miércoles, 30 de marzo de 2011

EL TIPO DE LA CALLE, cuento de Viviana Claudia Giménez®

El tipo de la calle
de Viviana Claudia Giménez®


,           Este hombre estaba durmiendo dentro de una caja cerca de mi cama. Una caja como esas en que se ve dormir a gente de la calle.  Tenía pelo largo y blanco; barba y bigote, blancos.  Un Papá Noel del subdesarrollo, arrastrando sus pobres huesos.                       
            Hacía varias horas que estaba ahí.  Yo ya venía sintiéndole el olor desde hacía rato.  Un olor insoportable.  Y cuando me desperté estaba allí.  Grité horrorizada.  Pero él no había hecho ningún ruido que me despertara, fue simplemente ese tufo, que se tornó insoportable hasta hacerme de reloj despertador.  Y abrí los ojos, y estaba allí.  No es que me quiso atacar ni nada.  No.  Lo miré; lo que él hacía era escribir en un cuadernito inmundo.  Tenía anotaciones acerca de mí; y de mis amigos y familia; tenía también una valija con algunas cosas bastante buenas.  Pero eran sus únicas posesiones.  Obviamente voy a cambiar la cerradura, pensé al verlo, porque la puerta estaba cerrada a doble llave y él entró igual. 
            Me empezó a contar de su vida como si nada.  Así me enteré que a veces, nomás con tomar una ducha y conseguir buena ropa, hace, por ejemplo, estacionamiento valet, o alguna otra changa por el estilo,  y hasta consigue dormir con muchachas bonitas que le creen cuando él les habla de su vida de clase media alta; es que el tipo tiene clase.  No por eso deja de ser un vagabundo; y no sé qué sería antes de llegar a esto, pero tiene buenos modales
            Pasó un tiempo, no fue ni al primer día ni al segundo, ni siquiera al primer mes, pero a la larga me convenció a mí también de que me acostara con él.  Nunca lo hubiera pensado al despertarme con el olor putrefacto y gritar desesperada de miedo sólo de verlo con esta pinta.  Pero es que luego se duchó, y me habló suavemente.  Me contó de las anotaciones que habìa hecho de mí, de cómo me venía observando hacìa rato.  Fue entonces cuando comencé a hacer anotaciones de èl yo tambièn.  Y decidì no cambiar la cerradura, despuès de todo.  Pero a veces se va con su caja al hombro, vuelve a la mugre absoluta y aparece despertando de terror y olor a alguna otra.  Vaya a saber una qué busca este tipo.

martes, 29 de marzo de 2011

CUENTOS QUE LA GENTE CUENTA, cuento, por Viviana Claudia Giménez®



Cuentos que la gente cuenta

por Viviana Claudia Giménez®



Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma.  Es lo que nos está pasando ahora, salvo que somos dos.
Jorge Luis Borges, “El otro” (El libro de arena)


