PENNSYLVANIA TURNPIKE, 1:00AM
Cuento, por
Viviana Claudia Giménez®
Había
pasado tantas horas detrás de aquel volante que por momentos entraba como en un
trance y sentía que tal vez toda su vida había transcurrido así,
manejando. En la oscuridad de la ruta,
sus luces (sí, ya suyas y no más exclusivamente del auto) abrían un estrecho
camino como si fuera un túnel y ayudaban a ubicarla en un estado
semirreal. Por eso tal vez pareció que
los gigantescos camiones habían surgido de la nada. ¿Serían gigantescos, o lo eran sólo en la
medida en que todo camión lo es desde el asiento tímido de un coche? La impresión personal era lo que único que
ahora contaba.
Al
principio vio dos, pero pronto fueron tres delante suyo. Y bien, ¿próximo paso a dar? Los
pasaría. Al cabo de horas de conducir,
su razonamiento se tornaba programa de computadora; su cuerpo respondía a
órdenes mecánicas, no muy meditadas: ante A, hacer B, para así conseguir
C. Pero cuando aún ni siquiera había
hecho movimiento alguno, cuando sólo su mente programada había decidido
pasarlos, el camión más próximo puso las luces (sí, tuvo la cortesía de hacer
señas), y con un brusco coletazo pasó hacia el carril de la izquierda sin darle
tiempo a nada. Ahora, dos tremendos
gigantes bloqueaban el camino como interminables, inexpugnables muros. Sintió un encierro que rayaba en la
claustrofobia. Se vio pequeña,
indefensa, desvalida. Y desnuda,
sintiendo que así la veían también desde algún espejo retrovisor, o desde algún
radar que les había indicado a ellos que en ese auto rojo de atrás venía,
pretendiendo conducir, creyendo que se salía con la suya, una mujer pequeñita.
El
muro duró varios minutos, y, cuando finalmente pareció que le darían espacio,
cuando ella ya comenzaba a soñar con la evasión, el tercer camión, que ahora
había quedado detrás de los otros dos, se adelantó en peligroso juego, y las
carcajadas que no podía humanamente oír reverberaban entre las laderas de las
montañas que pasaba. Sintió como si su
propio tamaño se estuviera reduciendo más y más, como si estuviera
desapareciendo o fundiéndose en el tapizado del asiento.
Al
cabo de interminables minutos en los que la música de su estéreo se esforzó por
distraerla, los camioneros volvieron a alinearse traviesamente a la derecha,
delante de ella, y se dijo que lo intentaría, aunque el juego le costara la
dignidad, el CD de Eddie Brickel, sus zapatos de tacón y el poco maquillaje que
llevaba. Y hasta la vida, tal vez.
Su
coche se movió rápidamente, como saliendo en presurosa defensa de su conductora. En pocos segundos, los había pasado. Después de la curva que tomó a mil, los tres
gigantes se convirtieron en lucecitas lejanas de algún circo, con la diferencia
de que ni las risas payasescas ni los rugidos leoninos podían percibirse ya, ni
siquiera imaginarse.
Creció
ella en su asiento, y continuó, como siempre, su camino.
Me recordó a esa película basada en un texto de Stephen King: los camiones demoníacos que se vuelven contra la gente.
ResponderEliminarBesos!
PD. Eddie Brickel!!??