sábado, 26 de marzo de 2011

MANUAL DE INSTRUCCIONES, cuento, por Viviana Claudia Giménez®

Manual de instrucciones
cuento, por Viviana Claudia Giménez®



            - Otra vez una casa con instrucciones, pucha digo. ¿Cuándo zafaré de esta racha?
            Comenzó a leerlas muy por encima, sabiendo que pronto debería memorizarlas para su cumplimiento estricto: "cierre la llave de gas al salir," "riegue las plantas por las mañanas," "ni bien caiga la noche, baje las persianas..." Así, decenas de detalles.  Algunas instrucciones eran más o menos molestas, más o menos invasoras de su privacidad y tiempo libre.  Nunca, sin embargo, ofrecían siquiera la remota posibilidad de ser eludidas.  Sabía historias tétricas de imbéciles que habían preferido ignorar el manual de instrucciones de una casa demasiado autoritaria.  Así les había ido.
            Por su parte, se limitaba con abrigar la esperanza de mudarse un día a una casa sin siquiera la más mínima instrucción.  O, cuanto menos, deseaba con todas sus fuerzas que la casa fuera más permisiva.
            Eso sí, no contaba en absoluto con lo que terminó pasando: logró cambiarse de casa y tentar nueva suerte.  Pero esta vez, su nueva vivienda tenía instrucciones para manejarla a ella.
            Fue su última mudanza.


Este cuento fue publicado en  Torre de papel, University of Iowa, Iowa City, Iowa, EEUU, Número de Primavera, 1993.

COMO EN UN CUADRO DE FRIDA KAHLO, por Viviana Claudia Giménez®

Como en  un cuadro de Frida Kahlo

 por Viviana Claudia Giménez®




            Una mujer se tira por el balcón de un piso doce.  Estrellarse contra el suelo se le hace mucho más rápido de lo esperado, si es que algo se espera en un suicidio.  Porque la esperanza es justamente lo que no nos lleva a todos a tirarnos de un piso doce.
            Se cae y es rápido, es verdad.  Sin embargo, nunca le pasó tanto - siente, piensa - en un tiempo tan corto.  Si hubiera imaginado que matarse significa que te pase algo, lo habría hecho mucho antes.  Cae y los grandes momentos de su existencia se le agolpan en la mente, era cierto después de todo que la vida se presenta ante los ojos del moribundo como en un film segundos antes de la muerte.  Se ve a sí misma: feliz y trágica, joven y vieja, vestida y desnuda.  Menos mal que estaba muriendo, único modo de tomar conciencia de los hitos de su vida, su historia se le hace un apunte donde alguien resalta lo que realmente interesa en un amarillo fosforescente.
            Pero todo pasa, y nada queda.  Ahora es el suelo, incosciencia y su ruta.
            ¿Qué queda cuando no queda nada? ¿Qué es ese cuerpo cuando la vida se le escapa? Tiene que llegar ese instante para ver que ese cuerpo en realidad nunca fue mucho, menos ahora que lo tapan, lo embolsan y adentro, a la ambulancia, pero una de esas sin sirenas ululantes ni urgencia de llegar a ningún lado porque total.
            Es un cuerpo pelado, y vano todo lo que hiciste.  Desde el desayuno de esta mañana hasta el título de psicóloga colgado en la pared.  Tus meandros laberínticos para tomar decisiones, tu orgullo y tus perdones, un rencor y algún que otro amorío por ahí.  Todo es nada.
            And yet, and yet . . . Algo se zafó al pincharse ese cuerpo que se desparramó contra las baldosas de octubre.  Algo vaga por ahí, algo mira y cuenta esta historia.®

