jueves, 12 de septiembre de 2013

CAFÉ DE NUEVA YORK, cuento, por Viviana Giménez®

CAFÉ DE NUEVA YORK

Cuento, por Viviana Giménez

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Ella estaba ahí otra vez, claro, como todos los días.  El café a esta hora gozaba de pleno apogeo: los mozos iban y venían, frenéticos, ignorándome, llevando y trayendo cosas a otros a quienes sí atendían solícitos.  El olor a café espreso era el más nítido aquí en la barra, donde yo me encontraba sentada al lado de ella.  A ella sí le prestaron inmediata atención, “hola, abuela, lo de siempre, ¿no?”  Y claro, ¿qué pretendía yo? La “abuela” era cliente de siempre, a mí no me cabían esos privilegios, yo quería un simple café y este lugar se me atravesó en el camino, mi elección de lugar fue totalmente arbitraria, yo era casi una intrusa, después de todo . . .
            En cambio ella era la hola-abuela-lo-de-siempre.  Y en medio minuto le trajeron lo de siempre: un bol de sopita de verduras humeante, un platito con dos bollos, manteca y un vaso de agua “con limón, abuela, mire qué limón grande”.  Con limón y con sonrisa, y yo que me muero por un capuccino, ¿para cuándo?  Después, se hablan en su idioma: ¿qué es?  Griego o ruso o polaco, tal vez hasta árabe.  Mi pobre oído también debe tener sed de café y hasta hambre, después de ver esa sopita.
            La abuela ahora habla sola, en el idioma de este país, pero no le entiendo porque son murmullos, y además está la sopita en su boca que le cambia los sonidos a cualquiera, y las miles de otras voces del café también apagan mis intentos por comprender.
            Mientras yo sigo esperando, ella acaba su sopa, pero no los panes: “es que me dieron mucho”, “coma abuela coma y si no se los lleva”.  ¿Quién será la abuela? ¿Quién seré yo en esta gran ciudad?
            A mi izquierda también alguien que habla en otro idioma, que es búlgaro o yidish o suahili.  Todo lo miro de reojo, no se hacen las cosas de otro modo en la ciudad.  ¿Quién quiere correr el riesgo de ligarse un “¿y usted qué mira”?
            Por fin llega mi capuccino, y yo contenta aunque le han puesto canela, no me han dado cuchara para tomarme la espumita y ni hablar de servilleta.  Pero no me atrevo a molestarlos otra vez, la abuela vuelve a la carga copándoles la atención, pidiendo “postre”, “postre”, simplemente, y me pregunto si también será el de siempre.
            Vuelven sonriendo y le traen de a dos, como en sillita de oro, un helado con dos copetes de crema, y la abuela ahora parece una chica devorándolo.  En un revoleo de mis ojos ya ha desaparecido un copete, y luego el otro, y pronto ya no hay nada más.  Sólo la abuela murmurando y sobando la cucharita con la lengua, quitando los últimos rastros de helado, de crema.  ¿Algo más, abuela, tal vez “lo de siempre”? (¿un café?)?, me pregunto.  Y la veo reposar la cabeza contra el mostrador mientras de a sorbitos pequeños voy dando fin a mi capuccino.  Ya no escucho su idioma, ni otros.  Percibo una quietud que de pronto es su quietud, y empiezo a sentir miedo y ya intuyo lo peor, cuando al rato decido ponerme de pie, y veo su mano colgando, y compruebo que “lo de siempre” pierde significado, cuando ya es tarde y se transforma en un “para siempre”.  Y yo, una mera circunstancia de lugar, dejo un par de dólares en el mostrador y me voy hacia algún otro lado donde nunca soy cliente habitual.®


