Aquí, algunos de mis cuentos cortos en español y en inglés. Here, my short stories in English and Spanish. Autora / Author: Viviana Claudia Giménez. / Me encantaría saber qué impacto tienen mis cuentos en vos / I'd love to hear what impact my stories have on you.
jueves, 12 de septiembre de 2013
viernes, 27 de mayo de 2011
MIS DÍAS CON CLARA Cuento, por Viviana Claudia Giménez®
MIS DÍAS CON CLARA
Cuento, por Viviana Claudia Giménez®
-
¡Decile a esa
que no me mire más así! ¡Que me deje de mirar!
-
Callate. Nadie te mira.
El papelón en el colectivo
ya era mayúsculo, y me obligaba a preguntarme todo el tiempo: “¿La quiero? ¿O
ya no la quiero? Y si es así, ¿por qué
sigo a su lado?
-
Pero sí que me
mira...¿qué le pasa, decile, por qué me mira?
-
Callate, te
dije. No te está mirando.
-
¿Ah, no?
¡Mirá...!
Susurré:
-
Y si estás a los
gritos, claro que te van a mirar.
Calmate y vas a ver que no te mira nadie más.
Se había obsesionado con que
la gente le clavaba la mirada, y a mí me costaba calmarla porque yo también
sentía que el mundo nos observaba detenidamente: y por ella. Por sus ojeras violáceas, su palidez, su
cuerpo ahora extremadamente delgado, su innegable condición. Y esos gritos que pegaba:
-
¡AAAHHHHH!
-. Por nada, gritaba.
-
Falta poco para
bajarnos -, dije, ignorando una vez más sus escándalos.
Mi anuncio la tranquilizó.
-
Así nos dejan de
joder acá, sí, bajémonos.
Yo ya había perdido un poco
la vergüeza propia y ajena. Muchos pares
de ojos nos taladraban como si de ese modo pudieran llegar al fondo de algo,
como si sus miradas les permitieran alcanzar lo que a nosotros mismos nos
estaba vedado.
Bajamos en Segurola, y
empezamos a caminar. Mejor dicho, la
agarré del brazo y empecé a tirar para adelante; su falta de voluntad era
total, y yo debía vivir por los dos.
Antes de llegar vimos a la
madre que esperaba frente a la puerta, los brazos en jarra, la expresión que
solía provocarme pesadillas, y el grito demasiado familiar a punto de
explotarle en la garganta. Pero nunca
decía una palabra hasta que entrábamos.
Y no era suficiente cruzar la puerta de entrada. Sólo cuando se cerraba la puerta de la
cocina, en el centro de la casa, comenzaba el sermón.
-
¿Así me la traés
siempre? ¿Me querés decir de dónde
vienen esta vez? ¿Y a estas horas?
No servía de nada explicarle
otra vez que yo ya la encontraba en ese estado, que sólo era parte de mi gran
estupidez meterme en historias que no me convenían, que yo deseaba más que
nadie que ella dejara el infierno.
Para colmo, a modo de
respuesta, comenzó a vomitar sin fijarse adónde caía lo que su madre tardaría
en limpiar.
-
Dale, nomás,
dale, total, vos misma te lo vas a limpiar, porque lo que es yo...
Parecía disfrutar de esas
escenas tanto como su hija. Yo a veces
me preguntaba si esto no era un número armado para mí. ¿Y qué se proponían con eso? ¿Qué querían conmigo? ¿Por qué yo?
-
Ahora – me
encaró la madre -, lo que yo quiero saber es de quién es el paquete ése. Porque encima que éramos pocos...
Ah, no. Esa sí que no la sabía. Clara hizo una pausa en sus vómitos para
mirarme con sorna. Sabía que esto me
dolería. Sabíamos los dos que no nos
tocábamos hacía meses.
-
¿Qué, no te
conté?
Claro que no, como tampoco
me contaba nada. Y yo siempre de
espectador, de principio a fin, mientras ella hacía su vida: esta vida,
cualquier vida, pero una vida que cada vez tenía menos que ver con la mía.