            Regresó por fin, después de siete años, y el primer alto en el nuevo camino fue el bulo. Casi sin analizarlo demasiado eligió ese lugar para empezar un viaje al revés: un rincón de malos recuerdos, pero que era parte de su pasado, muy a su pesar. También, un sitio de buenas memorias: toda esa juventud que ahora se le antojaba ida, marchita, olvidada en algún sitio esquivo de la memoria.
            No fue fácil reconocer cada detalle dejado después de tan presuroso raje.  Para sobrevivir allá, tan lejos, se había esforzado por hacer borrón y cuenta nueva.  Ahora, todo significaba un nuevo desafío. El reacostumbramiento que empezaría hoy le recordaba a aquella adaptación de inmigrante que una vez se vio obligado a ser. Era un reto despertar en su memoria los detalles mínimos (¿cuál es la llave de abajo, cuál la de arriba?); desafío que sería sólo el primero de una larga lista que pronto se le iba a presentar.   Una vez en el departamento, le volvió la imagen última antes de partir: un caos total, mensaje no tan en clave en esos días.  “¿Por qué no llamaste a la policía?”, le diría su primera noviecita gringa, con ese mismo tono con que te dicen “¿Por qué no pedimos pizza esta noche?”  Se había resistido a tener que explicarle ciertas obviedades que en otras culturas no lo son tanto.
            Por esa imagen  clavada tercamente en la memoria cual molesto callo es que ahora se le hacía cuento de hadas ver el mismo departamento en tan buen estado.  Sus manos se deslizaron por los libros de la biblioteca, como en un intento por aprehender sus contenidos olvidados.  Acarició uno a uno los discos sobre el combinado, adivinando melodías ya antiguas.  Las fotos que le sonreían o hacían muecas desde los portarretratos de diversos estilos parecían de otra historia, no de la suya, tal vez de alguna vida anterior o de un pasado tan añejo que ya no le pertenecía.  Y claro, se veía en este milagro la mano de mamá; ella había devuelto al departamento su estado decente: mamá conservaba así la esperanza de resucitarlo. El Pablito aquel había muerto, ahora había un Paul gringo que hablaba castellano con acento.  Sólo un conjuro materno podía traer de vuelta al mismo Pablo aquel. Y  mamá hasta había continuado pagando las cuentas que explicaban la llamada de ahora.
            -¿Hola?- respondió Pablo con voz insegura, dudando primero ante la tentación de contestar en algún otro idioma, inglés o francés habían sido caballitos de batalla a los que jamás pudo acostumbrarse del todo.  En la inseguridad del ¿hola? también había huellas de miedo viejo, del tiempo en que las llamadas inesperadas entre esas paredes no significaban precisamente una alegría; y  también la confusión de pensar, ¿quién puede llamar acá?
            - Pablo Fuentes, ¿verdad? - respondía un firme tono familiar de hombre.
            - Sí, sí, ¿quién es?
            - Soy el que vivió tu vida durante estos siete años que estuviste afuera.
            -¿Qué dice? - preguntó Pablo  con risitas nerviosas.
            - Te tiene que interesar enterarte un poco qué fue de tu vida durante estos años de ausencia.  Cuando quieras nos encontramos y te pongo al tanto.
            Y cortó.  Quienquiera que fuera, cortó.  ¿Qué broma era esta?  ¿Qué nueva amenaza?  ¿Es que vuelven los viejos tiempos?  ¿Nada ha cambiado?  ¡Bien le decían algunos amigos, esperá a volver, no te apures, los cambios nunca se dan de la noche a la mañana, yo que vos...!  Pero había podido más la impaciencia, la nostalgia y una estúpida esperanza de cambio.  ¿Qué era esta llamada? ¿Olvidarla?  Ojalá, qué fácil se dice.
            Mientras su mente trataba de entender algo, el teléfono volvió a sonar.   Pronto la familiar y a la vez olvidada voz de mujer lo rescató de ese principio de terror.
            - Marta, che, ¿Qué hacés?  ¡No podía creer cuando me lo contaron! ¿Cuándo llegaste?
            - ¡Marta! ¡No lo puedo creer!  Me dejás sin habla, mirá...
            - Dale, no exagerés...¿Cuándo llegaste? Me dijeron que ayer, pero como no contestabas...pensé que me estarían cargando.
            - ¿Tan increíble te parecía? ¡Viste, los fantasmas existen, después de todo! Llegué hoy a la mañana.  Vine directo para acá, qué me decís, todavía ni fui a ver a los viejos.  Pero, escuchame, ¿te parece que está como para ir a hacer un asadito a...?
            -Loco, ¡no hablés más en clave que me hacés acordar a los viejos tiempos! ¿Qué te pasa? Es una broma, espero...Che, ni en joda me lo digas, claro que se puede hablar por teléfono, ¿qué tenés?
            Y sí, todavía lo seguía paralizando algo inexplicable, mejor encontrarse con Marta y hablar luego, ¿eh?
            - Está bien - dijo Marta -, en el bar de siempre, ¿qué te parece?  A las siete, ¿dale?
            -OK.  Nos vemos, y... - temía no recordar cómo llegar al bar “de siempre”, pero también mencionar el nombre por teléfono.  Y de repente, otra cosa.
            - ¿Qué?
            - Perdoname.
            - ¿Por lo de recién . . . o por lo de hace siete años?
            - Nos vemos en el bar.  Hasta las siete.