viernes, 25 de marzo de 2011

LA LLAVECITA, cuento, por Viviana Claudia Giménez ®

La llavecita

por Viviana Giménez®





      Me dijeron que era muy fácil.  Me dijeron: andá a buscar la llave que está en la habitación que está en el armario que está en el cajón que está en un cofrecito a la izquierda.  Cuando tomes la llave, sentíte segura de que ahora podrás abrir lo que quieras.  No, no es una metáfora, me dijeron cuando sonreí, no es una broma, me respondieron cuando pregunté si eso era pura filosofía.  Y tenían razón después de todo porque desde entonces no me ha quedado puerta sin abrir ni cerrojo que se me resistiera.  He abierto todas las puertas de todas las casas de todo mi barrio - seguí por las provincias y pronto pude comprobar que no había casa en el país que no abriera con mi llave maestra.  Ahora estoy recorriendo el mundo y creo que me va a llevar un tiempo y que costará el enojo de mucha gente que no me comprende, a nadie le gusta que le abran la puerta y entren como pancho por su casa;  pero finalmente podré decir con orgullo algún día que todas las puertas del mundo se rindieron ante mí.  Ahora, cuando llegue ese momento, ¿sabré qué hacer después?
 


Este cuento fue Mención Estímulo en el Concurso Bimestral de Cuento Breve de la revista Puro Cuento (Buenos Aires), enero de 1992.

jueves, 24 de marzo de 2011

PIENSO EN EVA, cuento, por Viviana Claudia Giménez®

Pienso en Eva

por Viviana Claudia Giménez®

Publico este cuento en un día muy especial para todos los argentinos. Es el día en que recordamos que en 1976 comenzó la dictadura más terrible y sangrienta que tuvimos. Que ni siquiera perdonó a los niños, y que les quitó a muchos, para siempre tal vez, su verdadera identidad.


            Hoy llovió todo el día, y otra vez me acordé de Eva.  En realidad, es una excusa más para decir que me acordé de ella.  Hay veces en que el sol raja la tierra, y aun así me acuerdo de Eva.  Otras, no salgo en todo el día de la oficina: entro una oscura mañana invernal, salgo con esos atardeceres rápidos de las cinco y media, no tengo idea de cómo estuvo el tiempo, y sin embargo ese día volví a acordarme de Eva.
            Eva es una manera de llamarla. Cuando lo pienso varón, lo pienso Ignacio, nombre horrible si los hay pero así lo hubiera querido llamar su madre por ser el nombre de su papá, a quien tampoco ella conoció.  A veces los destinos se repiten, o la historia es una misma en un círculo que no cesa de darnos vueltas alrededor, dejándonos del lado de adentro, imposibilitados de encontrarles una salida a las cosas.
            Por momentos se me ocurre que, por qué no, pudieron ser Eva e Ignacio, o Eva y Lucía, o Ignacio y Ernesto.  Lucía era la otra opción, o mejor dicho, en caso de ser dos nenas, seguramente la segunda sería Lucía, por “vuela esta canción para ti, Lucía / la más bella historia de amor / que tuve y tendré”.  Y Ernesto, eso ni se pregunta. 
            Y me imagino que tal vez, con ésos u otros nombres (seguramente otros nombres), ella, o él, o ellas o ellos, andan por ahí, cruzándose conmigo en el subte, por la calle Corrientes, o están detrás de mí en el cine, o se sientan a mi lado en el colectivo, junto a la ventanilla, y me dicen perdón, ¿me permite pasar?
También seguramente me cruzo con quienes me quitaron la oportunidad de verte crecer, de mirarte a los ojos ahora mismo mientras te cuento lo que pienso.  A veces me da un escalofrío - o más bien esa sensación que suelo tener en la planta de los pies, muy rara, cosquillas de vértigo - cuando me miran fijo en un lugar público.  Mantengo diálogos mentales muy fuertes con esos seres anónimos que me miran, lo más probable es que mi cara les dé lo mismo que la de al lado, rebota en mí el aburrimiento de la ciudad, mensaje en clave no hay ninguno pero yo no le doy tregua a mi rollo.
            Por lo general, me imagino que fue Eva.  No sé por qué.  Será porque desde el principio dijimos, si es nena, Eva.  Y la cosa quedó ahí por semanas, hasta que le pregunté ¿y si es varón? No, va a ser nena, pero bueno, si es varón, Ignacio como papá, ¿qué te parece?  Tenés razón, va a ser nena, eso se nota a la legua.
            A veces pienso que me estás buscando vos a mí también, y que no me vas a hacer ningún reproche si me encontrás, aunque ésa es la parte más brava de digerir. Me siento tan mal por haber sido yo el que contó el cuento. Pero bueno, basta con eso, ya no hay marcha atrás, y lo único a lo que realmente aspiro es a que alguna vez . . . Vos sabés, Eva, a que haya alguna vez.
            Y cuando pienso en un frente a frente que por fin se va a dar, seguro que se va a dar, tengo que pensar (no puedo no pensar) cómo explicarte mi hoy.  Y no sé qué vas a entender mejor, si mi ayer, mi hoy o la ausencia de un mañana.  Porque todo tengo que explicarte. Todo tengo que contarte, empezar de cero, yo a vos te quiero desde ya, eso ni se pregunta.  Ya hace muchos años que te quiero. Pero vos a mí.  Vos a mí es la cuestión.
            En realidad, hoy no pienso en Eva porque llovió, ni ayer porque hubo sol, ni anteayer porque sí.  Esta vez es la carta.  La carta en que me trata de señor, y me dice que ella piensa que quizás . . . Pero es Verónica, y estudia administración de empresas, y no sé que contestarle.  Pensé que yo la encontraría a ella.  Pero tal vez no es.  Y otra vez.  O sí.  Me armo de coraje, levanto el teléfono y marco ese número.




