MIS DÍAS CON CLARA
Cuento, por Viviana Claudia Giménez®
-
¡Decile a esa
que no me mire más así! ¡Que me deje de mirar!
-
Callate. Nadie te mira.
El papelón en el colectivo
ya era mayúsculo, y me obligaba a preguntarme todo el tiempo: “¿La quiero? ¿O
ya no la quiero? Y si es así, ¿por qué
sigo a su lado?
-
Pero sí que me
mira...¿qué le pasa, decile, por qué me mira?
-
Callate, te
dije. No te está mirando.
-
¿Ah, no?
¡Mirá...!
Susurré:
-
Y si estás a los
gritos, claro que te van a mirar.
Calmate y vas a ver que no te mira nadie más.
Se había obsesionado con que
la gente le clavaba la mirada, y a mí me costaba calmarla porque yo también
sentía que el mundo nos observaba detenidamente: y por ella. Por sus ojeras violáceas, su palidez, su
cuerpo ahora extremadamente delgado, su innegable condición. Y esos gritos que pegaba:
-
¡AAAHHHHH!
-. Por nada, gritaba.
-
Falta poco para
bajarnos -, dije, ignorando una vez más sus escándalos.
Mi anuncio la tranquilizó.
-
Así nos dejan de
joder acá, sí, bajémonos.
Yo ya había perdido un poco
la vergüeza propia y ajena. Muchos pares
de ojos nos taladraban como si de ese modo pudieran llegar al fondo de algo,
como si sus miradas les permitieran alcanzar lo que a nosotros mismos nos
estaba vedado.
Bajamos en Segurola, y
empezamos a caminar. Mejor dicho, la
agarré del brazo y empecé a tirar para adelante; su falta de voluntad era
total, y yo debía vivir por los dos.
Antes de llegar vimos a la
madre que esperaba frente a la puerta, los brazos en jarra, la expresión que
solía provocarme pesadillas, y el grito demasiado familiar a punto de
explotarle en la garganta. Pero nunca
decía una palabra hasta que entrábamos.
Y no era suficiente cruzar la puerta de entrada. Sólo cuando se cerraba la puerta de la
cocina, en el centro de la casa, comenzaba el sermón.
-
¿Así me la traés
siempre? ¿Me querés decir de dónde
vienen esta vez? ¿Y a estas horas?
No servía de nada explicarle
otra vez que yo ya la encontraba en ese estado, que sólo era parte de mi gran
estupidez meterme en historias que no me convenían, que yo deseaba más que
nadie que ella dejara el infierno.
Para colmo, a modo de
respuesta, comenzó a vomitar sin fijarse adónde caía lo que su madre tardaría
en limpiar.
-
Dale, nomás,
dale, total, vos misma te lo vas a limpiar, porque lo que es yo...
Parecía disfrutar de esas
escenas tanto como su hija. Yo a veces
me preguntaba si esto no era un número armado para mí. ¿Y qué se proponían con eso? ¿Qué querían conmigo? ¿Por qué yo?
-
Ahora – me
encaró la madre -, lo que yo quiero saber es de quién es el paquete ése. Porque encima que éramos pocos...
Ah, no. Esa sí que no la sabía. Clara hizo una pausa en sus vómitos para
mirarme con sorna. Sabía que esto me
dolería. Sabíamos los dos que no nos
tocábamos hacía meses.
-
¿Qué, no te
conté?
Claro que no, como tampoco
me contaba nada. Y yo siempre de
espectador, de principio a fin, mientras ella hacía su vida: esta vida,
cualquier vida, pero una vida que cada vez tenía menos que ver con la mía.
Me senté sin permiso y sin
aviso. Traté de razonar, mientras las
miraba a las dos discutiendo, elevando la voz hasta lo insoportable, volviendo
a bajarla cuando la madre señalaba la proximidad de los vecinos.
Clara se alejaba de mí a
medida que yo trataba de acercarme a ella.
Yo daba un paso en su dirección, mientras que ella saltaba mil hacia el
extremo opuesto. No importaba bien hacia
dónde, sólo quería irse lejos.
-
¿Vos también me
mirás, como me miraba la boluda esa en el colectivo, como la otra forra en la
calle, como aquel que...?
Sí, yo también te miro, pensé,
tratando de entender y no pudiendo ni siquiera empezar a hacerlo. Y porque yo también te miro, sólo por eso,
mejor me voy.
Yo tenía la teoría de que las mujeres están un poco locas.
ResponderEliminar