viernes, 27 de mayo de 2011

MIS DÍAS CON CLARA Cuento, por Viviana Claudia Giménez®




MIS DÍAS CON CLARA
Cuento, por Viviana Claudia Giménez®

-          ¡Decile a esa que no me mire más así! ¡Que me deje de mirar!
-          Callate.  Nadie te mira.
El papelón en el colectivo ya era mayúsculo, y me obligaba a preguntarme todo el tiempo: “¿La quiero? ¿O ya no la quiero?  Y si es así, ¿por qué sigo a su lado?
-          Pero sí que me mira...¿qué le pasa, decile, por qué me mira?
-          Callate, te dije.  No te está mirando.
-          ¿Ah, no? ¡Mirá...!
Susurré:
-          Y si estás a los gritos, claro que te van a mirar.  Calmate y vas a ver que no te mira nadie más.
Se había obsesionado con que la gente le clavaba la mirada, y a mí me costaba calmarla porque yo también sentía que el mundo nos observaba detenidamente: y por ella.  Por sus ojeras violáceas, su palidez, su cuerpo ahora extremadamente delgado, su innegable condición.  Y esos gritos que pegaba:
-          ¡AAAHHHHH! -.  Por nada, gritaba.
-          Falta poco para bajarnos -, dije, ignorando una vez más sus escándalos.
Mi anuncio la tranquilizó.
-          Así nos dejan de joder acá, sí, bajémonos.
Yo ya había perdido un poco la vergüeza propia y ajena.  Muchos pares de ojos nos taladraban como si de ese modo pudieran llegar al fondo de algo, como si sus miradas les permitieran alcanzar lo que a nosotros mismos nos estaba vedado.
Bajamos en Segurola, y empezamos a caminar.  Mejor dicho, la agarré del brazo y empecé a tirar para adelante; su falta de voluntad era total, y yo debía vivir por los dos.
Antes de llegar vimos a la madre que esperaba frente a la puerta, los brazos en jarra, la expresión que solía provocarme pesadillas, y el grito demasiado familiar a punto de explotarle en la garganta.  Pero nunca decía una palabra hasta que entrábamos.  Y no era suficiente cruzar la puerta de entrada.  Sólo cuando se cerraba la puerta de la cocina, en el centro de la casa, comenzaba el sermón.
-          ¿Así me la traés siempre?  ¿Me querés decir de dónde vienen esta vez?  ¿Y a estas horas?
No servía de nada explicarle otra vez que yo ya la encontraba en ese estado, que sólo era parte de mi gran estupidez meterme en historias que no me convenían, que yo deseaba más que nadie que ella dejara el infierno.
Para colmo, a modo de respuesta, comenzó a vomitar sin fijarse adónde caía lo que su madre tardaría en limpiar.
-          Dale, nomás, dale, total, vos misma te lo vas a limpiar, porque lo que es yo...
Parecía disfrutar de esas escenas tanto como su hija.  Yo a veces me preguntaba si esto no era un número armado para mí.  ¿Y qué se proponían con eso?  ¿Qué querían conmigo?  ¿Por qué yo?
-          Ahora – me encaró la madre -, lo que yo quiero saber es de quién es el paquete ése.  Porque encima que éramos pocos...
Ah, no.  Esa sí que no la sabía.  Clara hizo una pausa en sus vómitos para mirarme con sorna.  Sabía que esto me dolería.  Sabíamos los dos que no nos tocábamos hacía meses.
-          ¿Qué, no te conté?
Claro que no, como tampoco me contaba nada.  Y yo siempre de espectador, de principio a fin, mientras ella hacía su vida: esta vida, cualquier vida, pero una vida que cada vez tenía menos que ver con la mía.
Me senté sin permiso y sin aviso.  Traté de razonar, mientras las miraba a las dos discutiendo, elevando la voz hasta lo insoportable, volviendo a bajarla cuando la madre señalaba la proximidad de los vecinos.
Clara se alejaba de mí a medida que yo trataba de acercarme a ella.  Yo daba un paso en su dirección, mientras que ella saltaba mil hacia el extremo opuesto.  No importaba bien hacia dónde, sólo quería irse lejos.
-          ¿Vos también me mirás, como me miraba la boluda esa en el colectivo, como la otra forra en la calle, como aquel que...?
Sí, yo también te miro, pensé, tratando de entender y no pudiendo ni siquiera empezar a hacerlo.  Y porque yo también te miro, sólo por eso, mejor me voy.