            Hoy llovió todo el día, y otra vez me acordé de Eva.  En realidad, es una excusa más para decir que me acordé de ella.  Hay veces en que el sol raja la tierra, y aun así me acuerdo de Eva.  Otras, no salgo en todo el día de la oficina: entro una oscura mañana invernal, salgo con esos atardeceres rápidos de las cinco y media, no tengo idea de cómo estuvo el tiempo, y sin embargo ese día volví a acordarme de Eva.
            Eva es una manera de llamarla. Cuando lo pienso varón, lo pienso Ignacio, nombre horrible si los hay pero así lo hubiera querido llamar su madre por ser el nombre de su papá, a quien tampoco ella conoció.  A veces los destinos se repiten, o la historia es una misma en un círculo que no cesa de darnos vueltas alrededor, dejándonos del lado de adentro, imposibilitados de encontrarles una salida a las cosas.
            Por momentos se me ocurre que, por qué no, pudieron ser Eva e Ignacio, o Eva y Lucía, o Ignacio y Ernesto.  Lucía era la otra opción, o mejor dicho, en caso de ser dos nenas, seguramente la segunda sería Lucía, por “vuela esta canción para ti, Lucía / la más bella historia de amor / que tuve y tendré”.  Y Ernesto, eso ni se pregunta. 
            Y me imagino que tal vez, con ésos u otros nombres (seguramente otros nombres), ella, o él, o ellas o ellos, andan por ahí, cruzándose conmigo en el subte, por la calle Corrientes, o están detrás de mí en el cine, o se sientan a mi lado en el colectivo, junto a la ventanilla, y me dicen perdón, ¿me permite pasar?
También seguramente me cruzo con quienes me quitaron la oportunidad de verte crecer, de mirarte a los ojos ahora mismo mientras te cuento lo que pienso.  A veces me da un escalofrío - o más bien esa sensación que suelo tener en la planta de los pies, muy rara, cosquillas de vértigo - cuando me miran fijo en un lugar público.  Mantengo diálogos mentales muy fuertes con esos seres anónimos que me miran, lo más probable es que mi cara les dé lo mismo que la de al lado, rebota en mí el aburrimiento de la ciudad, mensaje en clave no hay ninguno pero yo no le doy tregua a mi rollo.
            Por lo general, me imagino que fue Eva.  No sé por qué.  Será porque desde el principio dijimos, si es nena, Eva.  Y la cosa quedó ahí por semanas, hasta que le pregunté ¿y si es varón? No, va a ser nena, pero bueno, si es varón, Ignacio como papá, ¿qué te parece?  Tenés razón, va a ser nena, eso se nota a la legua.
            A veces pienso que me estás buscando vos a mí también, y que no me vas a hacer ningún reproche si me encontrás, aunque ésa es la parte más brava de digerir. Me siento tan mal por haber sido yo el que contó el cuento. Pero bueno, basta con eso, ya no hay marcha atrás, y lo único a lo que realmente aspiro es a que alguna vez . . . Vos sabés, Eva, a que haya alguna vez.
            Y cuando pienso en un frente a frente que por fin se va a dar, seguro que se va a dar, tengo que pensar (no puedo no pensar) cómo explicarte mi hoy.  Y no sé qué vas a entender mejor, si mi ayer, mi hoy o la ausencia de un mañana.  Porque todo tengo que explicarte. Todo tengo que contarte, empezar de cero, yo a vos te quiero desde ya, eso ni se pregunta.  Ya hace muchos años que te quiero. Pero vos a mí.  Vos a mí es la cuestión.
            En realidad, hoy no pienso en Eva porque llovió, ni ayer porque hubo sol, ni anteayer porque sí.  Esta vez es la carta.  La carta en que me trata de señor, y me dice que ella piensa que quizás . . . Pero es Verónica, y estudia administración de empresas, y no sé que contestarle.  Pensé que yo la encontraría a ella.  Pero tal vez no es.  Y otra vez.  O sí.  Me armo de coraje, levanto el teléfono y marco ese número.