            Ya habría tiempo para hablar del tema, de ese y otros.  Ahora urgía ver a los viejos y al resto de la parentela, antes de que la histeria reinara en la familia por semejante atraso.  ¿Cómo explicarles que primero tenía que volver a la casa donde quedó esa parte de él, esa que ahora después de siete años lo estaba reclamando por teléfono?  Y no sólo Marta quería ponerse al tanto con él; esa otra llamada...
            A la vieja no la encontró tan cambiada porque ella viajó seguido a verlo, pero a los demás parecía que la topadora les hubiese pasado sin lástima por encima.  El viejo, la tía Irma, el tío Nicola, la nonna, la bobe...todos estaban irreconocibles.  El sufrimiento, dijeron, como tratando de disculparse por la mirada de sorpresa sin disimulos en los ojos de Pablo.
            Todo era otra cosa.  Otra vida, no la que había dejado.  Creía que le habían robado siete años y ahora se daba cuenta de que en realidad le debían la vida entera.  Porque esto de ahora eran pedacitos de vida, menudencias comparado con lo que creyó encontraría.  Con lo que creyó una vez hubiera sido su vida de haberse quedado a inventar otro país.
            Para intentar poner el rompecabezas en algún orden lógico, le empezó a urgir que se hiciera la hora de la cita con Marta, única persona en quien siempre había confiado ciegamente, en quien podría una vez más descargar sus dudas y miedos de hoy.
            Y allí estaba ahora otra vez, con el pucho eterno en esos dedos como hechos para sostener un cigarrillo, sentada a la mesa frente a la ventana, mirando llover, con una mano sosteniendo la cabeza pensativa.  Marta, “su” Marta.
            - ¿Qué hacés, loco?  ¡Qué increíble!  ¿Sabés que estás igual? ¡Pero de verdad, te lo digo, igualito...igualito a tu viejo!
            Esas burlas de Marta.  Antes se enojaba por los chistes crudos que sólo le hacían gracia a ella, y a veces ni eso, porque mientras hablaba así se quedaba seria, seria como perro en bote, decía ella.
            - Y vos...a ver...dejame mirarte.  El pelo, de otro color. ¿Que es esto, rojizo? Sí, como más rojizo, ¿no? El peinado también lo cambiaste, ahora estás más señora formal, no estudiante jiponga de Filosofía y Letras.  Y el cuerpito...Cuando te parés date vuelta que te quiero ver todita...-.  Marta se levantó y dio una vueltita, coqueteando con la mirada -.  ¡Guau! ¡Hasta mejor que antes, si antes tenías que pasar dos veces para hacer una sola sombra! Que querés que te diga, los años te sientan bien.
            Los primeros minutos se fueron en charla que trataba de eludir la otra charla, la de verdad, aquella en la que saldrían a relucir cosas en serio: cuentas pendientes por estos años de ausencia y silencios, recuerdos de los últimos momentos compartidos.
            -¿Qué me querías decir por teléfono?  ¿Qué es eso que tanto te preocupa?
            - ¿Decir? No, nada...
            - Vamos, que somos pocos...
            - Bué, mirá, con vos, la verdad, no tengo miedo de hablar y parecer un loco.  Sos la única persona que me entendería, en vos puedo confiar.  Además,...cuando escuché lo que ahora voy a contarte, tuve un eco de algo así...como si hubiera sabido de algo similar...por vos.
            Contó todo acerca de la llamada, sin censuras: habló de sus emociones, sus fantasmas, sus figuraciones.  Ella no se rió; como casi siempre cuando se le hablaba.  Era la escucha perfecta.  Ni siquiera parecía pestañear cuando ponía toda su atención.  Prendió otro cigarrillo, y dijo así:
            -Claro que te suena el caso.  Yo te conté historias parecidas.  Te conté de cómo a veces ha pasado eso en algunas guerras.  Un tipo se va durante meses, años, y después de todas las que pasó, vuelve, y se encuentra con que otro estuvo viviendo su vida durante todo ese tiempo.  “Otro” es una forma de decir.  Es en realidad como una parte de él que no pudo irse, que se resistió al exilio, a la guerra, al éxodo, lo que fuera; a la muerte, inclusive. Y es ese “alter ego” el que sigue en su lugar.  Y otros lo ven a veces, y piensan que vos todavía estás acá.  Pero nunca se puede probar totalmente.  Por ejemplo, tu  vieja no lo habrá visto, seguro, no la gente que te conoce mucho, que estaba con vos todos los días. Pero puede ser que lo haya visto, no sé, algún compañero de secundaria, o que un ex-alumno lo haya cruzado por alguna calle muy concurrida...Es como una visión, un instante, ¿me entendés?
            -Trato, pero qué querés, me resulta un poco difícil...- carraspeó.  Yo sabía que vos ibas a saber de qué se trataba todo esto.  Entonces, es casi normal lo que me pasó, ¿no?
            Marta dudaba.  La apuró:
            -Decime, ¿es normal, entonces?  Le ha pasado a otra gente, me decías, ¿no?
            Parecía estar tratando de encontrar las palabras justas para no alarmarlo.
            -Lo que me extraña de lo que contás es que...normalmente, (digamos, lo que puede ser “normal” dentro de algo tan singular como esto), ese “otro vos” que anda por ahí suplantándote,..ese “alter ego” o como corno lo llames...desaparece si vos volvés.  Chau, se disuelve, se desvanece, adiós.
