de considerable tamaño, casi redonda, y, si continuaba caminando en línea recta, daría con otra puerta más.  Al abrirla, se encontró finalmente con el estudio que había estado buscando.  Y frente a un cuaderno descomunal, estaba él.
“Sí, yo soy escritor”, dijo, “pero otro, y estoy escribiendo otro cuento”. 
Vaya, vaya, eso sí que no estaba dentro de los cálculos.  Y ahora, ¿qué?  Ya no había más puertas que abrir; ese cuarto debía ser el último. 
Se dijo que no existía nada más triste que un personaje a la deriva en busca de su autor.


martes, 10 de mayo de 2011

PENNSYLVANIA TURNPIKE, 1 A.M, Cuento, por Viviana Claudia Giménez®



PENNSYLVANIA TURNPIKE, 1:00AM
Cuento, por Viviana Claudia Giménez®

Había pasado tantas horas detrás de aquel volante que por momentos entraba como en un trance y sentía que tal vez toda su vida había transcurrido así, manejando.  En la oscuridad de la ruta, sus luces (sí, ya suyas y no más exclusivamente del auto) abrían un estrecho camino como si fuera un túnel y ayudaban a ubicarla en un estado semirreal.  Por eso tal vez pareció que los gigantescos camiones habían surgido de la nada.  ¿Serían gigantescos, o lo eran sólo en la medida en que todo camión lo es desde el asiento tímido de un coche?  La impresión personal era lo que único que ahora contaba.
Al principio vio dos, pero pronto fueron tres delante suyo.  Y bien, ¿próximo paso a dar? Los pasaría.  Al cabo de horas de conducir, su razonamiento se tornaba programa de computadora; su cuerpo respondía a órdenes mecánicas, no muy meditadas: ante A, hacer B, para así conseguir C.  Pero cuando aún ni siquiera había hecho movimiento alguno, cuando sólo su mente programada había decidido pasarlos, el camión más próximo puso las luces (sí, tuvo la cortesía de hacer señas), y con un brusco coletazo pasó hacia el carril de la izquierda sin darle tiempo a nada.  Ahora, dos tremendos gigantes bloqueaban el camino como interminables, inexpugnables muros.  Sintió un encierro que rayaba en la claustrofobia.  Se vio pequeña, indefensa, desvalida.  Y desnuda, sintiendo que así la veían también desde algún espejo retrovisor, o desde algún radar que les había indicado a ellos que en ese auto rojo de atrás venía, pretendiendo conducir, creyendo que se salía con la suya, una mujer pequeñita.
El muro duró varios minutos, y, cuando finalmente pareció que le darían espacio, cuando ella ya comenzaba a soñar con la evasión, el tercer camión, que ahora había quedado detrás de los otros dos, se adelantó en peligroso juego, y las carcajadas que no podía humanamente oír reverberaban entre las laderas de las montañas que pasaba.  Sintió como si su propio tamaño se estuviera reduciendo más y más, como si estuviera desapareciendo o fundiéndose en el tapizado del asiento.
Al cabo de interminables minutos en los que la música de su estéreo se esforzó por distraerla, los camioneros volvieron a alinearse traviesamente a la derecha, delante de ella, y se dijo que lo intentaría, aunque el juego le costara la dignidad, el CD de Eddie Brickel, sus zapatos de tacón y el poco maquillaje que llevaba.  Y hasta la vida, tal vez.
Su coche se movió rápidamente, como saliendo en presurosa defensa de su conductora.  En pocos segundos, los había pasado.  Después de la curva que tomó a mil, los tres gigantes se convirtieron en lucecitas lejanas de algún circo, con la diferencia de que ni las risas payasescas ni los rugidos leoninos podían percibirse ya, ni siquiera imaginarse.
Creció ella en su asiento, y continuó, como siempre, su camino.

martes, 3 de mayo de 2011

EL TÚNEL, por Viviana Claudia Giménez®



EL TÚNEL
por Viviana Claudia Giménez®

Cuando yo todavía era, una de las tareas más tristes y difíciles siempre había sido el tratar de convencer a alguien de que sí, efectivamente, había muerto.  Uno los veía con esas caras pálidas, los ojos vacíos fijos en la nada, el cuerpo inerte, y, sin embargo, dentro de todo ese envoltorio sin vida, todavía predominaba un fuerte deseo de seguir en este mundo. 
Las razones variaban.  Podía ser que quisieran volver por esto o por aquello, la cuestión era que tercamente se resistían a pasar al más allá.  Por ejemplo, hubo el caso del pintor que falleció cuando se encontraba en el medio de la obra cumbre de su vida.  Era lógico que se rehusara a morir, nadie quiere detenerse cuando está emprendiendo lo mejor que ha hecho hasta ese momento.  Estaba también el caso de la madre que murió en inesperado accidente, dejando a tres hijos pequeños con un padre atroz.  La mujer volvía y volvía, no había quién la convenciera de que cuando la carne se está pudriendo, poco puede hacer el alma.  Finalmente se convenció sola de lo inútil de su capricho y no siguió insistiendo.
Pero ahora que me toca a mí, el tema cambia.  ¿Por qué yo, eh?  ¿Por qué mi vida también queda inconclusa?  Cuando uno hace planes, los hace hacia el infinito, hacia una eternidad que por lo menos nos llega hasta la vejez.  Es verdad, no planeamos para siempre porque somos conscientes de nuestra finitud, pero al menos contamos con que llegaremos a una edad lo suficientemente madura que nos permita decirnos a nosotros mismos, con un suspiro de alivio: “¡Ah! ¡He vivido! ¡Ahora sí puedo disponerme a morir!”  Entonces, cuando esto no sucede, es lógico que sintamos que se nos ha despojado de algo, y querramos volver para concluir lo que hemos dejado a medio terminar.  Aunque claro, sólo ahora entiendo la terquedad de los muertos, ahora cuando soy yo la terca a quien tratan de convencer de que devuelva mi alma al lugar que pertenece y me olvide del mundo.  Veo la frustración en sus rostros, la misma que me invadía a mí cuando lloraba de rabia frente a un pálido fantasma indiferente.  Pero ahora yo no puedo sentir nada de lo que sentía antes, y sólo observo, los miro mientras buscan nuevas razones para convencerme, y creo que por más que se esfuerzen no van a lograr que vuelva satisfecha a mi lugar.  Y si algún día decido hacerlo, será posiblemente para detener el sufrimiento de esos vivos que ven en nosotros un recuerdo de sus propias muertes.  Y no porque crea que mi tarea en la vida está terminada.  No hubo tiempo, ni siquiera de empezar ciertas cosas, todo fue tan vano.  Al menos volviendo les hago pensar en sus propios planes con ambición de eternidad, y así tal vez algún día los modifiquen y vivan cada día como si fuera el último (¿quién lo sabe, acaso?), para no convertirse en fantasmas insatisfechos como nosotros, los que todavía rondamos por aquí en busca del sentido de la vida.