miércoles, 23 de marzo de 2011

TRABAJO DE TINTORERÍA, cuento, por Viviana Giménez®

Trabajo de tintorería

por Viviana Giménez ®


- Vení urgente - me dijo por teléfono con una voz desvencijada, interrumpida por ¿los nervios? ¿el llanto? ¿el apuro?  Y superada por los años -. Tengo algo muy importante que pedirte.
            Dejé todo y fui. ¿Quedaba otra? No cuando la abuela, que ya pasó los noventa, hace una llamada de tal tenor.  Me asusté como cualquiera lo haría pensando en la anciana abuelita. Pobre nonna, sola en su casa pero defendiendo a rajatabla su independencia.  Con los hijos casados que casa quisieron y a distancia prudencial.  Y a la vejez, ella se venga tratando de prescindir de todos en lo posible.  Sólo acepta visitas, pero cada uno en su lugar.  Los hijos, aliviados; algunos nietos, con dejos de preocupación.  Pero la salud al parecer siempre de roble de la nonna calma las conciencias de todos.  Sin embargo, en lo que duró el trayecto del colectivo se me pasó por la cabeza todo tipo de imágenes truculentas.  Tal vez le quede poco de vida; tal vez se sienta demasiado mal como para decírselo a nadie, y por eso recurre a mí.  Qué honor, después de todo, ser la nieta predilecta, pero también qué responsabilidad.
            Pensé (sesudamente consideré) que a los noventa y pico (¿y tres? ¿y cuatro, eran?) los médicos no te dicen “le quedan tres meses de vida”.  No sé por qué no, si por verte viejita y frágil, o porque directamente a esa edad la gente muere de golpe o luego de una larga agonía de período inestimable, por la sola razón de la vejez.
            Pensé y pensé hasta dejar de pensar porque ya la tenía frente a mí.  Le gustaba ese café, uno de los pocos que no había involucionado en pura vidriera del techo al piso en la última década.  Cerca de la ventana, como siempre, me estaba esperando.  Sobre la mesa, ella había puesto un abrigo que yo le tenía más que visto.  Parecía la contraseña para un encuentro de desconocidos:  “Yo soy la que está con un abrigo sobre la mesa”.
            - ¿Qué pasa, nonna?
            - ¿Ves este abrigo?
            Debo decir que semejante introducción tuvo la virtud de reducir de modo considerable mi hasta entonces creciente pánico. Lo que comencé a sentir fue una rabia tremenda porque intuía que todo el apuro no tenía nada que ver con que le quedaran seis meses de vida.  Un alivio, después de todo, pero me sentía burlada.  Respiré profundo y luego me desinflé.
            - Sí, ¿qué tiene?
            - Tu padre no quiere vérmelo más - lloriqueó -. ¿Vos sabés cómo quiero yo este abrigo? ¿La de tiempo que hace que lo tengo?
            - Por eso mismo - dije, tratando de no engancharme en una historia que pintaba neurótica -, debe ser por eso que no te lo quiere seguir viendo.  Es más, si él me preguntara, yo le diría que estoy de acuerdo con él.  Pero como comentario al pasar, nomás, le diría: “Sí, tenés razón, qué abrigo viejo, ya lo podría tirar la nonna”.  Ahora, si vos me pedís opinión, te digo: “Me importa tres carajos lo que quieras hacer con ese abrigo”.   
            Después de segundos de estupor por mi reacción quizá desmedida por la puteada, aflojé un poco, pero agregué:
- ¿Para esto me llamaste?
            - Mirá, Gabi, yo ya encontré la solución al problema.  Lo voy a hacer teñir.  Te lo doy, vos me lo llevás a la tintorería de tu cuadra.  Yo ya llamé y pregunté cuánto sale, cuándo va a estar, todo. Lo único que tenés que hacer es llevármelo e írmelo a buscar.  Acá tenés la plata.