martes, 24 de mayo de 2011

DE REALISMO MÁGICO CON OLOR A VINAGRE, Cuento, por Viviana Claudia Giménez®



DE REALISMO MÁGICO CON OLOR A VINAGRE
Cuento, por Viviana Claudia Giménez®


Cuando fue a ver la casa lo sintió, a ese olor a vinagre.  Le trajo a la memoria ese ingrediente infaltable en las ensaladas de su madre, y también la solución casera para librarse de las liendres o parar sangradas de nariz.  “Olor a piojos”, pensó.  Y cuando se animó a preguntar de dónde venía, le dijeron, como al pasar: “Ah, es que la fábrica de vinagre Huser está a una cuadra.  Le muestro el cuarto de baño”.  Fin de la discusión.
Tal vez fuese sólo un mero detalle, y así quiso verlo al repasar la casa mentalmente esa noche y los días que le siguieron, mientras trataba de decidirse.  Había visto muchos lugares en estos últimos meses, y esta casa en particular era sin duda la que más armonizaba con su idea de sitio perfecto.  Sólo que en los sueños, el detalle odorífero no cuenta.
Luego de tomarse unos días para considerar el asunto con tranquilidad y sin presión alguna, decidió que el olor era lo de menos.  El intento de autoconvencimiento era continuo: “Después de un tiempo ni siquiera voy a sentirlo más; va a ser como si me quedara sordo de la nariz.  ¿O no les pasa a los que viven cerca de riachos estancados, basurales o cualquier otro lugar con olores mucho más nauseabundos que éste?  Ya dicen que uno se acostumbra a lo que sea...Y no es un mal olor, al fin y al cabo...No es para las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, pero ofensivo, lo que se dice ofensivo, no es...Es peculiar, extraño, causa un cosquilleo en la nariz, si se quiere...”
La decisión la demoró un libro que estaba leyendo justo en esos días.  En él, un hombre termina suicidándose por “el olor a cebollas”.  Nadie puede sentirlo, sólo él, y la desesperación lo conduce sin remedio a la muerte.  “Ridículo”, pensó.  Pero la duda ya estaba instalada...
Igual, tiró el libro con desprecio y terminó llamando a la inmobiliaria.  Les comunicó, con aplomo y seguridad en su voz, su decisión de comprar la casa.  Ni él hizo referencia alguna al olor a vinagre, ni ellos tampoco.
¿A cuánto tiempo de estar en el ambiente del olor se acostumbra uno a él?  ¿Se puede morir, realmente, a consecuencia de un olor insoportable?  Ni idea, debía haber preguntado al menos a alguien antes de mudarse, para saber qué esperar.  Aunque a lo mejor una respuesta científica lo hubiera predispuesto mal, y era preferible dejar actuar a la naturaleza por sí sola.  Seguramente él dejaría de pensar en el asunto sin siquiera darse cuenta.
¿Pero cuándo?  Pasaron meses, y no se animaba a admitir ni siquiera ante el espejo que ese olor no sólo no había desaparecido, sino que hasta parecía haberse intensificado.  “Eso es imposible”, reflexionó, “¿cómo voy a estar yendo al revés de las leyes de toda lógica?”
Las visitas fruncían la nariz un poquito, un rato, pero nadie parecía querer mencionar el detalle.  Unos amigos que fueron a cenar una noche mantuvieron una firme cara de asco pese a lo delicioso de los platos y lo suculento del postre, que apenas probaron.  Sí, los invitados no hacían más que confirmar el olor con sus actitudes, pero nadie decía palabra.  Eso molestaba más que dedicarle al asunto toda una noche de conversación y debates.
Un día, al abrir la puerta, se dio que cuenta de que así y sólo así entraba el olor.  Eran como oleadas incontenibles que penetraban con una fuerza de tifón.  Si no abriera más la puerta, entonces, y asegurara bien las ventanas, el olor de adentro terminaría por ser eliminado y ya no entraría una nueva oleada, porque él por cierto estaba dispuesto a impedirlo.
Puso tantas trabas en todas las aberturas de la casa, que ni pizca de aire nuevo podía entrar ya.  Consultó con especialistas primero, en caso de que la decisión terminara resultando dañina para su salud.  Pero le explicaron con lujo de detalles que el aire de la casa podría renovarse automáticamente con “la adquisición de un renovador artificial de aire, que purifica el ambiente y neutraliza los olores.  Ahora sí: no se le ocurra abrir más la puerta en su vida, a menos en caso de gran emergencia, en cuya eventualidad el renovador puede volver a conectarse automáticamente, pero toma tiempo para ponerse en funcionamiento otra vez, así que ojo”.
Averiguaba todo por teléfono: ya no quería ni pensar en abrir la puerta.  Era cierto que, al pasar a los interiores de la vivienda alejados de la entrada, bien pronto se alejaba del círculo de dominación odorífera.  Pero hasta que llegaba el momento de cruzar ese límite invisible, era invadido por sensaciones nauseabundas que cada vez se le hacían más difíciles de soportar sin arcadas. 
Con todas las opciones prolijamente apuntadas en una hoja frente a él, le vinieron a la memoria otros personajes con igual suerte que el hombre víctima del olor a cebollas: eran personajes superados por circunstancias que al lector le parecían evitables.  En la perspectiva interna del libro, sin embargo, no parecía surgir solución viable que condujera a los personajes a una salida concreta.  Todos se dejaban abrumar por situaciones casi mágicas que se les hacían insuperables.  ¿Por qué convertirse él también en un personaje sufrido, en un ser arrinconado por un estado de cosas en el que una decisión simple bastaría para salir del atolladero? 
Qué purificadores de aire ni qué miércoles.  A olvidarse del realismo mágico y otras soluciones literarias más propias de la pura ficción...
Tomó un par de decisiones aburridas: vendió la casa y se mudó al centro, lejos de toda amenaza de fábricas.  Ah, y jamás volvió a probar el vinagre en su vida.