Me senté sin permiso y sin
aviso. Traté de razonar, mientras las
miraba a las dos discutiendo, elevando la voz hasta lo insoportable, volviendo
a bajarla cuando la madre señalaba la proximidad de los vecinos.
Clara se alejaba de mí a
medida que yo trataba de acercarme a ella.
Yo daba un paso en su dirección, mientras que ella saltaba mil hacia el
extremo opuesto. No importaba bien hacia
dónde, sólo quería irse lejos.
-
¿Vos también me
mirás, como me miraba la boluda esa en el colectivo, como la otra forra en la
calle, como aquel que...?
Sí, yo también te miro, pensé,
tratando de entender y no pudiendo ni siquiera empezar a hacerlo. Y porque yo también te miro, sólo por eso,
mejor me voy.
martes, 24 de mayo de 2011
DE REALISMO MÁGICO CON OLOR A VINAGRE, Cuento, por Viviana Claudia Giménez®
DE REALISMO MÁGICO CON OLOR A VINAGRE
Cuento, por Viviana Claudia Giménez®
Cuando fue a ver la casa lo
sintió, a ese olor a vinagre. Le trajo a
la memoria ese ingrediente infaltable en las ensaladas de su madre, y también
la solución casera para librarse de las liendres o parar sangradas de
nariz. “Olor a piojos”, pensó. Y cuando se animó a preguntar de dónde venía,
le dijeron, como al pasar: “Ah, es que la fábrica de vinagre Huser está a una
cuadra. Le muestro el cuarto de
baño”. Fin de la discusión.
Tal vez fuese sólo un mero
detalle, y así quiso verlo al repasar la casa mentalmente esa noche y los días
que le siguieron, mientras trataba de decidirse. Había visto muchos lugares en estos últimos
meses, y esta casa en particular era sin duda la que más armonizaba con su idea
de sitio perfecto. Sólo que en los
sueños, el detalle odorífero no cuenta.
Luego de tomarse unos días
para considerar el asunto con tranquilidad y sin presión alguna, decidió que el
olor era lo de menos. El intento de
autoconvencimiento era continuo: “Después de un tiempo ni siquiera voy a
sentirlo más; va a ser como si me quedara sordo de la nariz. ¿O no les pasa a los que viven cerca de
riachos estancados, basurales o cualquier otro lugar con olores mucho más
nauseabundos que éste? Ya dicen que uno
se acostumbra a lo que sea...Y no es un mal olor, al fin y al cabo...No es para
las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, pero ofensivo, lo que
se dice ofensivo, no es...Es peculiar, extraño, causa un cosquilleo en la nariz,
si se quiere...”
La decisión la demoró un
libro que estaba leyendo justo en esos días.
En él, un hombre termina suicidándose por “el olor a cebollas”. Nadie puede sentirlo, sólo él, y la desesperación
lo conduce sin remedio a la muerte.
“Ridículo”, pensó. Pero la duda
ya estaba instalada...
Igual, tiró el libro con
desprecio y terminó llamando a la inmobiliaria.
Les comunicó, con aplomo y seguridad en su voz, su decisión de comprar
la casa. Ni él hizo referencia alguna al
olor a vinagre, ni ellos tampoco.
¿A cuánto tiempo de estar en
el ambiente del olor se acostumbra uno a él?
¿Se puede morir, realmente, a consecuencia de un olor insoportable? Ni idea, debía haber preguntado al menos a
alguien antes de mudarse, para saber qué esperar. Aunque a lo mejor una respuesta científica lo
hubiera predispuesto mal, y era preferible dejar actuar a la naturaleza por sí
sola. Seguramente él dejaría de pensar
en el asunto sin siquiera darse cuenta.
¿Pero cuándo? Pasaron meses, y no se animaba a admitir ni
siquiera ante el espejo que ese olor no sólo no había desaparecido, sino que
hasta parecía haberse intensificado.