            Y eso fue todo.  La nonna era de pocas palabras, pero definitorias.  Así había criado a sus cinco hijos, con pocas explicaciones porque más no creía necesarias.  Así se comportaba con sus trece nietos; su forma de ser tajante siempre le había servido para salirse con la suya.
            Hubo un “gracias, m’hijita”, también, pero luego salió tan rápido como se lo permitía el bastón, porque en quince minutos empezaba la fiestita de los cumpleaños del mes en el centro de jubilados.
            Tal celeridad de su parte, sumada al desconcierto que yo aún sentía, me impidió preguntarle algo tan banal como lógico y necesario: “¿De qué color lo querés?”
            La llamé más tarde para preguntarle. “Cualquiera menos verde, porque cada vez que me puse algo verde se murió alguien”.  Siempre se muere alguien, nonna, sobre todo a tu edad.  Me imagino que tampoco lo querrás negro, por lúgubre, ni rojo, porque ¡¿a tu edad?!, ni amarillo patito, porque qué idea, ¿no? “ Elegí vos, nena, lo importante es que tu papá no lo reconozca y yo lo pueda seguir usando delante de él sin que me diga nada”.
            ¿Por qué yo fui la elegida? Y la responsable, ahora, encima.  Responsable de que el color que eligiera resultara de su agrado y que además ocultara ese abrigo para siempre. ¿Sólo un color diferente lo haría irreconocible de aquí a la eternidad?  El asunto me recordó esas ingenuas convenciones de películas en que alguien se disfraza poniéndose, por ejemplo, un bigote o una peluca, e increíblemente pasa a despistar a todo el elenco que parece sufrir de un repentino ataque de idiotez galopante, para insulto de los espectadores. Como Superman, que con anteojos y traje pasa a ser Clark Kent y nadie se aviva.  ¿Sería mi papá un idiota semejante? Dependería de la habilidad del tintorero. 
            - No, señorita, mire - me llamó el tintorero después de tres días de tener el abrigo en su local -, no vamos a poder teñirlo al abrigo este que nos trajo, porque es de una tela que se arruina si se lo teñimos, ¿me entiende?
            No, pero da igual. No puede ser. ¿Y si lo llevo a otro lado?  Dale.
            - No, señorita – me dicen en el otro lado-, ni me lo deje: de verlo nomás me doy cuenta y se lo digo, mire, que esto no va poder teñirse porque esta parte de adentro se quemaría y.
            Me rindo.  Nonna, vení por favor.  Sí, es urgente, tan urgente como la llamada que me hiciste vos la semana pasada.  ¿Que qué pasa? No, tenés que venir primero, por teléfono no te digo nada.
            - ¿Qué pasa ahora, nena?
            - Pasa que esta tela no se puede teñir, abuela, deberías haberlo sabido, ¿no preguntaste eso también en tus averiguaciones detectivescas?
            Bajó la mirada soberbia y se me quedó sin respuestas.  Guardó el abrigo en una bolsa de compras.  Por un momento pensé que se resignaría a jubilarlo.  Pero enseguida se arrepintió y se lo puso.  Hacía un poco de calor ese día; la verdad, no estaba como para andar de abrigo.  Me miró fijo.
            - ¿Sabés una cosa? No me lo voy a sacar más. Me van a enterrar con esto. ¿Qué quiere tu padre que haga con mi vida, a esta altura? Las cosas son como son, no las podés cambiar.  ¿Por qué él siempre quiso cambiarme? Que se aguante, che, ahora.
            Y salió, orgullosa, altanera.  Elegante con su abrigo amado.  Contenta de la vida.  Porque a los noventa y tres (¿o cuatro, eran?) el qué dirán, cualquiera sea su color,  ya no se usa más.