martes, 17 de mayo de 2011

LOS PARQUES NO SIEMPRE CONTINÚAN, Cuento, por Viviana Claudia Giménez®



LOS PARQUES NO SIEMPRE CONTINÚAN
Cuento, por Viviana Claudia Giménez®
(mi humildísimo homenaje a Julio Cortázar)


Todo iba saliendo como de acuerdo con algún plan meticulosamente trazado.  Detrás de esta puerta hallaría una sala de considerable tamaño, casi redonda, y, si continuaba caminando en línea recta, daría con otra puerta más.  Al abrirla, se encontró finalmente con el estudio que había estado buscando.  Y frente a un cuaderno descomunal, estaba él.
“Sí, yo soy escritor”, dijo, “pero otro, y estoy escribiendo otro cuento”. 
Vaya, vaya, eso sí que no estaba dentro de los cálculos.  Y ahora, ¿qué?  Ya no había más puertas que abrir; ese cuarto debía ser el último. 
Se dijo que no existía nada más triste que un personaje a la deriva en busca de su autor.


martes, 10 de mayo de 2011

PENNSYLVANIA TURNPIKE, 1 A.M, Cuento, por Viviana Claudia Giménez®



PENNSYLVANIA TURNPIKE, 1:00AM
Cuento, por Viviana Claudia Giménez®

Había pasado tantas horas detrás de aquel volante que por momentos entraba como en un trance y sentía que tal vez toda su vida había transcurrido así, manejando.  En la oscuridad de la ruta, sus luces (sí, ya suyas y no más exclusivamente del auto) abrían un estrecho camino como si fuera un túnel y ayudaban a ubicarla en un estado semirreal.  Por eso tal vez pareció que los gigantescos camiones habían surgido de la nada.  ¿Serían gigantescos, o lo eran sólo en la medida en que todo camión lo es desde el asiento tímido de un coche?  La impresión personal era lo que único que ahora contaba.
Al principio vio dos, pero pronto fueron tres delante suyo.  Y bien, ¿próximo paso a dar? Los pasaría.  Al cabo de horas de conducir, su razonamiento se tornaba programa de computadora; su cuerpo respondía a órdenes mecánicas, no muy meditadas: ante A, hacer B, para así conseguir C.  Pero cuando aún ni siquiera había hecho movimiento alguno, cuando sólo su mente programada había decidido pasarlos, el camión más próximo puso las luces (sí, tuvo la cortesía de hacer señas), y con un brusco coletazo pasó hacia el carril de la izquierda sin darle tiempo a nada.  Ahora, dos tremendos gigantes bloqueaban el camino como interminables, inexpugnables muros.  Sintió un encierro que rayaba en la claustrofobia.  Se vio pequeña, indefensa, desvalida.  Y desnuda, sintiendo que así la veían también desde algún espejo retrovisor, o desde algún radar que les había indicado a ellos que en ese auto rojo de atrás venía, pretendiendo conducir, creyendo que se salía con la suya, una mujer pequeñita.
El muro duró varios minutos, y, cuando finalmente pareció que le darían espacio, cuando ella ya comenzaba a soñar con la evasión, el tercer camión, que ahora había quedado detrás de los otros dos, se adelantó en peligroso juego, y las carcajadas que no podía humanamente oír reverberaban entre las laderas de las montañas que pasaba.  Sintió como si su propio tamaño se estuviera reduciendo más y más, como si estuviera desapareciendo o fundiéndose en el tapizado del asiento.
Al cabo de interminables minutos en los que la música de su estéreo se esforzó por distraerla, los camioneros volvieron a alinearse traviesamente a la derecha, delante de ella, y se dijo que lo intentaría, aunque el juego le costara la dignidad, el CD de Eddie Brickel, sus zapatos de tacón y el poco maquillaje que llevaba.  Y hasta la vida, tal vez.
Su coche se movió rápidamente, como saliendo en presurosa defensa de su conductora.  En pocos segundos, los había pasado.  Después de la curva que tomó a mil, los tres gigantes se convirtieron en lucecitas lejanas de algún circo, con la diferencia de que ni las risas payasescas ni los rugidos leoninos podían percibirse ya, ni siquiera imaginarse.
Creció ella en su asiento, y continuó, como siempre, su camino.