“Eso es imposible”, reflexionó, “¿cómo voy a estar yendo al revés de las
leyes de toda lógica?”
Las visitas fruncían la
nariz un poquito, un rato, pero nadie parecía querer mencionar el detalle. Unos amigos que fueron a cenar una noche
mantuvieron una firme cara de asco pese a lo delicioso de los platos y lo
suculento del postre, que apenas probaron.
Sí, los invitados no hacían más que confirmar el olor con sus actitudes,
pero nadie decía palabra. Eso molestaba
más que dedicarle al asunto toda una noche de conversación y debates.
Un día, al abrir la puerta,
se dio que cuenta de que así y sólo así entraba el olor. Eran como oleadas incontenibles que
penetraban con una fuerza de tifón. Si
no abriera más la puerta, entonces, y asegurara bien las ventanas, el olor de
adentro terminaría por ser eliminado y ya no entraría una nueva oleada, porque
él por cierto estaba dispuesto a impedirlo.
Puso tantas trabas en todas
las aberturas de la casa, que ni pizca de aire nuevo podía entrar ya. Consultó con especialistas primero, en caso
de que la decisión terminara resultando dañina para su salud. Pero le explicaron con lujo de detalles que
el aire de la casa podría renovarse automáticamente con “la adquisición de un
renovador artificial de aire, que purifica el ambiente y neutraliza los olores. Ahora sí: no se le ocurra abrir más la puerta
en su vida, a menos en caso de gran emergencia, en cuya eventualidad el
renovador puede volver a conectarse automáticamente, pero toma tiempo para
ponerse en funcionamiento otra vez, así que ojo”.
Averiguaba todo por
teléfono: ya no quería ni pensar en abrir la puerta. Era cierto que, al pasar a los interiores de
la vivienda alejados de la entrada, bien pronto se alejaba del círculo de
dominación odorífera. Pero hasta que
llegaba el momento de cruzar ese límite invisible, era invadido por sensaciones
nauseabundas que cada vez se le hacían más difíciles de soportar sin
arcadas.
Con todas las opciones
prolijamente apuntadas en una hoja frente a él, le vinieron a la memoria otros
personajes con igual suerte que el hombre víctima del olor a cebollas: eran
personajes superados por circunstancias que al lector le parecían
evitables. En la perspectiva interna del
libro, sin embargo, no parecía surgir solución viable que condujera a los
personajes a una salida concreta. Todos
se dejaban abrumar por situaciones casi mágicas que se les hacían
insuperables. ¿Por qué convertirse él
también en un personaje sufrido, en un ser arrinconado por un estado de cosas
en el que una decisión simple bastaría para salir del atolladero?
Qué purificadores de aire ni
qué miércoles. A olvidarse del realismo
mágico y otras soluciones literarias más propias de la pura ficción...
Tomó un par de decisiones
aburridas: vendió la casa y se mudó al centro, lejos de toda amenaza de
fábricas. Ah, y jamás volvió a probar el
vinagre en su vida.
martes, 17 de mayo de 2011
LOS PARQUES NO SIEMPRE CONTINÚAN, Cuento, por Viviana Claudia Giménez®
LOS PARQUES NO SIEMPRE CONTINÚAN
Cuento, por Viviana Claudia Giménez®
(mi humildísimo homenaje a Julio Cortázar)
Todo iba saliendo como de
acuerdo con algún plan meticulosamente trazado.
Detrás de esta puerta hallaría una sala de considerable tamaño, casi
redonda, y, si continuaba caminando en línea recta, daría con otra puerta
más. Al abrirla, se encontró finalmente
con el estudio que había estado buscando.
Y frente a un cuaderno descomunal, estaba él.
“Sí, yo soy escritor”, dijo,
“pero otro, y estoy escribiendo otro cuento”.
Vaya, vaya, eso sí que no
estaba dentro de los cálculos. Y ahora,
¿qué? Ya no había más puertas que abrir;
ese cuarto debía ser el último.