LA CHICA DE LA HORA, cuento, por Viviana Giménez

La chica de la hora

por Viviana Giménez ®

La conocí una de esas veces que me arrastraron a regañadientes al Moyano a ver a mi hermana.  Caminaba arrastrando los pies por los pasillos, envuelta en una manta raída, y alguien me hizo notar que no llevaba reloj de pulsera. “Ni collares, ni aritos, ni ningún otro accesorio. ¿Y eso qué prueba? Esto es un manicomio, acá te confiscan todo a la entrada”.   Bueno, me dijeron, vos fijate que tampoco nadie aquí lleva uno, ni los médicos del pabellón, y que no hay relojes en las paredes. Lo hacen por ella. “¿Qué hacen por ella?” No llevar reloj. “¿Y por qué?”, pregunté, mientras que por las dudas escondía el mío bajo la manga. Es la chica de la hora, me susurraron al oído.
            Hubo una época en que no dejaba de repetir la hora, los minutos, los segundos. Cuando se le pasó eso, comenzó a contar los latidos de su corazón, las estrellas (por suerte desde la minúscula ventana de su habitación veía pocas y terminaba rápido; además, ¿cuántas estrellas se ven en esta ciudad?), los mosaicos del baño, las baldosas de todo el hospital, las motas de polvo, los pelos de su cabeza y los de las locas que se dejaban.
            “¿Quién es?”, pregunté. “¿De dónde viene?” Ya le dije, es la chica de la hora. Marque el 113 y va a ver. Todavía siguen usando la misma grabación que ella hizo, y eso que ya van como veinte años de eso . . . Pero ella no lo sabe, si no, ahí sí que perdemos toda esperanza de que alguna vez se recupere . . .
            Parece que hasta era linda en una época. Costaba imaginarlo viéndole las greñas, la vidriosa mirada perdida, la sucia manta que arrastraba juntando todavía más tierra.  Pero había sido linda de verdad.  Quienes la contrataron para la hora querían que detrás de una voz agradable, sensual, hubiera un rostro que la justificara. Si hasta les pidieron que mandaran fotos (tres cuartos de perfil, y otra cuerpo entero) a todas las postulantes.  Y sí, les hicieron una prueba de voz, no se dejaron llevar sólo por la cara bonita, pero fue la conjunción de ambas cualidades (buen timbre, delicado rostro) lo que decidió quién sería “la chica de la hora”.
            Hasta fue a la peluquería esa vez, se puso como nunca para grabar la hora.  La semana anterior se había conseguido un conjuntito especialmente para el gran día.  La grabación no llevó tanto tiempo, después de todo el disco se iba a basar en la infinita repetición de un par de números con unas cuantas combinaciones.
            A la semana le dijeron “ya está listo”, no tuvo que volver  porque todo había salido más que bien, y le avisaron que podía pasar a buscar el cheque.  Esperó a llegar a casa después de cobrar para ver cómo había quedado.  Marcó el 113.  “¡Qué lindo!”, fue la primera reacción.  Al rato,  con las amigas: “¡Qué bárbaro!”  Sin embargo, esa noche fue la primera sin dormir.  Trató de contar ovejitas, pero no hacía más que sentir: “0 horas, 20 minutos, treinta y cuatro segundos...¡Biiiiiiip!” Y así sucesivamente.  Esa mañana, arrastrando sus ojeras, se acercó al teléfono, marcó el 113, y se pasó el día escuchándose. Fue el principio del fin.
            La madre le hacía cortar a veces, nena que necesitamos el teléfono acá, ¿no te escuchaste ya?, lo vanidosa que resultó una que yo sé, no hace más que escucharse.  Pero cortar era sólo el comienzo del eco monótono en su mente.  A la mesa, repetía bajito el sonsonete; en la ducha; entre sueños. 
            En el Moyano la trataron como a una reina, cuando supieron de su servicio a la comunidad.  Hicieron lo posible porque se sintiera bien.  El psiquiatra que la atendió al principio sugirió lo de sacar relojes y teléfonos de su alcance, aunque intuyó que la obsesión de la chica de la hora se desviaría por rumbos insospechados.  Y tan errado no estaba, porque ella pronto encontró reemplazo a la hora; aunque comenzó a vivir fuera del tiempo, los números se convirtieron en elementos para nuevos cálculos que no la dejaban en paz.
            Quise hablar con ella, después de ver a mi hermana, pero temí ser la culpable de agregarle alguna nueva obsesión.  ¿Y si se le daba por hacer sumas y multiplicaciones con mis innumerables pecas? Opté por verla pasar, como ajena a todo, quizás contando los días que le faltaban para dejar de calcular para siempre.