            Pablo la miró impaciente, las manos le temblaban en el pocillo de café, aunque cambiara de posición, nervioso, para disimular su falta de control.
            -O sea que eso de que el tipo te llame cuando vos volvés y te diga, hola, aquí estoy, qué tal un café juntos, toda esa onda...eso ya es rarito, ¿no?
            Marta lo miró con preocupación.
            -Yo creo que sí.
Y vino la pregunta que temía y a su vez no quería esperar de ella:
            -Decime, Pablito, ¿estás seguro de esa llamada? Digo...por ahí te obsesionaste con estas historietas que te conté y...qué sé yo...te lo imaginaste, ¿no?
            -Marta - respondió, lleno de bronca -, ¿cuándo fue que me contaste esto? ¿Hace ocho, nueve años? Yo ni me acordaba hasta que recibí esta llamada,,,¿Qué me está queriendo decir? ¿Que la vuelta me puso del mate? ¿Eh?
            Ella no se atrevió a sostenerle la mirada.  Siguió jugando con el azúcar desparramada sobre el mantel, y le preguntó:
            - ¿Todo lo que pasó hace ocho o nueve años se te olvidó?
            Volvió a la casa con sentimientos encontrados.  Por un lado, estaba todo el lado romántico de la cita que se le había escapado revivir.  Por el otro, había crecido un temor que le impedía volver a la casa con tranquilidad.  Si sonaba el teléfono otra vez, ¿qué hacer?
            Y sonó varias veces esa noche, pero no era “la voz”, sino viejos amigos, parientes, y también esos otros de siempre, que fingían preocuparse por su destino de ahora.  La cama lo recibió exhausto.
            Yo sé que este asunto te intranquiliza, Pablo, qué le vas a hacer.  Las historias que te contaron se te hicieron realidad, ¿y ahora, qué?  ¿Cómo vas a enfrentarte conmigo cuando vuelva a llamarte...o lo que seguro te sonará peor...qué pasaría si te topás conmigo en alguna esquina? ¿Lo resistiría tu coranzoncito? Pasó tantas, ése, que una más...qué puede hacerle.  Pero eso no es “una más”, ¿no?  Es casi una de fantasmas...con la diferencia de que estoy  tan vivito como vos.  ¿Que por qué no me borré como hicieron otros en los casos que te contaron? Y, caprichos que uno tiene, ¿viste? Te la vas a tener que bancar piola, Pablín...
            Se despertó a los gritos, sofocado, con la transpiración engrasándole la cara, con la sábana hecha un bollo.  Le tomó unos segundos tomar conciencia de que había soñado esa voz, pero a la tranquilidad efímera le siguió otra pesadilla: la de encontrarse despierto y saber que las palabras podían ser sueño, pero “la voz”  era una realidad que en cualquier momento podía aparecérsele y amenazarlo  nuevamente con llevarlo a la desesperación.
            -¿Pero qué es esto? - se dijo en voz alta, ya más despierto y sintiendo entonces la ridiculez del miedo que causa un sueño.  De la heladera una botella de cerveza le ofrecía un cierto alivio.         
            - Pero, ¿qué invento es éste? No puede ser, esta Marta otra vez me vendió un buzón y yo se lo compré como un idiota, en cómodas cuotas...Y que hubo casos así, me dice, en las guerras (¿qué guerras? ¿por qué no es más específica?)...Como en los cuentos esos, en que te dicen, ¿vos sabés lo que le pasó a un amigo mío? (pero nunca te dicen el nombre, o más bien dicen, “le pasó a un amigo de un amigo mío”), y ahí viene el bolazo, y después te cuenta otro la misma historieta como si le hubiera pasado “a un amigo”, otra vez,...¿pero a quién se lo hacen tragar?, ¡por favor!
            El teléfono interrumpió el soliloquio y logró que el vaso de cerveza se estrellara en el piso; así nomás.  Las manos de Pablo seguían temblando; no importaba tanto ahora, no tenía que mostrar sangre fría ante nadie; pero esas manos tembleques no atinaban a levantar el auricular.
            -Soy yo...perdoname.
            Suspiró aliviado.
            -Marta, ¿qué pasa, no es tarde?
            -Sí, pero como te corté, disculpame, no iba en serio lo que te decía, sólo que...
            -Marta, ¿qué estás diciendo?
            El silencio del otro lado hizo que el miedo rebotara en la  voz de Marta y volviera hacia él como un bumerang despiadado.
            - ¿Querés decir...que no fuiste vos el que me llamó recién? Entonces...¿entonces era el otro, nomás!
            -Por favor, Marta, explicate, que no entiendo nada...cada vez entiendo menos.
            -Está bien.  Hace cosa de diez minutos, “Pablo” llamó a casa.  Estuvimos hablando por un rato, yo empecé a revolver el pasado y te...es decir, “le” dije cosas que...te enojarían, y resulta que en realidad yo terminé enojándome, y corté.  Ahora quería seguir hablando con vos, después de pedirte disculpas.
            - ¿Podés decirme qué te dijo?
            - No demasiado, en realidad, yo fui la que más hablé...pero nunca antes había hablado con él...creo.  Hoy a las siete me encontré con vos, ¿sí?
            -Sí...creo, porque ya no sé ni quién soy yo.
            -Esto es rarísimo, Pablo, pero te digo que hablar con él fue como hablar con vos: la misma voz, las misma palabras, no trastabilló ni un momento cuando le hablé del pasado...