martes, 3 de mayo de 2011

EL TÚNEL, por Viviana Claudia Giménez®



EL TÚNEL
por Viviana Claudia Giménez®

Cuando yo todavía era, una de las tareas más tristes y difíciles siempre había sido el tratar de convencer a alguien de que sí, efectivamente, había muerto.  Uno los veía con esas caras pálidas, los ojos vacíos fijos en la nada, el cuerpo inerte, y, sin embargo, dentro de todo ese envoltorio sin vida, todavía predominaba un fuerte deseo de seguir en este mundo. 
Las razones variaban.  Podía ser que quisieran volver por esto o por aquello, la cuestión era que tercamente se resistían a pasar al más allá.  Por ejemplo, hubo el caso del pintor que falleció cuando se encontraba en el medio de la obra cumbre de su vida.  Era lógico que se rehusara a morir, nadie quiere detenerse cuando está emprendiendo lo mejor que ha hecho hasta ese momento.  Estaba también el caso de la madre que murió en inesperado accidente, dejando a tres hijos pequeños con un padre atroz.  La mujer volvía y volvía, no había quién la convenciera de que cuando la carne se está pudriendo, poco puede hacer el alma.  Finalmente se convenció sola de lo inútil de su capricho y no siguió insistiendo.
Pero ahora que me toca a mí, el tema cambia.  ¿Por qué yo, eh?  ¿Por qué mi vida también queda inconclusa?  Cuando uno hace planes, los hace hacia el infinito, hacia una eternidad que por lo menos nos llega hasta la vejez.  Es verdad, no planeamos para siempre porque somos conscientes de nuestra finitud, pero al menos contamos con que llegaremos a una edad lo suficientemente madura que nos permita decirnos a nosotros mismos, con un suspiro de alivio: “¡Ah! ¡He vivido! ¡Ahora sí puedo disponerme a morir!”  Entonces, cuando esto no sucede, es lógico que sintamos que se nos ha despojado de algo, y querramos volver para concluir lo que hemos dejado a medio terminar.  Aunque claro, sólo ahora entiendo la terquedad de los muertos, ahora cuando soy yo la terca a quien tratan de convencer de que devuelva mi alma al lugar que pertenece y me olvide del mundo.  Veo la frustración en sus rostros, la misma que me invadía a mí cuando lloraba de rabia frente a un pálido fantasma indiferente.  Pero ahora yo no puedo sentir nada de lo que sentía antes, y sólo observo, los miro mientras buscan nuevas razones para convencerme, y creo que por más que se esfuerzen no van a lograr que vuelva satisfecha a mi lugar.  Y si algún día decido hacerlo, será posiblemente para detener el sufrimiento de esos vivos que ven en nosotros un recuerdo de sus propias muertes.  Y no porque crea que mi tarea en la vida está terminada.  No hubo tiempo, ni siquiera de empezar ciertas cosas, todo fue tan vano.  Al menos volviendo les hago pensar en sus propios planes con ambición de eternidad, y así tal vez algún día los modifiquen y vivan cada día como si fuera el último (¿quién lo sabe, acaso?), para no convertirse en fantasmas insatisfechos como nosotros, los que todavía rondamos por aquí en busca del sentido de la vida.