Se dijo que no existía nada
más triste que un personaje a la deriva en busca de su autor.
martes, 10 de mayo de 2011
PENNSYLVANIA TURNPIKE, 1 A.M, Cuento, por Viviana Claudia Giménez®
PENNSYLVANIA TURNPIKE, 1:00AM
Cuento, por
Viviana Claudia Giménez®
Había
pasado tantas horas detrás de aquel volante que por momentos entraba como en un
trance y sentía que tal vez toda su vida había transcurrido así,
manejando. En la oscuridad de la ruta,
sus luces (sí, ya suyas y no más exclusivamente del auto) abrían un estrecho
camino como si fuera un túnel y ayudaban a ubicarla en un estado
semirreal. Por eso tal vez pareció que
los gigantescos camiones habían surgido de la nada. ¿Serían gigantescos, o lo eran sólo en la
medida en que todo camión lo es desde el asiento tímido de un coche? La impresión personal era lo que único que
ahora contaba.
Al
principio vio dos, pero pronto fueron tres delante suyo. Y bien, ¿próximo paso a dar? Los
pasaría. Al cabo de horas de conducir,
su razonamiento se tornaba programa de computadora; su cuerpo respondía a
órdenes mecánicas, no muy meditadas: ante A, hacer B, para así conseguir
C. Pero cuando aún ni siquiera había
hecho movimiento alguno, cuando sólo su mente programada había decidido
pasarlos, el camión más próximo puso las luces (sí, tuvo la cortesía de hacer
señas), y con un brusco coletazo pasó hacia el carril de la izquierda sin darle
tiempo a nada. Ahora, dos tremendos
gigantes bloqueaban el camino como interminables, inexpugnables muros. Sintió un encierro que rayaba en la
claustrofobia. Se vio pequeña,
indefensa, desvalida. Y desnuda,
sintiendo que así la veían también desde algún espejo retrovisor, o desde algún
radar que les había indicado a ellos que en ese auto rojo de atrás venía,
pretendiendo conducir, creyendo que se salía con la suya, una mujer pequeñita.
El
muro duró varios minutos, y, cuando finalmente pareció que le darían espacio,
cuando ella ya comenzaba a soñar con la evasión, el tercer camión, que ahora
había quedado detrás de los otros dos, se adelantó en peligroso juego, y las
carcajadas que no podía humanamente oír reverberaban entre las laderas de las
montañas que pasaba. Sintió como si su
propio tamaño se estuviera reduciendo más y más, como si estuviera
desapareciendo o fundiéndose en el tapizado del asiento.
Al
cabo de interminables minutos en los que la música de su estéreo se esforzó por
distraerla, los camioneros volvieron a alinearse traviesamente a la derecha,
delante de ella, y se dijo que lo intentaría, aunque el juego le costara la
dignidad, el CD de Eddie Brickel, sus zapatos de tacón y el poco maquillaje que
llevaba. Y hasta la vida, tal vez.
Su
coche se movió rápidamente, como saliendo en presurosa defensa de su conductora. En pocos segundos, los había pasado. Después de la curva que tomó a mil, los tres
gigantes se convirtieron en lucecitas lejanas de algún circo, con la diferencia
de que ni las risas payasescas ni los rugidos leoninos podían percibirse ya, ni
siquiera imaginarse.
Creció
ella en su asiento, y continuó, como siempre, su camino.
martes, 3 de mayo de 2011
EL TÚNEL, por Viviana Claudia Giménez®
EL TÚNEL
por Viviana Claudia Giménez®
Cuando yo todavía era, una de las tareas más tristes y
difíciles siempre había sido el tratar de convencer a alguien de que sí,
efectivamente, había muerto. Uno los
veía con esas caras pálidas, los ojos vacíos fijos en la nada, el cuerpo
inerte, y, sin embargo, dentro de todo ese envoltorio sin vida, todavía
predominaba un fuerte deseo de seguir en este mundo.