            Ahora fue él quien le cortó a Marta.  Mañana le mentiría, “se cortó la comunicación y después por más que intenté no pude comunicarme, qué cosa con estos telféonos argentinos, no cambian más”.  Y a descolgar el tubo ahora.  No soportaba más esa historia de fantasmas.  ¿Es que la muy desgraciada le estaría jugando una broma pesada?  ¿O sería una venganza por el plantón que le hizo antes de irse?  ¡Si no fue su deseo tampoco, ella tendría que comprenderlo! Había que rajar,...rápido, no había tiempo ni para pasar un sólo mensaje más, siquiera de despedida.  “No me importa correr riesgos por vos”, había dicho Marta tantas veces.  Así y todo, una cosa era la promesa romántica en la cama, muy otra jugarse de verdad.  Ojalá Marta entendiera alguna vez que por su bien lo había hecho, en realidad, ¿qué futuro habría tenido a su lado, de todos modos? ¿Qué vida, con un exiliado-alma-en-pena arrastrando su cuerpo de país en país?
            Fantasmas o no, necesitó una buena dosis de Valium para conciliar el sueño nuevamente.  Y pensó en cualquier cosa antes de dormirse, Caperucita Roja y el Lobo, los Siete Enanitos, con tal de no obsesionarse con la voz y llevarla así a sus sueños.  ¿Pero qué Caperucita Roja ni qué Blancanieves, si hasta la aparente inocencia de esos cuentitos estaba cargada de una ideología contra la que él había luchado tanto...! Ahora estaba cansado; de luchar, de estar despierto.  El sueño vino pronto y fue una pantalla en blanco hasta las diez de la mañana.
            Cuando despertó, hizo un esfuerzo supremo para ver si podía pensar con más tranquilidad.  ¿Qué importancia podía tener para él que un fantasmita revoloteara por ahí usurpando su lugar mientras él no estaba?  Ninguna, jamás se habría enterado tampoco.  Pero había dos cosas que no coincidían con la inocente historieta de fantasmas de Marta: estos tipos solían desaparecer ante el regreso del “verdadero”; y la otra era que jamás se presentaban tan abiertamente ante conocidos del personaje real.  Era obvio que Pablo se encontraba ante un fantasmita atípico, y eso no le causaba lo que se dice gracia.  Por el momento, no quedaba nada por hacer sino devanarse los sesos; por más que indagara acerca de las historias conocidas, evidentemente esta se diferenciaba de todas.  Sólo restaba esperar y ver cuáles serían los próximos pasos a dar de la extraña aparición, la que por el momento no era siquiera tal, en realidad, sino sólo una voz.  Pablo, por su parte, no estaba particularmente ansioso por ver la corporización del fantasma, ni por hurgar más en el asunto. Y las ansias de distraerse no hacían sino multiplicar estos pensamientos que no le dejaban de dar vueltas por la cabeza.
            Las llamadas del “fulano” se hicieron frecuentes a la semana y algo de su llegada; Pablo ya no se sinceraba ni con Marta; las cosas habían llegado demasiado lejos.  Al principio, todo estaba enmarcado por el misterio, el miedo y hasta toques de humor que le permitían convivir con la singular historia.  Pronto, sin embargo, a medida que las llamadas aumentaron hasta hacerse cotidianas, el tono de los diáogos con “a voz” fue cambiando hasta hacerse personal; una cierta circunspección en el rostro de Pablo lo alejó de los pocos amigos, de la familia entremetida, y los diálogos con este-quién-fuera se convirtieron en charlas con el analista que nunca había tenido.  Eran un volcarse a sí mismo, aunque con la constante duda acerca de los límites del juego, la fantasía y la cordura.  Así, el personaje del teléfono le fue contando cosas que sólo él mismo podía saber.  Perspectivas que sólo Pablo podría haber tenido sobre acontecimientos que habían ocurrido con posterioridad a su partida.  Pensamientos que él todavía no se había confesado a sí mismo.  Planes para el futuro que estaba a punto de hacer.
            Hasta que una mañana Pablo se despertó sólo para atinar a darse cuenta de que estaba del otro lado.  Se vio a sí mismo respondiendo preguntas en lugar de formulándolas, se sintió el director de una situación que hasta entonces lo había atemorizado.  Decidió cuál sería el final - o el próximo paso - para los dos.
            Para el resto de la gente, Pablo terminó en el loquero.  Pobrecito, algo debe de haberle pasado al volver, no lo pudo resistir.  Ya no hablaba con nadie, y eso a ninguno puede hacerle bien, ¿no?, comentó la madre. Marta, mirando con cauta distancia la situación, se vio como la única con la respuesta, y vivió la culpa del que no actúa a tiempo.  Quiso decirle, mientras lo veía babeando en la sala de visitas, ¿y si hubieran sido cosas mías?, no creas en todo lo que te conté, tal vez lo leí en un libro, ¿o lo vi en una película, o por la tele?, cómo pudiste tomártelo tan en serio, ¿no me conocés todavía?
            Pero desde afuera, un Pablo sonreía.  El que no había entrado al hospital.  El que pudo manejar la historia.  Cabe la duda cuál de los dos sería.  Pero se mezcló en las multitudes y de vez en cuando un viejo compañero de la secundaria, un ex-alumno, algún vecino, cree encontrarse con alguien de su pasado.  Después de detenerse un segundo en una calle donde multitudes lo atropellan, piensa, sonríe, y dice no, creo que ése estaba en la lista de los que no volvieron más.  Debe ser otro. 
             