martes, 22 de marzo de 2011

AT TOM'S DINER (a short story, inspired by Suzanne Vega's lyrics



At Tom’s diner


a short story, by Viviana Giménez ®
(the lyrics are by Suzanne Vega)



I am sitting in the morning at the diner on the corner


Am I waiting for someone?  There’s absolutely no way for people to know that.  Still, I feel like there’s this aura on me that screams: “She’s alone…and lonely!”  It’s embarrassing, but of course, it must be all in my mind and I’m sure I can fool everyone.

I am waiting at the counter for the man to pour the coffee


Is he ignoring me?  Maybe if I had only said hi or something.  I should be more personable, the way I am has not taken me very far when it comes to relationships.  Even these everyday exchanges with strangers seem such a joy with people with a more affable personality.
I’m still waiting for my coffee, and feeling paranoid now.

And he fills it only half way and before I even argue
He is looking out the window at somebody coming in.
“It is always nice to see you,” says the man behind the counter
to the woman who has come in, she is shaking her umbrella
and I look the other way as they are kissing their hellos
and I’m pretending not to see them, and instead I pour the milk.

Of course, I knew it, I’m just a stranger, he only cares about the locals who stop by here every day.  Who am I, after all?  Not just out of town.  Out of country.  Out of nowhere.
            I look at them kissing and greeting each other and making small talk and I can’t help feeling envious.  I hate them and admire them at the same time.

I open up the paper, there’s a story of an actor
Who had died while he was drinking, it was noone I had heard of

I always fear something like this will happen to me.  You can be very famous: you can be as beautiful as Mariel Hemingway and rot in your room for several days before someone notices your absence and the foul odor.  You can die because you choked in your own vomit and no one was around to help.

And I’m turning to the horoscope and looking for the funnies


Just look on the bright side, that’s what my horoscope says.  So I look for the funnies.  What else will brighten up your day in a newspaper?  But comic strips can make fun of everything because they’re so unreal.  No one leads the life of a cartoon character.

When I’m feeling someone watching me and so I raise my head.

There’s a woman on the outside looking inside, does she see me?

No, she does not really see me ‘cause she sees her own reflection

Sometimes I feel like I’m watching a movie where everyone else is the star but me.  I’m just an espectator in a dark room.  The others are doing cool things and having the time of their lives.  I watch while I'm expecting to live one day.
            I wonder what this woman is thinking when she sees her own reflection.  Is she happy with the image the mirror shows back to her?  Does she wish she were me?  No, she does not really see me.

And I’m trying not to notice that she’s hitching up her skirt
And while she’s straightening her stockings her hair has gotten wet.

It’s embarrassing to stare or be stared at.  Even though we’re just two women who could be doing the same thing in a ladies room.  But it would be different there.  The street is no place to hitch up your skirt, the diner is no place to stare at a woman looking at herself in the window.

Oh, this rain, it will continue through the morning as I’m listening
To the bells of the cathedral

The rain just makes everything worse.  I would probably not feel so depressed today if it were not for this lousy weather.  But shiny days have their drawback as well.  What if the day is too good for me to enjoy in my terrible mood?
            Those bells remind me of something.  What is it?

I am thinking of your voice
And of the midnight picnic once upon a time before the rain began

Of course, you.  That night near the church.  The bench park.  You had this mysterious bag from where you suddenly produced a bottle of champagne, two glasses, a box of strawberries and a can of whipped cream.  I thought it was the most romantic thing that had ever happened to me.  Until the rain began, and then it was all over.

And I finish up my coffee and it’s time to catch the train.

On the train, I feel myself again.  The road is a better place for me.  I’m not the only stranger now.  No one is a local on a train.