Las razones variaban. Podía ser que quisieran volver por esto o por
aquello, la cuestión era que tercamente se resistían a pasar al más allá. Por ejemplo, hubo el caso del pintor que
falleció cuando se encontraba en el medio de la obra cumbre de su vida. Era lógico que se rehusara a morir, nadie
quiere detenerse cuando está emprendiendo lo mejor que ha hecho hasta ese
momento. Estaba también el caso de la
madre que murió en inesperado accidente, dejando a tres hijos pequeños con un
padre atroz. La mujer volvía y volvía,
no había quién la convenciera de que cuando la carne se está pudriendo, poco
puede hacer el alma. Finalmente se
convenció sola de lo inútil de su capricho y no siguió insistiendo.
Pero ahora que me toca a mí,
el tema cambia. ¿Por qué yo, eh? ¿Por qué mi vida también queda
inconclusa? Cuando uno hace planes, los
hace hacia el infinito, hacia una eternidad que por lo menos nos llega hasta la
vejez. Es verdad, no planeamos para siempre porque somos conscientes de
nuestra finitud, pero al menos contamos con que llegaremos a una edad lo
suficientemente madura que nos permita decirnos a nosotros mismos, con un
suspiro de alivio: “¡Ah! ¡He vivido! ¡Ahora sí puedo disponerme a morir!” Entonces, cuando esto no sucede, es lógico
que sintamos que se nos ha despojado de algo, y querramos volver para concluir
lo que hemos dejado a medio terminar.
Aunque claro, sólo ahora entiendo la terquedad de los muertos, ahora
cuando soy yo la terca a quien tratan de convencer de que devuelva mi alma al
lugar que pertenece y me olvide del mundo.
Veo la frustración en sus rostros, la misma que me invadía a mí cuando
lloraba de rabia frente a un pálido fantasma indiferente. Pero ahora yo no puedo sentir nada de lo que
sentía antes, y sólo observo, los miro mientras buscan nuevas razones para
convencerme, y creo que por más que se esfuerzen no van a lograr que vuelva
satisfecha a mi lugar. Y si algún día
decido hacerlo, será posiblemente para detener el sufrimiento de esos vivos que
ven en nosotros un recuerdo de sus propias muertes. Y no porque crea que mi tarea en la vida está
terminada. No hubo tiempo, ni siquiera
de empezar ciertas cosas, todo fue tan vano.
Al menos volviendo les hago pensar en sus propios planes con ambición de
eternidad, y así tal vez algún día los modifiquen y vivan cada día como si
fuera el último (¿quién lo sabe, acaso?), para no convertirse en fantasmas
insatisfechos como nosotros, los que todavía rondamos por aquí en busca del
sentido de la vida.
jueves, 28 de abril de 2011
ASESINATOS DE SOBREMESA, cuento, por Viviana Claudia Giménez®
Asesinatos de
sobremesa
cuento, por Viviana Claudia Giménez®
Sólo se trataba de una conversación más
durante la cena en el comedor estudiantil.
¿A quién podría haberle interesado esta charla? Cualquiera que hubiera pasado por ahí habría pensado,
ay, Dios mío, ¿de qué estarán hablando?
Allí siempre era difícil darse cuenta de cuál era el tema de
conversación. Todo y nada. Uno por vez, todos al mismo tiempo. Era fácil para mí escabullirme de mi cuerpo
como de costumbre y mantenerme lejos de esa mesa, de ese comedor, de esa
facultad, de ese pueblo, tal vez hasta de ese país.
- ¿Oyeron hablar del caso Susan Smith?
Bueno, ahora la conversación prometía un
poquito más. Nos pondríamos a discutir
casos criminales y amarillentos.
- Sí, la mamá asesina.
- ¡Pobre Susan, cómo la han criticado!
- ¿Qué querés decir con eso de “pobre
Susan”?
