martes, 10 de mayo de 2011

PENNSYLVANIA TURNPIKE, 1 A.M, Cuento, por Viviana Claudia Giménez®



PENNSYLVANIA TURNPIKE, 1:00AM
Cuento, por Viviana Claudia Giménez®

Había pasado tantas horas detrás de aquel volante que por momentos entraba como en un trance y sentía que tal vez toda su vida había transcurrido así, manejando.  En la oscuridad de la ruta, sus luces (sí, ya suyas y no más exclusivamente del auto) abrían un estrecho camino como si fuera un túnel y ayudaban a ubicarla en un estado semirreal.  Por eso tal vez pareció que los gigantescos camiones habían surgido de la nada.  ¿Serían gigantescos, o lo eran sólo en la medida en que todo camión lo es desde el asiento tímido de un coche?  La impresión personal era lo que único que ahora contaba.
Al principio vio dos, pero pronto fueron tres delante suyo.  Y bien, ¿próximo paso a dar? Los pasaría.  Al cabo de horas de conducir, su razonamiento se tornaba programa de computadora; su cuerpo respondía a órdenes mecánicas, no muy meditadas: ante A, hacer B, para así conseguir C.  Pero cuando aún ni siquiera había hecho movimiento alguno, cuando sólo su mente programada había decidido pasarlos, el camión más próximo puso las luces (sí, tuvo la cortesía de hacer señas), y con un brusco coletazo pasó hacia el carril de la izquierda sin darle tiempo a nada.  Ahora, dos tremendos gigantes bloqueaban el camino como interminables, inexpugnables muros.  Sintió un encierro que rayaba en la claustrofobia.  Se vio pequeña, indefensa, desvalida.  Y desnuda, sintiendo que así la veían también desde algún espejo retrovisor, o desde algún radar que les había indicado a ellos que en ese auto rojo de atrás venía, pretendiendo conducir, creyendo que se salía con la suya, una mujer pequeñita.
El muro duró varios minutos, y, cuando finalmente pareció que le darían espacio, cuando ella ya comenzaba a soñar con la evasión, el tercer camión, que ahora había quedado detrás de los otros dos, se adelantó en peligroso juego, y las carcajadas que no podía humanamente oír reverberaban entre las laderas de las montañas que pasaba.  Sintió como si su propio tamaño se estuviera reduciendo más y más, como si estuviera desapareciendo o fundiéndose en el tapizado del asiento.
Al cabo de interminables minutos en los que la música de su estéreo se esforzó por distraerla, los camioneros volvieron a alinearse traviesamente a la derecha, delante de ella, y se dijo que lo intentaría, aunque el juego le costara la dignidad, el CD de Eddie Brickel, sus zapatos de tacón y el poco maquillaje que llevaba.  Y hasta la vida, tal vez.
Su coche se movió rápidamente, como saliendo en presurosa defensa de su conductora.  En pocos segundos, los había pasado.  Después de la curva que tomó a mil, los tres gigantes se convirtieron en lucecitas lejanas de algún circo, con la diferencia de que ni las risas payasescas ni los rugidos leoninos podían percibirse ya, ni siquiera imaginarse.
Creció ella en su asiento, y continuó, como siempre, su camino.

1 comentario:

  1. Me recordó a esa película basada en un texto de Stephen King: los camiones demoníacos que se vuelven contra la gente.

    Besos!

    PD. Eddie Brickel!!??

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