EL TÚNEL
por Viviana Claudia Giménez®
Cuando yo todavía era, una de las tareas más tristes y
difíciles siempre había sido el tratar de convencer a alguien de que sí,
efectivamente, había muerto. Uno los
veía con esas caras pálidas, los ojos vacíos fijos en la nada, el cuerpo
inerte, y, sin embargo, dentro de todo ese envoltorio sin vida, todavía
predominaba un fuerte deseo de seguir en este mundo.
Las razones variaban. Podía ser que quisieran volver por esto o por
aquello, la cuestión era que tercamente se resistían a pasar al más allá. Por ejemplo, hubo el caso del pintor que
falleció cuando se encontraba en el medio de la obra cumbre de su vida. Era lógico que se rehusara a morir, nadie
quiere detenerse cuando está emprendiendo lo mejor que ha hecho hasta ese
momento. Estaba también el caso de la
madre que murió en inesperado accidente, dejando a tres hijos pequeños con un
padre atroz. La mujer volvía y volvía,
no había quién la convenciera de que cuando la carne se está pudriendo, poco
puede hacer el alma. Finalmente se
convenció sola de lo inútil de su capricho y no siguió insistiendo.
Pero ahora que me toca a mí,
el tema cambia. ¿Por qué yo, eh? ¿Por qué mi vida también queda
inconclusa? Cuando uno hace planes, los
hace hacia el infinito, hacia una eternidad que por lo menos nos llega hasta la
vejez. Es verdad, no planeamos para siempre porque somos conscientes de
nuestra finitud, pero al menos contamos con que llegaremos a una edad lo
suficientemente madura que nos permita decirnos a nosotros mismos, con un
suspiro de alivio: “¡Ah! ¡He vivido! ¡Ahora sí puedo disponerme a morir!” Entonces, cuando esto no sucede, es lógico
que sintamos que se nos ha despojado de algo, y querramos volver para concluir
lo que hemos dejado a medio terminar.
Aunque claro, sólo ahora entiendo la terquedad de los muertos, ahora
cuando soy yo la terca a quien tratan de convencer de que devuelva mi alma al
lugar que pertenece y me olvide del mundo.
Veo la frustración en sus rostros, la misma que me invadía a mí cuando
lloraba de rabia frente a un pálido fantasma indiferente. Pero ahora yo no puedo sentir nada de lo que
sentía antes, y sólo observo, los miro mientras buscan nuevas razones para
convencerme, y creo que por más que se esfuerzen no van a lograr que vuelva
satisfecha a mi lugar. Y si algún día
decido hacerlo, será posiblemente para detener el sufrimiento de esos vivos que
ven en nosotros un recuerdo de sus propias muertes. Y no porque crea que mi tarea en la vida está
terminada. No hubo tiempo, ni siquiera
de empezar ciertas cosas, todo fue tan vano.
Al menos volviendo les hago pensar en sus propios planes con ambición de
eternidad, y así tal vez algún día los modifiquen y vivan cada día como si
fuera el último (¿quién lo sabe, acaso?), para no convertirse en fantasmas
insatisfechos como nosotros, los que todavía rondamos por aquí en busca del
sentido de la vida.
Algunos que hemos muerto, quedamos en un sitio llamado limbo. Y seguimos a medio camino. No es fácil no estar en ningún lado. Afortunadamente leí todas las obras de Víctor Sueiro.
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