Publicado bajo el nombre de “¿Historias de Marta?”, con algunos cambios, en Confluencia, University of Northern Colorado, Greeley, Colorado, EEUU, Número de Primavera, 1993.

           
o de la memoria . . .
           

Publicado bajo el nombre de “¿Historias de Marta?”, con algunos cambios, en Confluencia, University of Northern Colorado, Greeley, Colorado, EEUU, Número de Primavera, 1993.

           

lunes, 28 de marzo de 2011

COMPUTER GAMES, short story, by Viviana Claudia Giménez®

COMPUTER GAMES
by Viviana Claudia Giménez®

     
      Somehow I had been turned on.  What to do now?  At first, I opened up a file that I called "Friends".  Actually, I hesitated before giving it a name at all.  But it just didn't seem to deserve the generic "Untitled 1"  Still, . . . "Friends"?   It would have been better to call it some other name, such as "Acquaintances" (too long for a file name, though).  Whatever . . .
      Soon and unexpectedly, the content didn't make sense under its original name, so I deleted the original title and called it "Lovers?"  Yes, with a question mark of uncertainty.
      I kept trying to save this file, but in order to do that, my only will and desire were not enough, so I ended up having to quit without saving changes.  I was expected to delete this file altogether, forget that it had ever existed and go back and reopen the one called "Friends".  But I decided this time I would put a question mark at the end of this one too because I just couldn't forget about those brief moments when I had been adding info to the "Lovers?" file.  Well, this one didn't last either; I quit again and wanted to shut down the system.  Then, I thought, maybe I should leave a window open - the "Lovers?" file was created again, with a few changes.  Too many to maintain that name, so I quit again.  And now?  What to call this new file?  I'm the one supposed to be in the field of language, shouldn't I know the right word for everything?  He's the one in computer science, shouldn't he be able to figure out the whole system? 

MUERTE EN LA CITY, cuento, por Viviana Claudia Giménez®

Muerte en la city
por Viviana Claudia Giménez®


La gente no dejaba de pasar, pese a que una multitud se habia acumulado en la ahora más que nunca estrecha callecita del microcentro porteño.  Esta vez no era la maldita vereda en arreglo, ni los trabajadores de la compañía de gas o electricidad, ni la telefónica poniendo un cable más.
            “¿Qué pasó, qué pasó?”, se interesan todos de pronto en medio del usual ajetreo indiferente.  Y miran hacia un auto último modelo, estacionado, que tiene el parabrisas tapado con una bolsa negra de residuos.  “¿Lo balearon?”  No, la respuesta es mucho menos digna de un thriller.  Simplemente le llegó la gran igualadora, en la forma de un aparente infarto, sentado al volante de su coche, cuando se disponía a meter llave y hacerlo arrancar.  “Desgracia con suerte”, dice uno, reflexionando que “después de todo, le ahorró un accidente a algún otro. ¡Mirá si le da el ataque manejando!”. 
            De frente la bolsa detiene la mirada curiosa, pero de costado y casi agachados vemos la figura del hombre, de unos cincuenta años, de impecable traje, echada la cabeza hacia atrás, rendido ante la soberbia de la muerte.
            Alrededor hay policías tomando cartas en el asunto, asegurándose de que nadie se acerque al lugar donde yace el occiso.  Se oyen comentarios:
            - Pobre tipo, morirse ahí tan solo.
            - Y tan de repente.
            - ¿Ya le habrán avisado a la familia?
            - Yo vi justo cuando pasó la cosa.
            - ¿Y cómo fue?
            - Quise acercarme, ¿vio?, pero ya era tarde . . .
            Tarde también suena el celular del hombre muerto.  Los policías y curiosos que lo oyen se paralizan, casi como si el muerto hubiera hablado.  O como si esperaran que despierte de una buena vez para atender el teléfono.  La escena me supera, y me retiro.
            Tres horas más tarde, mi rutina me obliga a pasar por el mismo sitio.  La calle se ve diferente, ahora que ya entró la noche, y el auto del muerto es el único que permanece estacionado de esa mano.  Enfrente, vigilante, sólo hay un policía, custodiando ¿el auto? ¿el muerto? ¿que nadie escape?
            El hombre no ha sido movido en absoluto, permanece en idéntica posición.  El teléfono vuelve a sonar. . .
            es la mujer, que llama demasiado tarde.  Le avisa que ya no soporta sus ausencias y su vida dedicada al trabajo, que ella también necesita atención, y que finalmente ha decidido irse con Francisco, quien sí tiene tiempo para ella.
            es la amante, que ya no resiste seguir viviendo este romance a escondidas.  Que ya no le cree más que en cualquier momento va a abandonar a su esposa.  Que le deja un mensaje diciéndole “no me llamés más, ya es tarde.  Para cuando escuches esto estaré muy lejos, habré aceptado ya ese puesto en San Pablo”.
            es el hijo, que nunca lo había llamado antes porque hace rato perdieron el diálogo, uno con sus cosas adolescentes y el otro con su ensimismamiento bursátil.  Pero lo hace esta vez para anunciarle que está en su escritorio, que sacó del cajón derecho el arma y que la tiene apoyada en la sien.  Que se siente solo, que nunca lo tuvo.  Que va a contar hasta diez, y si no atiende y le dice algo que lo convenza de seguir viviendo, gatilla.
            es su corredor de bolsa, que le quiere decir del modo más delicado posible que no fue un buen día en el mercado de valores de Buenos Aires.  Ni en Wall Street.  Ni en Tokyo.  “Que apostamos mal y perdimos.  Que perdimos mucho”, tal vez casi todo, y que otra vez será.
            Me alejo del auto, sintiendo las sombras y el silencio y tal vez hasta el olor de la muerte en esa noche rara.  Llego a casa, y a la madrugada sigo en vela pensando que el hombre sigue en el coche, esperando al juez.  Que el teléfono sigue llamando, y que, como cuando vivía, no hay tiempo para contestar.