- Bueno, lo que quiero decir es que la
comprendo totalmente. Se volvió
loca. A cualquiera le puede pasar.
Yo también podía entender eso. Especialmente ahora que mis ovarios se
empeñaban en torturarme y mis hormonas parecían rebotar contra las paredes. ¿Por
qué no es suficiente con la menstruación? ¿Por qué también tenemos ese maldito
período premenstrual?
- Lo que pasó fue que el novio la dejó,
tal vez porque no soportaba a sus dos hijitos, entonces ella se puso mal,
quizás se enojó mucho con sus chiquitos, y no hay nada peor que manejar cuando
estás muy enojada. Tal vez pensó en
matarse y llevarse a sus hijos con ella, porque no soportaba la idea de dejar a
sus chicos sin la mamá, y tal vez paró justo frente al lago...
- Bueno, te lo pensaste todo, ¿eh?
- Sólo trato de ponerme en su
lugar. Se detuvo frente al lago,
sabiendo que una vez en él ya no pensaría más, dejaría de ser infeliz. Su
padrastro había abusado sexualmente de ella, además, ¿sabían, no? Y luego, fue sólo un impulso, pisó el
acelerador, y cuando estuvo bien, bien, cerca, tan cerca que le hubiera
resultado imposible frenar, entró en pánico, abrió la puerta y saltó. Fue el
instinto más primario, el de supervivencia.
Para su horror, el auto, que ahora parecía conducido por un fantasma o
por la muerte misma, se hundió en el agua con sus dos hijitos dentro. ¡Se debe de haber vuelto totalmente loca! Así
fue que inventó esa historia del hombre negro que le había secuestrado el auto
con los chicos adentro y todo eso.
Siento lástima por ella, supongo.
Es fácil para todos criticarla porque es una madre y mató a sus dos
bebitos pero tenés que entender por qué una madre haría una cosa
semejante. Ella no está totalmente loca,
sólo tuvo un momento de locura.
De ahí en adelante seguimos hablando de
delincuencia en general, pero más específicamente de asesinatos.
- Podrías cometer el asesinato perfecto
y nadie lo sabría.
- ¿Qué querés decir? ¿Creés en el asesinato perfecto?
- ¡Seguro que sí! Fijate, si atrapan a los asesinos es porque
tenían un motivo. Tienen una coartada
débil y encima los agarran porque se envalentonan, vuelven a hacer otra vez lo
mismo y de igual manera: terminan corriendo riesgos y al final los detienen.
Mientras que si hoy vos vas al otro lado de la ciudad y matás a un perfecto
desconocido, nadie se va a enterar: no hay motivo.
Todos en la mesa quedamos en
silencio. Supongo que nos preguntábamos
si este tipo hablaba en serio.
- ¿Habla la voz de la experiencia?
Se rió muy fuerte.
- ¡Claro que no! Digo esto para que
tengan algo en qué pensar esta noche ...
Cualquiera
hayan sido sus motivos para decir lo que dijo, la verdad es que nos llenó la
cabeza a todos los que estábamos sentados a esa mesa. A tal punto que al día siguiente se supo de
cuatro asesinatos en la ciudad. La noche
anterior habíamos sido cinco a la mesa.
Yo no puedo hablar por los otros, sólo de mí. Y para mí esa charla fue todo un desafío que
me hizo llevar adelante el plan. Tomé la
guía telefónica, elegí a una perfecta desconocida, anoté la dirección, hice una
llamada desde un teléfono público, averigüé un par de cosas sobre la rutina de
esta persona, fingiendo que trabajaba para la compañía de electricidad, y
cuando me aseguré de que vivía sola, procedí.
No sé lo que hicieron los otros, pero la noche siguiente la mesa estuvo
más que silenciosa. Supongo que todos
nos sentíamos implicados en un mismo, cuádruple asesinato, y que además había
entre nosotros una mutua compasión. Tal vez
porque, después de todo, se había cometido el crimen perfecto. ¿O no?
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