jueves, 28 de abril de 2011

ASESINATOS DE SOBREMESA, cuento, por Viviana Claudia Giménez®


Asesinatos de sobremesa
cuento, por Viviana Claudia Giménez®

Sólo se trataba de una conversación más durante la cena en el comedor estudiantil.  ¿A quién podría haberle interesado esta charla?  Cualquiera que hubiera pasado por ahí habría pensado, ay, Dios mío, ¿de qué estarán hablando?  Allí siempre era difícil darse cuenta de cuál era el tema de conversación.  Todo y nada.  Uno por vez, todos al mismo tiempo.  Era fácil para mí escabullirme de mi cuerpo como de costumbre y mantenerme lejos de esa mesa, de ese comedor, de esa facultad, de ese pueblo, tal vez hasta de ese país.
- ¿Oyeron hablar del caso Susan Smith? 
Bueno, ahora la conversación prometía un poquito más.  Nos pondríamos a discutir casos criminales y amarillentos.
- Sí, la mamá asesina.
- ¡Pobre Susan, cómo la han criticado!
- ¿Qué querés decir con eso de “pobre Susan”?
- Bueno, lo que quiero decir es que la comprendo totalmente.  Se volvió loca.  A cualquiera le puede pasar.
Yo también podía entender eso.  Especialmente ahora que mis ovarios se empeñaban en torturarme y mis hormonas parecían rebotar contra las paredes.  ¿Por qué no es suficiente con la menstruación? ¿Por qué también tenemos ese maldito período premenstrual?
- Lo que pasó fue que el novio la dejó, tal vez porque no soportaba a sus dos hijitos, entonces ella se puso mal, quizás se enojó mucho con sus chiquitos, y no hay nada peor que manejar cuando estás muy enojada.  Tal vez pensó en matarse y llevarse a sus hijos con ella, porque no soportaba la idea de dejar a sus chicos sin la mamá, y tal vez paró justo frente al lago... 
- Bueno, te lo pensaste todo, ¿eh?
- Sólo trato de ponerme en su lugar.  Se detuvo frente al lago, sabiendo que una vez en él ya no pensaría más, dejaría de ser infeliz. Su padrastro había abusado sexualmente de ella, además, ¿sabían, no?  Y luego, fue sólo un impulso, pisó el acelerador, y cuando estuvo bien, bien, cerca, tan cerca que le hubiera resultado imposible frenar, entró en pánico, abrió la puerta y saltó. Fue el instinto más primario, el de supervivencia.  Para su horror, el auto, que ahora parecía conducido por un fantasma o por la muerte misma, se hundió en el agua con sus dos hijitos dentro.  ¡Se debe de haber vuelto totalmente loca! Así fue que inventó esa historia del hombre negro que le había secuestrado el auto con los chicos adentro y todo eso.  Siento lástima por ella, supongo.  Es fácil para todos criticarla porque es una madre y mató a sus dos bebitos pero tenés que entender por qué una madre haría una cosa semejante.  Ella no está totalmente loca, sólo tuvo un momento de locura.
De ahí en adelante seguimos hablando de delincuencia en general, pero más específicamente de asesinatos.
- Podrías cometer el asesinato perfecto y nadie lo sabría.
- ¿Qué querés decir?  ¿Creés en el asesinato perfecto?
- ¡Seguro que sí!  Fijate, si atrapan a los asesinos es porque tenían un motivo.  Tienen una coartada débil y encima los agarran porque se envalentonan, vuelven a hacer otra vez lo mismo y de igual manera: terminan corriendo riesgos y al final los detienen. Mientras que si hoy vos vas al otro lado de la ciudad y matás a un perfecto desconocido, nadie se va a enterar: no hay motivo.
Todos en la mesa quedamos en silencio.  Supongo que nos preguntábamos si este tipo hablaba en serio.
- ¿Habla la voz de la experiencia?
Se rió muy fuerte.
- ¡Claro que no! Digo esto para que tengan algo en qué pensar esta noche ...
Cualquiera hayan sido sus motivos para decir lo que dijo, la verdad es que nos llenó la cabeza a todos los que estábamos sentados a esa mesa.  A tal punto que al día siguiente se supo de cuatro asesinatos en la ciudad.  La noche anterior habíamos sido cinco a la mesa.
Yo no puedo hablar por los otros, sólo de mí.  Y para mí esa charla fue todo un desafío que me hizo llevar adelante el plan.  Tomé la guía telefónica, elegí a una perfecta desconocida, anoté la dirección, hice una llamada desde un teléfono público, averigüé un par de cosas sobre la rutina de esta persona, fingiendo que trabajaba para la compañía de electricidad, y cuando me aseguré de que vivía sola, procedí.  No sé lo que hicieron los otros, pero la noche siguiente la mesa estuvo más que silenciosa.  Supongo que todos nos sentíamos implicados en un mismo, cuádruple asesinato, y que además había entre nosotros una mutua compasión.  Tal vez porque, después de todo, se había cometido el crimen perfecto.  ¿O no?