Este cuento fue seleccionado en el concurso Letras del Face y publicado en la antología "Desnudos sobre el papel", compilado por Carla Demark, Editorial Dunken, octubre de 2014.
           

domingo, 27 de marzo de 2011

EL SEÑOR SANTOS, cuento, por Viviana Claudia Giménez ®

El señor Santos

por Viviana Claudia Giménez ®

. . . la desmesura forma parte también de nuestra realidad.  Nuestra realidad es desmesurada y con frecuencia nos plantea a los escritores problemas muy serios, que es el de la insuficiencia de las palabras.

Gabriel García Márquez, El olor de la guayaba.

            El señor Santos era una persona que, a pesar de años de vivir en la Argentina, se resistía a adoptar una actitud escéptica o indiferente ante lo  extraordinario.  Esto ocurría antes, hace años ya, cuando el señor Santos se encontraba en aquel reducido grupo de argentinos que aún creían.  ¿En qué?  De eso se trata un poco esta historia.  De las que pasaba el señor Santos cuando era un acérrimo creyente en todo lo que lo rodeaba.
            Por ejemplo, el señor Santos creía en los buzones.  No, no lo convencían con facilidad de que comprara uno.  Dije que era bastante crédulo,  no estúpido.  Es decir, el señor Santos creía en la función específica del buzón. Un día oyó en la radio que los buzones de la ciudad de Buenos Aires, amarillos durante tantos años, habían sido pintados de rojo para que llamaran la atención del abúlico ciudadano porteño.  El señor Santos reflexionó: "Es verdad, yo también camino por la ciudad como si no existieran, ¿por qué no usarlos, después de todo?  Sería tan práctico . . . "
            Así, las próximas cartas que envió a sus hermanas (las que viven en San Juan) las echó al buzón más cercano a su domicilio.  Antes, eso sí, tuvo sus historias para encontrar estampillas.  "¿Estampillas?  No, no, acá eso no vendemos," respondió comedida una simpática empleada del correo de su barrio.  "¿Cómo?," se dijo el señor Santos, "si no las consigo en el correo, entonces ¡oh!, ¿dónde podré comprar estampillas?"  Y se aventuró a formular la osada pregunta, pero como ya dijimos, el señor Santos era crédulo pero no tonto, por lo que eligió a otra empleada, y antes de que le tocara su té matinal: "En el Correo Central, sección Filatelia y Otros Hobbies," fue la respuesta.
            El señor Santos tenía una hora de colectivo hasta el Correo Central, pero no podía renunciar tan fácilmente a la emoción de volver a la vieja estampilla y al bienamado buzón; y así, como quien decide mantener viva la tradición de sus antepasados, se encaminó pasito a pasito a la parada del 109.  Mientras caminaba, sus ojos divisaron en el suelo lo que parecía una moneda.  "Pero no brilla," pensó el señor Santos, "debe de ser otra cosa."  Como ese día estaba con tiempo y sin apuro alguno, decidió agacharse para levantarla.  Un tropel de escolares le pasó por encima.  Es que venía el 109.  "Bah," pensó él, "de acuerdo con el horario diurno, el próximo tiene que venir en tres minutos."  Con tal reconfortante pensamiento, se dirigió lentamente a la parada, monedita en mano, silbando bajito, viendo cómo los muchachos se apretujaban para subir.  El señor Santos jugueteaba con la moneda.  Era de color plateada y decía "10" (diez); pero por más que hacía memoria, el señor Santos no lograba recordar a qué sistema había pertenecido: ¿pesos moneda nacional, pesos argentinos, australes, pesos a secas?  De algo estaba seguro, y era de que esa moneda no estaba en vigencia y sería imposible usarla.  Se acordó de cuando su padre le regaló un chanchito alcancía, a la edad de cinco añitos, y hasta lo que le dijera en tal emotivo instante.  Le había dicho: "Aquí comienza el pequeño ahorrista.  Y recuerda, hijo, que el ahorro es la base del futuro."
            A la media hora de estar en la parada de colectivo, el señor Santos empezó a hacerse de amigos.  Los colegiales, que al igual que él habían perdido el otro coche, eran simpáticos y risueños, y estaban comentando ciertas travesuras del día en el colegio; cuando el señor Santos sonrió, lo miraron y se dirigieron a él.  La primera hora la pasaron charlando, intercambiando opiniones sobre cómo debía ser la educación moderna para  formar adecuadamente a los ciudadanos del futuro.  La segunda hora, ya jugaban al truco.  Para la tercera, sellaban una amistad que se prolongaría por años.
            Cuando finalmente llegó el colectivo, después de hacer noche en la parada, el señor Santos se sentó en el último asiento para poder dormir mejor, ya que el haber pasado la noche sobre las duras y gélidas baldosas lo había dejado con hambre de sueño, y quería recuperarse para tener todas las energías cuando llegara al Correo Central.  Durmió tupido, por lo que no apreció el viejo barrio que atravesaba el colectivo, ni el comienzo del microcentro, ni nada por el estilo.  La verdad es que el trayecto no duró más de lo acostumbrado, y esta vez el señor Santos habría deseado que sí se demorara un poquito más en llegar, para poder prolongar el sueñito.  Finalmente, se bajó en la terminal y caminó hacia el Correo.  Mientras tanto, su mente se regodeaba pensando en qué selección de estampillas tendría, cuál o cuáles decidiría comprar, qué pasaría si le gustaban todas.  Y la verdad fue que le gustaron muchas, pero también es cierto que se pudo dar el gusto de poner unas cuantas, ya que el valor que necesitaba cubría casi todo el sobre, dejando el cuadradito donde decía: "Srta. Julia Santos," y la dirección.
            "Déjelas acá," dijo el empleado de Correos.  "De ninguna manera," pensó al resistirse el señor Santos.  "Después de todo lo que hice para poder usar el buzón de la esquina de casa, no voy a tirar todo mi esfuerzo por la borda."  Sonrió y sin responder se fue con sus cartas apretaditas en la mano.  Estuvo un rato buscando la parada del 109, pues había caminado unas cuadras para pasear un rato, ya que estaba en el centro, y ahora se le hacía difícil encontrar dónde paraba el colectivo que en una hora lo devolvería a su casa. Vio que las líneas anunciaban las paradas con monos cartelitos, aunque en algunos casos esos cartelitos estaban en el suelo, o no estaban, y había que guiarse por el olfato.  Cuando finalmente dio con la parada del 109 al reconocer a una señora de su barrio, comprobó que había no menos de diez personas en la fila.  El colectivo llegó repleto, y pensó resignado:  "Otra noche que pasaré afuera."
            La cuestión fue que después de cuatro semanas, Julia y Alicia Santos se quejaban de que no recibían noticias del hermano Pedro, y a las seis semanas y media comenzaron a preocuparse.  A las siete semanas, decidieron llamarlo por teléfono.  "Están todas las líneas ocupadas," les contestó la señorita telefonista, "llame más tarde, ¿quiere?"  Para cuando por fin lograron comunicarse, una voz lejana, entre soniditos mecánicos y vibraciones varias les decía desde Buenos Aires: " . . . pero si puse las cartas en el buzón el 8 de junio . . . "  Julia y Alicia suspiraron, mientras miraban el calendario de la cocina que, debajo de un paisaje de las cataratas y la leyenda “Zapatería Marbella/donde el cliente es la estrella”, indicaba inconfundiblemente un enorme “12 de octubre, Día de la Raza”.   "Vos nunca aprendés," le dijeron, resignadas, a través del éter.
            La verdad es que su buen tiempo le llevó aprender el sistema.  Y fue durante esos años de aprendizaje cuando le sucedió esto otro.  Caminando por Florida, llegó a su cruce con Marcelo T.  "Qué buena idea sería dar un paseo por la plaza San Martín.  Es una de mis preferidas," se dijo el señor Santos.  El problema era que para cruzar debía poner en funcionamiento el semáforo automático que está justito frente al Alvear Palace.  Podía cruzar por otro lado también, eso es cierto, pero ¿quién le iba a quitar la experiencia de sentir que estaba dominando el fluido y ajetreado tráfico capitalino?  De ninguna manera se perdería semejante vivencia.  Ahí se detuvo el señor Santos y apretó el botoncito que cambiaría la luz de verde a rojo y el destino de los hombres, y que le permitiría cruzar como peatón en condiciones perfectamente legales.  Mientras esperaba el cambio de luz, vio a personas arriesgar sus vidas por cruzar esa calle de tránsito incesante.  Un par de ellas murieron en el intento.  Santos contempló con pena la llegada de ambulancias y el triste retiro de cadáveres.  Se sintió reconfortado al pensar que a él nunca le pasaría tal cosa, ya que siempre se había mostrado tan respetuoso de las leyes y tan fiel creyente en la armonía de la sociedad.  Así, pasaron los días.  Un agente debió sacarlo por la fuerza, ya que por las buenas fue difícil convencerlo de que el semáforo no funcionaba y de que probablemente no funcionaría por un tiempo ya que la municipalidad no contaba con los fondos necesarios para su reparación, por el momento.
            Ahora, lo triste fue el instante preciso y exacto en que el señor Santos experimentó una especie de iluminación que lo sacó de su estado de credulidad.  Es difícil estimar cuándo ocurrió o cómo, es decir, si fue un cúmulo de eventos similares a los mencionados, o si hubo uno en particular que actuó como alarma de despertador.  La cuestión fue que de repente contempló a su alrededor y vio que sólo quedaban unos cuantos resignados; los incrédulos hacía rato que no estaban, y los crédulos habían sido devorados por algo así como un remolino, una vorágine o una oruga gigantesca.  Y quedaba él, que no podía  resignarse.  ¿Qué hacer?
            El señor Santos miró dentro de sí, estimó su valor cualitativo y cuantitativo, sonrió frente a un espejo y despegó, hasta que lo único que se vio de él fue una especie de hilito de un barrilete que se escapa.

           


Este cuento fue publicado por Torre de papel, University of Iowa, Iowa City, Iowa, EEUU, Primavera 1994.